Porque los seres humanos necesitamos la paz que transmite un abrazo; necesitamos que nos tranquilicen, que nos den certezas. Imagen tomada de video, Twitter (@ABC).

Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.

Luis García Montero

En estas épocas de encierro que para muchos implican lejanía de los seres queridos, me emocionó encontrar este título en un artículo: “La máquina de dar abrazos”. Se ve que el confinamiento nos tiene más sensibles que de costumbre. ¿O soy la única que se siente así? Más allá de pensar en todo aquello que yo extrañaría de los abrazos reales: la cercanía, la tibieza y el olor de la piel amada, la certeza de que hay alguien en el mundo que quiere abrazarte tanto como tú a él o a ella, el sentir el compás del corazón de esa otra persona, el ver “conmoverse la tierra”, me zambullí en la lectura. ¿Una máquina de dar abrazos?

Entré, entonces, a un mundo fascinante; un mundo que me llevó de regreso a uno de los autores que más amo, Oliver Sacks, y a su Un antropólogo en Marte (Anagrama, 2001). Allí, precisamente en el capítulo que da título al libro, Sacks explora el universo del autismo: las diversas teorías psicológicas, pedagógicas, psiquiátricas y neurológicas sobre el tema; la historia de los tratamientos; los diferentes niveles de autismo, sus dudas y preocupaciones sobre el modo en que son tratado los niños autistas. ¿Y los adultos? Siempre hablamos de “niños autistas”, como si se esfumaran después, dice en su obra. Recorre diversos centro de internación, habla con especialistas y va tejiendo uno de sus deslumbrantes relatos en los que el interés por la ciencia nace de su profundo amor y empatía por los seres humanos.

Llega así a Temple Grandin, la creadora de la máquina de dar abrazos. Lo primero que conoció Oliver Sacks de Grandin fue su autobiografía publicada en 1986. “En aquella época se suponía que la mente autista era incapaz de comprenderse a sí misma y a los demás, y por tanto tampoco podía realizar una auténtica introspección y retrospección” (p. 311). Parecía una contradicción que una persona con esas características pudiera escribir una autobiografía. En ella narra una infancia que iba de los ataques de cólera a la concentración más profunda, de la incomprensión de los códigos sociales a la agudización de los sentidos (en especial el oído y el olfato). El diagnóstico de autismo hacía que su destino más probable fuera el de la internación de por vida, y sin embargo se convirtió en una bióloga e ingeniera exitosa, profesora de la Colorado State University, conferenciante e investigadora destacada. ¿Cómo fue ese proceso? Para entenderlo, Oliver Sacks viajó a conocerla. Y yo, alucinada con la historia, me lancé a leer el libro de Grandin, a escuchar sus conferencias y a ver la película basada en su vida. De pronto, los abrazos que necesitamos vienen de los lugares más insospechados, también en forma de historias que la vida nos regala.

El trabajo de Temple Grandin surgió del interés por el comportamiento animal, cuya observación le fue permitiendo, de cierta manera, conocer su propio comportamiento. Mientras las reacciones y emociones humanas le resultaron siempre un enigma, logró interpretar sin problemas las reacciones y emociones de los animales. De este modo, fue especializándose en la creación de sistemas para el manejo de distintas especies (sobre todo granjas, comederos, corrales y mataderos).

Hablando de historias y mitos, le dijo a Sacks que “podía comprender las emociones ‘simples, fuertes y universales’, pero que la confundían las emociones más complejas y los juegos que practica la gente. ‘Casi siempre –dijo- me siento como un antropólogo en Marte’.” (p. 318) Ha publicado más de cien ensayos, divididos entre los que se centran en su trabajo con animales, y aquellos que tienen que ver con el autismo. Ha aprendido las normas básicas de conducta social y centra su vida en el trabajo.

Lo que más le sorprendió al neurólogo fue encontrar en su casa la hoy famosa máquina de abrazos creada por ella misma. La explicación resulta conmovedora:

“De niña anhelaba que la abrazaran, pero al mismo tiempo tenía pavor de todo contacto. Cuando la abrazaban, especialmente su tía favorita (…), se sentía agobiada, abrumada por la situación; sentía paz y placer, pero también terror, como si se la tragaran. Comenzó a soñar con –sólo tenía cinco años- una máquina mágica que pudiera estrujarla poderosa, pero suavemente, como en un abrazo, de una manera que ella dominara y controlara por completo.” (p. 322)

Finalmente logró construirla y, a pesar de las críticas y burlas, sentía que la máquina no sólo la relajaba sino que le permitía abrir puertas del mundo emocional.

Esa máquina que consiste en unos rodillos, una suerte de caja acolchada donde cabe una persona acostada, y un sistema neumático que ejerce una presión controlada sobre el cuerpo, se usa hoy con éxito en tratamientos del autismo o de estrés agudo.

Esa máquina que consiste en unos rodillos, una suerte de caja acolchada donde cabe una persona acostada. Imagen tomada de video.

Por favor vean la charla TED de Temple Grandin en la que explca el modo en que funciona su pensamiento. De verdad es fascinante escucharla. Les dejo aquí el enlace.

En fin, que en estas épocas de encierro que para muchos implican lejanía de los seres queridos, se han inventado curiosos sistemas de abrazos. Todos los días aparece alguno en internet. La nieta que logra abrazar a su abuela protegida por una cortina de plástico. La maestra que abraza a sus alumnos con bolsas.

Porque los seres humanos necesitamos la paz que transmite un abrazo; necesitamos que nos tranquilicen, que nos den certezas, que nos digan que todo va a estar bien. Necesitamos que la tierra se siga conmoviendo cuando los cuerpos se acercan, cuando las pieles se tocan.

Incluso aquellos seres a los que les da terror la posibilidad del contacto, como  Temple, saben que sin abrazos la ansiedad y la angustia reinarían en la vida. Por eso fabricar una máquina para ayudar a los autistas a vincularse con el mundo es –al igual que dar un abrazo- un acto de profundo y generoso amor.