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Ernesto Hernández Norzagaray

17/09/2022 - 12:02 am

El Jefe de jefes

Félix Gallardo es quizá la representación más nítida de esa relación de equilibrio entre el poder criminal y el político, tuvo de padrino a Leopoldo Sánchez Celis, exgobernador de Sinaloa, quien lo sacó de la Policía Federal para tenerlo como parte de su guardia personal.

Esta foto de archivo del 10 de abril de 1989 muestra al narcotraficante mexicano Miguel Ángel Félix Gallardo en un lugar no revelado.
“Félix Gallardo se dispone a descansar sus últimos días en libertad, como la leyenda y el mito todopoderoso de sus paisanos del pueblo mocoritense de Rosamorada, Los Tigres del Norte”. Foto: Archivo, AP

…Soy el Jefe de jefes señores,
Y decirlo no es por presunción,
muchos grandes me piden favores,
porque saben que soy el mejor,
han buscado la sombra del árbol,
para que no les de duro el sol…

Los Tigres del Norte, Jefe de jefes.

Miguel Ángel Félix Gallardo abandonará próximamente la prisión por obra y gracia del Presidente López Obrador y estará bajo arresto domiciliario con brazalete los próximos seis años, lo que resta de su condena de 40 años. Saldrá a la calle con la salud maltrecha y buscará llevar sus males en retiro y compañía de sus familiares y personal de salud. No obstante, estarán monitoreando sus escasos pasos y conversaciones las 24 horas del día. 

No le será fácil recobrar su vida en un mundo para él desconocido. Aquel mundo truculento que le dio poder y fama hasta convertirlo en una leyenda, un mito exaltado por los narcocorridos no existe más. Hoy, hay una nueva generación de narcotraficantes sin el aura y mística que distinguió aquellos hombres y mujeres que salieron de los altos de Sinaloa para convertirse en un poder que supo congraciarse con el poder político y llevar la fiesta en paz, generando un equilibrio virtuoso. 

Félix Gallardo es quizá la representación más nítida de esa relación de equilibrio entre el poder criminal y el político, tuvo de padrino a Leopoldo Sánchez Celis, exgobernador de Sinaloa, quien lo sacó de la Policía Federal para tenerlo como parte de su guardia personal. Incluso, llegó a tanto la relación con la familia del Gobernador, que fue padrino de bodas de Rodolfo, el hijo mayor del político del paliacate, y producto de ese vínculo, se dijo, el ahijado, años más tarde, fue levantado en el aeropuerto de la Ciudad de México para ser asesinado. 

¿Pero cómo llegó a encumbrase este hombre de origen humilde, escuálido y mirada desconfiada nacido en los albores de 1946 en el caserío de Bellavista en la sindicatura de Culiacancito? Es probable que su pasó por la Policía Federal lo haya acercado a los personeros del crimen organizado, aunque es poco creíble, ya que era un policía más y no se conoce que haya tenido cargos directivos u operativos. Es posible que haya sido a través de los primeros narcos políticos que de acuerdo con el libro revelador Drogas sin fronteras del sociólogo sinaloense Luis Astorga marcó buena parte la historia de la narcopolítica del siglo XX. 

Es decir, lo que se ha dicho mil veces, en México no puede haber crimen organizado sin la complicidad de los personajes que están en la política o, también, rara avis, por las necesidades de las agendas políticas binacionales. 

Eduardo “El Búho” Valle, siendo asesor del exprocurador Jorge Carpizo, alguna vez escribió en prensa que investigó y detectó en la Biblioteca del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica un documento sobre un acuerdo entre los gobiernos de México y Estados Unidos de principios de los años cincuenta para cultivar amapola en la sierra que luego era procesada y llevada a los Estados Unidos y producir la morfina que requerían sus heridos en la guerra de Corea (1950-1953). 

Cuando termina la guerra con el armisticio los norteamericanos habrían abandonado los plantíos y de ser real la versión, éstos quedaron en manos de los lugareños pobres que probablemente habían trabajado como jornaleros agrícolas. No tardaría mucho para que los más avezados se dieran cuenta de que tenían un tesoro en sus tierras accidentadas, difíciles, para cultivar granos y hortalizas. 

Don Manuel Lazcano Ochoa, Secretario de Gobierno, durante el mandato constitucional de Francisco Labastida Ochoa (1986-1992), narra en sus memorias, que en los años sesenta durante una campaña política tuvo que dormir en una vivienda de un caserío de Badiraguato y un aroma fuerte no le permitió conciliar el sueño. 

Al amanecer se dirigió a desayunar con sus anfitriones y les preguntó sobre qué producía ese aroma inquietante. Los anfitriones intercambiaron miradas y el jefe de la casa asintió. Lo invitaron a pasar a una bodega donde se agudizó el aroma fuerte y en se espacio había un buen número de las antiguas latas mantequeras. Abrieron una de ellas y ahí estaba la goma de las flores de la amapola. 

Estaba lista para enviarse por tren a Mexicali. Menciona en el relato que uno de esos viajeros que llevaba el preciado insumo a la frontera era Ernesto “Don Neto” Fonseca. Quien a vuelta de los años la vida lo llevaría a encontrarse con la dupla Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero y todos ellos, empezaron el trasiego de cada vez mayores volúmenes de drogas hacia la frontera de mil narcocorridos. Son los años felices del narcotráfico con un buen control político.

Incluso, cuando se implementa la Operación Cóndor, entre 1977 y 1983, con el fin de erradicar cultivos de amapola los tres barones del narco sinaloense se mudaron a Jalisco, donde crearían el Cártel de Guadalajara. Y ahí estrecharían vínculos con los capos colombianos: Pablo Emilio Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, ambos líderes del cártel de Medellín, para la importación de cocaína, incluso, según la periodista Anabel Hernández, en su libro Los señores del narco, estrecharon relaciones con agentes de la DEA para financiar a la contra centroamericana. 

Luego vendría el exceso de asesinar al agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena y sobrevino la aprehensión de todos ellos con lo que el cártel pariría cuatro vástagos: el Cártel de Tijuana, de los hermanos Arellano Félix; el de Sinaloa, comandado por Héctor Luis Palma Salazar, Juan José Esparragoza, Ismael Zambada y Joaquín Guzmán Loera; el de Juárez, de Amado Carrillo; y el del Golfo, dirigido por Juan Nepomuceno Guerra. 

La “amnistía” de Félix Gallardo oficialmente será un acto humanitario porque obtiene los beneficios de Ley para casos de personas de más de setenta años y que se encuentra en mal estado de salud, sin embargo, la FGR no estaba de acuerdo con su liberación e iba impugnar la decisión del Juez hasta que el Presidente intervino favoreciéndola y hoy está en trámite. 

Políticamente habrá quienes lo vean como otro gesto buena voluntad del Presidente con el narco “que también es pueblo”. Ya veremos cómo lo recibe el Gobierno del norte que ya sabemos es un caso de honor de la DEA y la muestra es que no paró hasta coadyuvar a la detención de Rafael Caro Quintero. 

En tanto, Félix Gallardo se dispone a descansar sus últimos días en libertad, como la leyenda y el mito todopoderoso de sus paisanos del pueblo mocoritense de Rosamorada, Los Tigres del Norte.

Ernesto Hernández Norzagaray
Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I. Ex Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A. C., ex miembro del Consejo Directivo de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Ciencia Política A.C. Colaborador del diario Noroeste, Riodoce, 15Diario, Datamex. Ha recibido premios de periodismo y autor de múltiples artículos y varios libros sobre temas político electorales.
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