Que no se olvide López Obrador de los cientos de perredistas que murieron asesinados y reprimidos añorando un sistema democrático. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Vivimos tiempos peligrosos. De distintas vertientes llegaron afluentes comprometidas con la búsqueda de un cambio para sustituir y desmontar la hegemonía del PRI que, con un racimo de expresiones diversas, duró de 1929 al año 2000. Fueron tiempos en los que la democracia figuraba en el escenario; pero detrás, entre los bastidores y sin mucha dificultad, eran visibles los mecanismos de poder extraños y antagónicos al ideal constitucional de una república democrática, laica, representativa y federal.

El modelo teórico estuvo divorciado de la realidad y una burocracia política le cerró durante décadas el acceso al poder a los ciudadanos mediante el ejercicio del voto, con partidos libres y realmente competitivos. Había periodicidad para renovar al personal encargado del poder en todos los niveles, pero en esencia eso se redujo a liturgia y ceremonial. Mucho tiempo, en concepto de realidad, las elecciones terminaban cuando los dedazos se consumaban y el tapado quedaba desnudo. Además, la sociedad padecía las cárceles corporativas que no permitían la apertura de compuertas para que fluyera y se expresara el disenso en una sociedad marcada por la pluralidad como es la mexicana.

Reconozco que esa larga etapa brindó estabilidad (empezando por poner fin a los cuartelazos, acotando la no reelección de todo cargo obligadamente popular), que se institucionalizaron aparatos de Estado y se resolvió la demanda material de la sociedad, no a cabalidad y hasta el justo límite en el que la represión se hacía indispensable y la mano dura llegaba con violencia, cárcel, persecución y muerte.

Se hizo indispensable una ruptura para abrirle cauces a la democracia a través de un proceso complejo y sin duda demasiado acompasado que ha derivado en muchos otros contratiempos. Esa ruptura se buscó desde afuera, pero se consumó desde adentro.

Hablo de contratiempos y uno es que se adjetivó tanto a la democracia que se pensó como la premisa efectiva para resolverlo todo, lo económico y lo social también. El desengaño llegó pronto, pero ahora eso cobra características de tragedia. A la hora de cambiar de régimen, en ese ciclo largo nos detuvimos en lo procedimental, indispensable, cierto, pero no en la necesaria alteración y recambio de los valores que deben normar y alentar el régimen democrático. Se privilegió sacar al PRI y buscar el poder, lo que es connatural en todo cambio de régimen, pero eso, sin los valores de la democracia, tal vez fue la mitad de la tarea.

No ha habido reforma del poder. Hacia fines del siglo pasado, el mismo Colosio, beneficiario efímero del salinismo del que fue cómplice, dijo en su memorable discurso de marzo de 1994 que “el origen de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder”. Y añadió: “concentración que da lugar a decisiones equivocadas, al monopolio de la iniciativa, a los abusos, a los excesos”. Sobra decir que se refería al sistema presidencial, que es lo que quiero subrayar. El presidencialismo es la principal rémora para alcanzar la democracia en México, el histórico que viene desde 1857, pasó por el porfirismo, creció exponencialmente con la Revolución mexicana y está punto de convertirse en dictadura con López Obrador.

La precaria democracia que tenemos se quedó a medio camino y el Presidente se empeña ahora en concentrarlo todo de manera necia y también ignorante. Su Gabinete se compone de mediocres, miedosos, escupeoídos, obsequiosos, obedientes y firmones. Su Consejero Jurídico de apellido de prosapia, tiene un historial de pillería, digno de la picaresca más exquisita, digo burda, perdón. El orden económico permanece tal cual, a pesar del decreto que “abolió” al neoliberalismo; de esto habla la amistad del tabasqueño con los jefes y consejeros de lo que él llamó “mafia del poder”, entre ellos Carlos Slim, Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego, este último que despacio y efectivo trabaja su candidatura presidencial. El país está permeado de una pugnacidad binaria y selvática, alimentada en la mañaneras cotidianamente.

Así no vamos a ninguna parte. La manipulación del micrófono no lleva a buen puerto, como bien lo demuestra la experiencia de los fascismos europeos, de Hitler y Mussolini. En cambio puede conducir a sociedades sonámbulas y narcotizadas en las que todo disenso se acalla o se persigue con afán exterminatorio. No podemos reconocernos en una Cuatroté que ha traicionado forma y fondo de la democracia posible y buscada con mucho esfuerzo en los últimos decenios. Que no se olvide López Obrador de los cientos de perredistas que murieron asesinados y reprimidos añorando un sistema democrático.

Es tiempo de levantar la voz con talento y valentía, de abrirle cauces a la praxis de la política, de la que sabe que no lograremos lo posible si no nos proponemos una y otra vez lo imposible, como dijo el clásico que abordó el tema de la vocación por la polis.

La ruta que se le quiere imponer al país se ha de combatir arrostrando todos los riesgos y aprovechando todas las oportunidades que el tiempo concede. Recordemos que los enemigos de la democracia no nada más están afuera de la misma, también están adentro cuando les es útil convertir su discurso en retórica barata, para hacerse con el poder y eternizarse en él, como se prefigura en el experimento reeleccionista del líder carismático que se asume a esta hora con los ropajes de la tiranía y que quiere convertir sus necedades en decretos inatacables.

Si a eso no se le pone un alto ahora, la democracia no tiene futuro en este país. Algunos adversarios de este planteamiento reprochan que no entendemos la justicia social que hace AMLO, desde una perspectiva populista. Aunque la crítica no me toca, sí quiero enfatizar que el colofón de esto se estableció hace mucho: se puede disfrutar del pastel y comerlo en libertad.

No lo dudo: en el México actual hay una gran reserva de hombres y mujeres que pueden triunfar si se ponen en esa ruta en los años que vienen y recuperar a un tiempo la dignidad (es indestructible) y la república democrática. Aseguro que es la esencia del trabajo que hoy realiza Porfirio Muñoz Ledo, sus recientes discursos son una nuez de la que hay que extraer la almendra que nutre y dejar de lado la crítica que sólo tiene que ver con la cáscara.

Ojalá y pongamos manos a la obra. El tiempo se agota.