Si Zapata fue esto o aquello, poca importancia tiene al dimensionarlo con el rol que jugó en nuestro país. Foto: Secretaría de Cultura

Hacer política con base en simbologías acendradas a través de los siglos tiene sus riesgos. En el ámbito de las artes, especialmente las plásticas, es dado a los creadores subvertir, transgredir, con finalidades en ocasiones atentas de una propuesta estética, en otras para buscar notoriedad y públicos, y en otras más por simple banalidad inane desde el punto de vista artístico.

Es un fenómeno recurrente aquí como en muchas partes del mundo, más a partir de la modernidad y de esos bohemios con los que empezó la Europa del siglo XX; y cuando digo “bohemios” no me refiero a esa variedad del esnobismo al que se le asocia, porque de aquella bohemia hay que rescatar que había creatividad y mucho oficio.

Diego Rivera, que vivió esa etapa en París, aprendió que transgrediendo se podían construir grandes audiencias, particularmente en un país en el que el arte religioso y el neoclásico habían hecho de las suyas. Entonces transgredir, colocarse al margen y en contra de, era el mejor vehículo para hacer del arte un asunto público. ¿Y qué es lo que se transgrede? Pues justamente lo que la tradición tiene por sagrado o intocable, no porque lo sea, sino porque hay una adhesión generalizada a esas creencias que se instalaron y se solidificaron como duras rocas.

La Colonia tuvo en el mito de la Virgen de Guadalupe un sustento para la opresión y propagación de la docilidad a los conquistados. Pero no se apareció con los atuendos de los aztecas ni cosas por el estilo. Su imagen se corresponde con la moda florentina del siglo XV, con brazaletes de armiño y todo. De alguna manera transgredieron y lograron su propósito. El mismo Hidalgo, cuando toma el estandarte de la Virgen de Guadalupe para acaudillar la independencia nacional, transgrede las ideas dominantes de la Colonia que agonizaba después tres siglos de dominación de los austrias y los borbones. En el fondo, quizás está la idea de convulsionar la identidad o la belleza misma, como lo sustentaron los adherentes del surrealismo que, con una de sus oleadas, llegó a tierras mexicanas.

Ahora que vivimos el año zapatista decretado por López Obrador, ha causado furor, ira y desgarramiento de vestiduras una imagen en la que aparece el Caudillo del Sur en una actitud evidentemente homosexual, desnudo, de tacón alto, con los símbolos patrios y sobre un penco con un pene erecto. La ira es mayor, precisamente porque un símbolo de la Cuatroté es justamente Emiliano Zapata, con toda la mitología que se le ha adosado, y se le vulnera desde un recinto que se estima con enorme centralidad en la cultura mexicana.

Para que los símbolos sirvan al propósito del ejercicio del poder, evidentemente que deben tener algo de sagrado con el interdicto o prohibición de lo tocable, porque de otra manera no sirven a ese fin. Esto es una obviedad que prácticamente no requiere demostración alguna.

Pero conviene interrogarse: la pintura que está causando el escándalo, ¿daña al Zapata real de la historia mexicana? Pienso que no, que estamos ante un momento efímero y que ahora sí se vale decir que esa propuesta pictórica le hace lo que el viento a Juárez. Si Zapata fue esto o aquello, poca importancia tiene al dimensionarlo con el rol que jugó en nuestro país y que muy bien ha sido escrito y reescrito por un biógrafo estupendo como John Womack Jr., entre otros muchos.

Para mí, al igual que muchas otras expresiones que considero desafortunadas de pintores famosos, las puedo pasar de largo; a final de cuentas se impone la subjetividad a la hora del gusto personal, como la ecuestre pintura de Don Emiliano, que prácticamente puedo verla sin inmutarme.

Pero de que todo esto deja una lección para el actual gobierno que se aferra a gobernar con símbolos, no me queda duda. Esos símbolos tienen, por su cuenta, la centenaria templanza de levantarse contra los que dañan su espíritu esencial. Y eso sí que no es un cuadro en Bellas Artes.