El Presidente López Obrador. Foto: Cuartoscuro

López Obrador es sin duda uno de los personajes de la política más difíciles de encasillar. Se dice de izquierda y progresista, define su gobierno como liberal y constantemente califica a sus enemigos, incluso a los de izquierda, de conservadores. Tiene una capacidad única para imponer el discurso y para nombrar; él decide quién es el bueno y quién es el malo, quién está con el pueblo y quién contra el pueblo, más aún quién es pueblo y quién enemigo del pueblo. Pero una cosa es el discurso y otra muy distinta lo que pasa en los hechos. El presidente es un manojo de contradicciones que a sus fieles seguidores les tiene sin cuidado.

La abortada reforma judicial es el ejemplo más reciente de un gobierno de “izquierda” (las comillas no son de adorno) que propone lo que ni la derecha se animó a hacer cuando estuvo en el poder: anular elementos básicos del sistema de libertades, como la presunción de inocencia y la separación de poderes, para darle un amplio margen de arbitrariedad al gobierno en el combate al crimen. La propuesta fue retirada, por claramente anticonstitucional, pero alguien desde la presidencia la elaboró y ese el extremo desde el que querrán comenzar a negociar.

No se tarta un error, sino de un estilo. Con la Guardia Nacional sucedió exactamente lo mismo. El Presidente pidió una guardia militarizada. Después de arduos debates se aprobó una ley que se establece el mando civil, y el Presidente hizo todo lo contrario sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Para rematar se impuso por la vía de una votación nunca aclarada y bajo sospecha de frade como titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos a una militante de Morena y admiradora al Presidente (el último que se animó a hacerlo fue Salinas) quien no ha tocado a la Guardia Nacional militarizada ni con el pétalo de una declaración, a pesar de que ya se acumulan 32 quejas contra de ésta.

De las filas de Morena salió también un proyecto de ley que atenta flagrantemente contra el Estado laico, otra vez una ley que los grupos conservadores vienen empujando en toda América Latina desde hace años pero que ningún partido se había animado a respaldar. Fue este mismo gobierno el que, en aras de un proyecto de salud universal inexistente (ayer ya el Presidente lo volvió a patear hasta el 1 de diciembre) dejó sin seguridad médica a millones. No lo hizo ni Trump.

La semana pasada el diario El País le pidió a un grupo de escritores y filósofos que escogieran su aforismo favorito. El escritor argentino Andrés Neuman citó uno del poeta español Miguel Ángel de Arcas que me parece resume a la perfección la falsa opción de la concentración de poder que pretende este gobierno de izquierda que actúa como de derecha: “De un laberinto se sale. De una línea recta, no”.

La línea recta y su pretendida rectitud sin aristas es el camino más rápido al autoritarismo.