“Y agradeces que la fiera esté rasgando tu alma”. Foto: AP

Recuerdas esta frase cada vez que se acerca la promoción del amor a meses sin intereses:
“En las sociedades aburguesadas es adulto quien se conforma con vivir menos para no tener que morir tanto”, la agradeces a Edgar Morin por haberte iluminado de esa manera.

Te sobran las recomendaciones, sabes que te sobran a ti y que le sobran a todo el mundo: elige a la persona correcta (sólo asociar el adjetivo “correcto” al amor te provoca una comezón rara, esa sentencia no encuentra acomodo en tu piel), averigua si viene de buena familia, asegúrate de que tenga buen currículum, date a desear y cuántos resquebrajamientos, inseguridades y terrores hablan por boca de quienes confunden el amor con bondad.

Caminas rápida por las calles y el amor en la Tierra —según parece, brota de cada rincón: amor con cara de globo metálico, de tarjetas infantiles, de chocolates de semáforo.

Tropiezas con una señora cuyo perro lleva un suéter estampado con corazones rojísimos.

Algo en estos amantes atrincherados en el souvenir del día del amor te sabe a edulcorado, a caramelo macizo, a turismo emocional.

Te preguntan qué piensas del amor y tú te preguntas si tiene caso responder, es como insistir en hablar de dioses personales y ajenos cuando no se comparten fe ni liturgia. Sabes, eso sí, que el amor es indefinible, no tienes ni puta idea de cómo comenzaría la definición de semejante vértigo y para tu mala suerte no eres poeta.
Sabes también que hay tantos tipos de amor como personas, sabes que “enamorar” parece ser el verbo preferido porque se conjuga en una voz activa: conquistar, cautivar, cazar; enamorar a otro.

Intuyes que si los modos de enamorar van perdiendo vigencia y pasando de moda es porque son creaciones sociales, culturales.

Piensas, en el colmo de tu chifladura, que no te interesa enamorar ni que te enamoren.

Lo que tú quieres es amor.

Amor, ese vértigo, ese abismo, ese incendio que estás dispuesta a pagar con el tributo de tu alma, de la transformación de tu psique.

Y ese vértigo no puede caber en un globo metálico con un pollito amarillísimo de corazón rojísimo, concluyes. Tampoco te entra en la sesera que “amo” sea un verbo para referirte a tu teléfono nuevo ni a tus gafas favoritas. Nunca dirás “amo mi coche nuevo”. Insistes, antisocial irredenta. Será por eso.

Vuelves a declarar como un principio que cuando dices te amo es porque ha ocurrido un antes y después, porque te haces cargo de esas dos palabras irreversibles.

Que prefieres tu delirio amoroso a la creación cultural del momento. Que eso que a veces atestiguas no sabes si es amor o desamor ni cómo explicarlo. Pero si de acercarse a una certeza se trata, sabes que amor no es una promoción en línea con 20por ciento off ni una App con tu mejor foto de perfil o un papel celofán cubriendo a un oso de peluche. Y a las brasas de las palabras de Eduardo Lizalde vuelves a arrimarte.

“Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras,
ramo de tigres era el amor,
según recuerdo”

Y agradeces que la fiera esté rasgando tu alma.

@AlmaDeliaMC