Si uno transita por avenida Reforma va a encontrar que lo que predomina son las cafeterías Starbucks. Foto: Cuartoscuro

Si uno transita por avenida Reforma va a encontrar que lo que predomina son las cafeterías Starbucks. Foto: Cuartoscuro

¿Qué hay detrás de tu taza de café? La pregunta es inquietante cuando se conoce que México es un importante productor de café, que una gran parte del café que producimos viene de pequeños cafeticultores que lo siembran bajo la sombra de los árboles. La producción de café puede ser sustento de familias indígenas y forma de producción que mantiene nuestros bosques, cualidades difíciles de encontrar. Sin embargo, en México los cafeticultores, los pequeños productores, han quedado fuera del negocio de los recursos gubernamentales, que además de escasos, van a parar directa o indirectamente a las grandes empresas que se han apoderado de este mercado.

Existe un contraste brutal entre recorrer el centro de la Ciudad de México y el de Bogotá, buscando una taza de café. Si uno transita por avenida Reforma va a encontrar que lo que predomina son las cafeterías Starbucks. En Bogotá predominan las cafeterías Juan Valdez. Esa imagen habla del interés de un país por sus pequeños productores y el abandono por parte del otro. En México, la producción ha caído de 6 millones de sacos en los mejores años a 2.5 millones actualmente. El hongo de la roya ha afectado la producción, pero desde hace años hay una plaga que ha afectado más la producción de café en México que ninguna otra: el abandono de los pequeños productores y la entrega del mercado a las grandes corporaciones.

En Colombia, con un fuerte apoyo del Gobierno, la Federación Nacional de Cafeticultores lanzó, después de varios intentos y fracasos, la marca Juan Valdez en 2002. La marca fue lanzada con una política basada en el comercio justo, en un producto de cafeticultores con propiedades pequeñas. La Federación agrupa a 500 mil pequeños productores de café de Colombia. La marca y sus cafeterías comienzan a extenderse poco a poco por el mundo, presentes en aeropuertos y ahora en muchas ciudades. Colombia produce más de cuatro veces de lo que producimos en México en nuestros mejores momentos, pero eso no explica que el Gobierno colombiano invierta 12 mil millones de dólares en el café y en México nos quedemos con mil millones. Lo que lo explica es la falta de una política en México de apoyo a los pequeños productores.

En México la situación es muy diferente para los pequeños productores. Aquí, el hongo de la roya arrasa cultivos de café por todo el país, parcelas ya viejas, no renovadas, tras años de abandono de los pequeños productores para subsidiar el cultivo de café robusta, de baja calidad, para abastecer a Nestlé. Se destinaron recursos para prevenir los daños de la roya y, en su mayoría no fueron ejercidos. En amplias regiones cafetaleras el hongo de la roya está afectando a la mayor parte de las plantas y llevando de la pobreza extrema a la pobreza extrema-extrema a las familias, como señala Arturo García.

El Estado anuncia recursos que no bajan directamente a los productores, no van a viveros comunitarios, tampoco a la producción de fertilizantes orgánicos, ni a fortalecer la autogestión comunitaria. Los recursos van a los proveedores de insumos y plantas. Las grandes empresas, como Nestlé, entran a ayudar y amarrar el abasto del producto. La compañía Suiza ofrece, a través de los acaparadores del mercado del café, un sobreprecio de 48 centavos por kilo “para ayudar a los productores” cuando el precio está alrededor de 45 pesos el kilogramo listo para tostarse.

Sedesol anuncia 10 millones de pesos para 10 mil productores, mil pesos por productor para enfrentar la mayor crisis en la producción de café que se ha vivido en muchos años. El discurso es esquizofrénico, se habla de combatir el hambre, y una y otra vez se beneficia a las grandes empresas en contra de los pequeños productores.

Hay que verlo con las normas que se promueven para sacar del mercado a los pequeños productores de mezcal, para volver imposible que un pequeño productor certifique como orgánico, y el abandono de los cafeticultores, tan sólo tres ejemplos. ¿Ésta es la manera de combatir la pobreza? Si no dejan de otra, entonces a cultivar amapola.

Al abordar estos asuntos del abandono de los campesinos y de los pobres, no se puede dejar de referirse a lo que está ocurriendo en Brasil. Sin duda, lo que ocurre en ese país es un golpe de Estado contra un modelo político que sacó de la miseria a millones de brasileños, no con migajas, sino apoyando su producción. Que hubo robos, sí los hubo, pero no mayores a los que hemos tenido aquí en México con Moreira y tantos otros casos. Vemos en Brasil, volcada a la prensa contra ese modelo apoyando el golpe y llevando como Presidente interino a un personaje que sirvió de informante a la CIA para favorecer ataques al ex Presidente Lula da Silva, un personaje que de inmediato desaparece la política cultural y va contra la social. Allá los ingresos del petróleo han ido a la educación, la salud y la alimentación, ¿Acá a dónde fueron?, porque ya no tendremos más ingresos del petróleo, sólo deudas.

En 2003, me uní a Arturo García para realizar un acto en el Zócalo de la Ciudad de México bajo el lema “Café para Todos”. Arturo es promotor de la Red de Agricultores Sustentables Autogestivos (RASA) y uno de los mayores conocedores de este tema. Ha dedicado su vida a promover la producción del campo bajo un esquema de comercio justo y sustentabilidad, de manera especial en el estado de Guerrero. Queríamos promover el consumo de café mexicano, de pequeños productores, establecer una relación más directa entre el consumidor de café y el productor, pedir al Gobierno que lanzará una campaña en ese sentido, sensibilizar a los consumidores y apoyar a los pequeños productores. Lo que ha ocurrido es todo lo contrario, un ejemplo: entre la lista de productos que se pueden comprar con la tarjeta sin hambre está el café Dolca de Nestlé que llega como parte de la Cruzada Nacional Contra el Hambre a las zonas cafetaleras. No sería posible que programas contra el hambre abrieran mercados para combatir la pobreza, comercializando los productos de quienes están marginalizados del mercado.

La corrupción hace tanto daño a este país como la falta de profesionalismos, de entender las cosas, de ser profundamente ignorantes en políticas sociales. ¿No puede acaso el Gobierno promover una política de compras gubernamentales de café de pequeños productores, de incorporar el café de los pequeños productores y otros productos en los mismos programas sociales?

Por lo pronto, en lo más inmediato: ¿Qué hay detrás de nuestra taza de café?