A diferencia del libro electrónico, me queda claro que no mudaré mis preferencias ni las manejaré en el mismo nivel con los audiolibros. Foto: Guillermo Perea, Cuartoscuro.

Uno siempre termina rindiéndole cuentas a sus contradicciones.

Las primeras ocasiones en que escuché hablar de audiolibros, éstos aún se conseguían en casetes. Eran grabaciones de mediana calidad en las que una voz leía en voz alta lo que estaba impreso en un libro. No quise acercarme a ellos. El mejor argumento que escuché en esa época fue que podía “estar leyendo” mientras manejaba. Pero mi coche no tenía estéreo y los trayectos no coincidían en duración con los audios. Así que no entré a ese mundo en el que, seamos objetivos, había una oferta muy limitada.

Años más tarde, me enteré que Nacho Padilla escuchaba, una y otra vez, El Quijote leído mientras manejaba. Él era un especialista en el libro en cuestión. También viajaba en carretera muchas horas a la semana. Quizá por eso se sentía acompañado mientras escuchaba la colección de CDs en donde estaba registrada una voz. Le pregunté varias cosas al respecto. La relevante tenía que ver con la concentración, con los detalles, con la experiencia literaria. Respondió sincero: si podía hacer ese ejercicio con ese libro es porque lo conocía bien; tenía varias lecturas previas en el formato ortodoxo: deslizando los ojos sobre el papel.

Un teléfono inteligente y un buen amigo me metieron al mundo de los podcasts. Los consumo con singular alegría cada tanto. Son productos comunicativos que suelen centrarse en determinados temas. No consumo podcasts que se generan como grabaciones de programas de radio. Consumo los que fueron diseñados expresamente para ese formato. Ya alguna vez escribí que prefiero los de ciencia, los de curiosidades o los de historia. Me gusta aprender cosas. Mi problema es menor que con los libros y, si acaso, también reniego cuando no coinciden mi tiempo de traslado con la duración del archivo de audio. Sí, principalmente los escuchaba en el coche. Ahora es imposible. No manejo, no salgo gran cosa y poner un audio largo mientras estoy en casa me aísla mucho y no me gustan las interrupciones.

La semana pasada escuché a M reírse mientras hacía alguno de los quehaceres de la casa. Yo, como siempre, renegaba cuando me ocupaba de mi parte. Ella estaba escuchando una novela. Eso me convenció casi de inmediato. Descargué una de una plataforma registrada y me puse a escuchar el relato mientras lavaba los trastes, barría o trapeaba. Hay varias cosas que no me gustaron: la voz, la entonación, ciertos vicios de pronunciación o la velocidad, por mencionar unos cuantos. Por lo demás, me hizo más llevadero el trance de lo doméstico. Como soy un lector empedernido, ya bajé más audiolibros.

Soy sincero. A mí me gusta leer ficción por muchas razones que se replican en diferentes niveles de lectura. Lo más básico, claro está, es que disfruto que me cuenten historias. Hay quien mira con desprecio esos libros que sólo tienen ese cometido, sin agregar pretensiones estéticas, técnicas o posibilidades de empatía o aprendizaje muy elevados; sin propuestas en los terrenos del lenguaje, que es donde se da la literatura. Coincido, en alguna medida, con ellos. Si acaso, soy un defensor de la importancia de lo contado. Está, al menos, en el mismo rango que la forma en que se cuenta.

Siguo siendo sincero. Descargué libros fáciles. De ésos que entretienen. Mi entrenamiento lector no me permite pasar la batuta de la responsabilidad de los ojos a los oídos. Además, ya lo confesé, los utilizo como fondo para hacer una labor que no me encanta. Me ayudan a abstraerme. He elegido libros, hasta ahora, que me permiten perderme detalles sin mucho menoscabo para la comprensión. Lo sé, es un simple paso, pero, hasta ahora, me ha funcionado.

A diferencia del libro electrónico, me queda claro que no mudaré mis preferencias ni las manejaré en el mismo nivel con los audiolibros. Hoy en día puedo leer en papel tan bien como en mi Kindle. Eso sé que no sucederá con la lectura grabada. Sin embargo, le he encontrado una utilidad que me funciona. Y, me engañe o no, es una forma de seguir haciendo una de las cosas que más disfruto: enterarme de otras historias, que me cuenten cosas. Es cierto, hay libros que exigen otros niveles de lectura. Los lectores mismos, los que nos hemos dedicado a ello, sabemos que también nosotros tenemos diferentes estilos para leer.

Escucho pues, sin creer que leo. Escucho, entonces, consciente de mis contradicciones.