El pasado es el regalo de una memoria chapucera que entresaca instantes para devolvérnoslos fuera de contexto, sin los detalles ásperos de lo real y concreto. Foto: Especial.

¿De dónde viene la nostalgia? No me refiero al objeto concreto que la provoca, pues cada cual tendrá el suyo, sino a su procedencia temporal. De acuerdo con su definición, y según también con la opinión más extendida, la nostalgia viene del pasado. Es una palabra griega y las voces que la componen son: νοστος (nostos) que equivale a “regreso” y αλγος (algos) a “dolor”, así, etimológicamente significa: dolor por no poder regresar o, mejor aún: dolor por lo perdido.

Sin embargo, tanto el “regreso” como la “pérdida” suponen que antes se estuvo ahí y que antes se tuvo. No se puede querer regresar adonde nunca se ha estado, ni se puede recuperar lo que no se ha tenido. Si esto es así, parece lógico que la nostalgia venga del pasado; pero lo lógico no siempre es verdadero y menos tratándose de asuntos sentimentales.

El pasado es el regalo de una memoria chapucera que entresaca instantes para devolvérnoslos fuera de contexto, sin los detalles ásperos de lo real y concreto. “Todo tiempo pasado fue mejor” es el fruto más acabado del engaño que nos juega la memoria. Si esa creencia fuera cierta no habría mejor tiempo que la época de las cavernas, aunque hay quienes lo creen, pues se imaginan que nuestros primeros padres estuvieron en el Paraíso o, lo que es igual, en “el comunismo primitivo” del que hablaba Marx o, peor aún, que procedemos como lo propuso Rousseau del “salvaje bueno”.

Pero no es así: quienes se quejan de la contaminación actual de los hidrocarburos deberían darse una vuelta por las calles llenas de excremento de la época de las carrozas y deberían ver con mirada más imaginativa lo que implica que las ciudades fueran amuralladas. En todos los órdenes, pero muy destacadamente en el campo de la medicina, se torna imposible hablar de un pasado mejor si sólo se considera el aumento creciente de la expectativa de vida.

No dudo de que un sujeto decrépito añore su juventud, pero sí dudo de que los paraísos personales que nos llenan de nostalgia hayan sido tan endulcorados como nos los pinta la memoria.

Valdría la pena hacer un esfuerzo por recuperar lo que realmente fue, para contrastarlo con lo que creemos que fue idealmente. Porque si no fue, si no lo tuvimos, entonces la nostalgia no viene del pasado, sino de un presente fallido que abreva en las horas laxas del ocio, en los tropiezos y desencuentros del ahora, en los actuales huecos de imperfección que tiene cuanto existe.

La nostalgia no es un deseo vehemente por regresar, sino unas dolorosas ansias de huir de un aquí y un ahora, pero no para regresar a un tiempo perdido, sino para alcanzar un tiempo utópico que literalmente nunca ha sido; ese dolor de la nostalgia no es por la pérdida, sino por la comprensión vigente de que lo que queremos nunca lo hemos tenido.

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