El poeta, escritor y crítico literario franco-español repasa su vida desde la niñez añorada, pasando por la juventud de Irún, hasta llegar a la madurez en Madrid y París. Las memorias familiares, estampas de paisajes y reflexiones sobre el paso del tiempo se fijan con nitidez mediante imágenes y símbolos.

Por Jesús Cárdenas

Ciudad de México, 17 de octubre (Culturamas).- Desde la conciencia de un “yo” humanista, escribe poemas en prosa el poeta navarro afincado en París y crítico literario, Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954), en El contador de gotas (Hiperión).

Tras Los hombres intermitentesLa nota rotaOrquesta de desaparecidos y Ciento noventa espejos, esta quinta entrega tiene lazos comunes con todas ellas, muy especialmente con Los hombres intermitentesOrquesta de desaparecidos, pues se ocupa de trazar una mirada pretérita, confesional, hasta detenerse, en la contemplación de los más desamparados.

Encaja, pues, dentro de una trayectoria coherente y sólida, caracterizada por la precisión descriptiva y el tratamiento de lo vivido alcanzando desde lo real a lo imaginario pasando, en alguna ocasión, por lo visionario. Constituyen El contador de gotas cuarenta y cuatro composiciones en prosa. Los motivos amasados a lo largo de tres años (2016-2019), parte de un territorio íntimo pasado.

El poeta contempla sus vivencias cronológicamente: desde la niñez añorada, pasando por la juventud de Irún hasta llegar a los paisajes de la gran ciudad que esconde la madurez. La etapa vasca prepondera sobre la última, en Madrid y en París. La imágenes familiares, estampas de paisajes y situaciones se fijan con nitidez mediante «la creación de imágenes y símbolos», especial destreza comentada por Fernando Aramburu.

«Lentamente comienzo a escribir ante un desierto helado», afirma. A partir de ahí, cierre del primer poema, Irazoki se deja llevar por los territorios de la memoria.

Tras la lectura de este poemario cabe destacar el peso específico de la experiencia de la vida, algo que se evidencia como constantes argumentales en los anteriores. Es interesante su propuesta en el tratamiento del tiempo, más aún en el recuerdo del abuelo.

El sujeto traza las raíces: «Nací en una familia de campesinos y pastores feos que enamoraron a mujeres de gran belleza». La tierra donde el poeta nació es Lesaka, donde el abuelo plantó tabaco y se lo fumó. La voz lírica se desliza en la imagen de la huella del abuelo: «Antes de morir, el hombre se convirtió en un tallo transparente».

El proceso de reconstrucción somete a la imagen que él tiene de poeta. Las metáforas conducen al zorro en la composición «Un poeta atado», donde se ve a un ser solitario: «Su poema está creado lejos del grupo».

En «Las aduanas», de joven, nos describe el contacto con la música, el despertar de su cuerpo. Con esas escuchas combatía, reunido con sus amigos, el fluir temporal: «Las tardes se consumían mientras no reconocíamos más reloj que una aguja en los surcos de los discos». Más tarde, lo sabemos por su biografía, Irazoki trabajó en Madrid como periodista musical.

La propuesta de una ética que abomine de las supersticiones puede leerse en «Cuadernos de juventud», donde se abraza una conciencia diáfana, sin amargura ni rencor, donde «el perdón sea más fuerte que la herida».

Todo lo recordado es confesión autobiográfica elevada a la condición poética, gracias a la aplicación que Irazoki realiza del lenguaje: la descripción toma los adjetivos necesarios («líquido rencoroso»; «muerte lela»), el vuelo de las palabras es tomado por imágenes y metáforas reveladoras (como en «Pasajeros», donde «los inquilinos» se dirigen al abismo de la nada), el distanciamiento le permite ironizar sobre la experiencia.

En el poema que da título al libro, leemos: «Mis habitantes vienen de parajes lejanos», el sujeto pasa de la singularidad a un conglomerado de voces, lo que revela una fragmentación interior, que va pesando. Allí se encuentra el último sentido: «Llueve y cuento las gotas de los días vividos».

Todos esos sujetos contienen el conflicto del yo tomado en soledad. A este respecto, cabe reproducir las atinadas palabras de Eduardo Moga: «La identidad individual es, en El contador de gotas, algo que se desdobla, que se multiplica, que estalla».

Este libro contiene varias referencias literarias: Canetti, Julio Ramón Ribeyro, Nazim Hitmet, Ajmátova, César Vallejo, los poetas simbolistas franceses y, el más cercano, Blas de Otero. No se trata de una crítica, sino más bien de un sentido homenaje, como leemos en «Cien años de un niño derrotado».

En torno a distintos elementos poemáticos, Irazoki construye imágenes líricas sobre diversas metáforas. Cuando las composiciones son más breves se unen construyendo alegorías. En ese momento se reconoce su voz personal, un tono reconocible en sus poemas, un estilo que impregna indefectiblemente su obra.

Sus versos aparecen atravesados por el sentimiento, la anécdota es expresada con una naturalidad tan cercana que el lector es capaz de trascender. Algunos nos susurran al oído y otros nos despiertan. Los que nos susurran parecen conversaciones; los que nos despiertan son sacudidas o golpes del pasado, como cuando se refiere al pasado terrorista.

Especialmente duras resultan «Las mujeres excavadas», «Brindis en la oscuridad» o «Notas de gratitud a Maite Pagazaurtundúa», donde la propuesta del autor navarro guarda el entendimiento, la ética humanista; lejos de la radicalidad, la conciencia crítica: la nueva edificación del ser que transforme los remordimientos en actos (así en «Los cazadores» el sujeto dialoga con su conciencia, «el único cazador que lo apunta con su arma»).

Para terminar, una muestra del quehacer creativo de Irazoki perteneciente al penúltimo fragmento de El contador de gotas, donde se refleja, además de una ética civil, una poética gestada mediante imágenes y símbolos que lo hacen inconfundible: «Con el paso de las estaciones, integro el camino en mi cuerpo. Soy una grieta ambulante. Me curvo y la grieta supura un líquido: es la alegría que va a deshacerme y esparcirme».

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