Figuras del Tacto. Pintura Tomás Calvillo Unna. Foto: Especial

Es más fácil ahora diseñar e imaginar el futuro que recordar el pasado. Este último ya no está con nosotros, jugamos con sus retazos, pero perdimos la calidad de reconocerlo y entenderlo. Ni como sombra nos acompaña más.

La insistencia del mañana se apoderó de nuestro quehacer e imaginación. La velocidad es consecuencia de ello, y está disolvió el ayer y los ayeres, una y otra vez, hasta perder la densidad de su presencia. Hablar de ello hoy es más ficción, que lo que solía ser la ciencia ficción, ésta fue sólo un preámbulo para hacer del futuro nuestro hábitat permanente. Esta desconstrucción existencial, es aún difícil de apreciar y medir; y saber cuáles son sus consecuencias.

El pasado está dejando por completo de ser un referente que otorgue sentido, que señale caminos o que advierta de riesgos. La política lo sigue usando de una manera muy desafortunada, lo tritura en sus engranajes del poder y lo esculpe con su lógica para sobrevivir, pero aun así ese pasado temático y teatralizado es uno de los pocos que permite vislumbrar algunos signos, ciertamente escasos y dispersos.

Lo que está fracturado es la tradición, misma que había logrado asumir la naturaleza de las revoluciones, y respirar en ellas y más allá de ellas. Hoy es solo una mercancía despojada de su latido, de las pausas del mismo.

El pasado se ha convertido no solo en un territorio ajeno, sino prácticamente ha perdido su lugar en la propia experiencia del tiempo, de lo que aún nombramos como presente.
La memoria, esa conciencia de los eslabones, (espacio circundado por la lucidez y el delirio) está alienada y se transforma en un cúmulo cada vez más numeroso de datos y posibilidades, y a pesar de surgir incluso del ámbito de la cercanía, no tiene ya resonancia alguna, ni con la misma nostalgia. Todo aquello que busca identificar sus huellas, museos, escuelas, tradiciones y demás, son temporalidades sin sustancia, expresiones sin significado; tal vez el estético perdure pero sin contenidos y vasos comunicantes que lo sostengan.

Lo inmediato ha encarnado en nuestra propia morfología cultural, sus cambiantes dimensiones visuales absorben la concentración; a la vez que remplazan y desarticulan la tradición convirtiéndola en el mejor de los casos en un motivo más de distracción y entretenimiento.

El pasado es irrecuperable no porque no haya vestigios materiales del mismo, y aún perdure en la memoria y en la disciplina de la Historia, sino porque ha extraviado su lugar y sentido dentro de nosotros. En todo caso está clasificado como una pérdida de tiempo, su aliento no alcanza ya a percibirse.

La magnitud y el aceleramiento de capas de datos e imágenes editadas o no, suplantadas en su temporalidad y destino por la mecánica de los algoritmos, convierten el campo de la memoria en un laboratorio de continua e inagotable intervención que trafica con su propia naturaleza al pretender reproducir la experiencia del tiempo ido.

Ya no es posible, ya estamos distantes de ello, dentro de nosotros estamos despojados del ritmo de la conciencia que implicaba aproximarnos al pasado y reconocer cuando este emergía.

En aras del dominio incendiamos las praderas del tiempo ido y sus cenizas se acumulan sin que podamos reconocer ya el lugar del que nos hemos exiliado. Nuestros ojos arden por dentro.

La pérdida del origen, de su despliegue, de su lentitud habitable, es nuestro naufragio en el océano cibernético; sobrevivimos aún pero enajenamos la tierra sin la cual la consistencia se erosiona.

Hemos arrasado la naturaleza de mil maneras, ha dejado de ser nuestro mayor asombro; codificada y reproducida exponencialmente en la virtualidad, nunca comprendimos el concepto de lo sagrado inherente a ella. Lo sagrado decidimos apropiárnoslo, demostrar su parálisis, delimitarlo, confinarlo a iglesias y religiones y cortamos sus vínculos intrínsecos con la naturaleza; sólo se dejó un pequeño rincón para que el visitante se tomara una instantánea con un paisaje al que siempre asumimos como propio y explotable.

Nos apoderamos del tiempo de la naturaleza, demostramos que la podemos acelerar, retardar, modificar o desaparecer. Manoseamos la Creación y nos asumimos como sus dueños. Esa propiedad la expandimos al tiempo, por eso aniquilamos el ritmo innato de la memoria; su palpitar de pasado, lo estrujamos.

Estamos ausentes, somos el pasado innecesario y por lo mismo ignorado; vaciados de sí mismos nos precipitamos a adquirir las ofertas del día a día, que nos sustituyen en la epidermis de las emociones, las honduras de las experiencias idas.

El abordaje del tiempo se ha transformado radicalmente y la conciencia del mismo, las formas de su comprensión, están a la deriva; este periodo en el mejor de los casos forma parte de una emergencia estructural del ser que con dificultad la reconocemos, a condición de no apostar del todo a la fugacidad alienada e imperial, valga la expresión, por su dominio e imposición de la mediación tecnológica que asume la construcción y dinámica cotidiana de nuestras vidas. Nos queda la intuición y un sentir individual y colectivo de que algo hemos perdido y no es ajeno a las entrañas del tiempo vivido por generaciones.

La implantación biológica es tecnológica y determina secuencias que desvirtúan no sólo el paisaje físico sino también el ritmo propio de la cultura que está en las raíces civilizatorias que aún registramos y reconocemos.

Los implantes son comunes y caracterizan el quehacer básico de todos los procesos en los que participamos; las industrias de emociones, apegos, adiciones y el consumo masivo de distintos procesadores son suficientes para absorbernos día y noche.

Es la atención y tensión permanente que satura nuestros sentidos y la multiplicación de la diversidad que se homogeneiza para reproducir el sistema incansable e insaciable en su oferta permanente de satisfactores que responden a instintos básicos.

El gran aparato funciona por su capacidad de derrotar a la historia como referente neutro desde el cual se hubieran podido apreciar las opciones que se cancelaron y las razones de esta omnipotencia del mañana en nuestros hábitos que se adaptan a gran velocidad sin tener ni siquiera pausas, (para amarrarse bien las cintas de los zapatos) y sin contar ya con la duda indispensable para aprobar o no una inserción que se presenta imparable e incuestionable. Incluso la metáfora del aparato es caduca, demasiado pesada para permitir los flujos continuos de toda índole que son la atmósfera implantada en nuestra propia psique.

Perdura un resorte en la palabra que nos advierte de este desgarramiento y nos facilita la posibilidad de rescatar, cuidar y sostener ese hálito de los tiempos idos que nos permitieron y permiten estar aquí. La palabra que conserva ese viento lejano, lejanísimo y a la vez tan propio que permite hacer presente el presente y anudar las dimensiones fundamentales del tiempo y espacio, del ser y el lugar.

La palabra pronunciada es nuestro lugar. El conocimiento del pasado, su sentido, está arraigado al conocimiento de la pronunciación, de ahí el tesoro invaluable de las tradiciones espirituales.

Tal vez sea la sacralidad de la palabra, el eslabón perdido.