El Muro de Berlín. Foto: EFE

Lo que parecía un muro sólido e infranqueable, que según sus constructores seguiría erguido durante décadas y que dividía no sólo a la ciudad de Berlín sino a dos sistemas sociales (capitalismo y socialismo), se hizo agua en apenas unas horas por una desafortunada rueda de prensa.

Era la tarde del 9 de noviembre de 1989 en Berlín, capital de la entonces República Democrática de Alemania (RDA), la parte socialista de acuerdo al reparto de las potencias ganadoras de la II Guerra Mundial.

El gobierno de Alemania oriental, controlado por Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA), alineado con el bloque socialista hegemonizado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), convocó a una rueda de prensa para dar a conocer el levantamiento de restricciones para la movilidad de sus ciudadanos al extranjero.

Un miembro del Buró Político del PSUA informó sobre levantamiento de restricciones para salir del país. En la ronda de preguntas un periodista italiano preguntó a partir de cuando entrarían en vigor las medidas. El funcionario, sin tener información completa, respondió: “inmediatamente”.

Tras escuchar las declaraciones, decenas de miles de berlineses orientales acudieron a los puestos fronterizos demandando pasar al Berlín occidental, en manos de la República Federal de Alemania (RFA).
Desorientados y temerosos de provocar una represión, los guardias fronterizos abrieron las puertas del muro. Los encuentros entre berlineses de ambos lados se multiplicaron el 10 de noviembre de 1989 y adquirieron su momento épico cuando miles se subieron y empezaron a derribar el Muro que dividía Berlín con sus marros y martillo.

Para la opinión pública mundial, este hecho, marcó no solo el derrumbe del Muro de Berlín sino también el fin de la Guerra Fría que existió entre el occidente capitalista y el oriente socialista. En 28 años de existencia del muro, miles de berlineses intentaron cruzarlo. En el intento cientos murieron (las cifras varían entre 160 y 200, según las distintas fuentes), en tanto de cerca de 5,000 berlineses orientales lograron cruzarlo.

Más allá de la frontera física y real y represora que supuso, el Muro de Berlín se convirtió no sólo en el símbolo de la división de una ciudad y una nación (Alemania) sino en la frontera física entra dos sistemas sociales: el capitalismo real y el socialismo real. La caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 fue interpretada como el colapso del llamado bloque Soviético.

En efecto. A la par de Alemania, ocurrieron rebeliones en todos los países socialistas: Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumanía y Polonia. Casi como piezas de dominó alineadas unas tras otra, los gobiernos del campo socialista fueron cayendo entre finales de 1989 y principios de 1990. El fin de la URSS demoró un año más.

Este acontecimiento político de enorme relevancia histórica, se aprovechó mediáticamente por el aparato de propaganda capitalista como el fin del socialismo y el triunfo del capitalismo. Como resultado de esa propaganda, incluso se llegó a la temeridad de decretar el fin de la historia (según Francis Fukuyama). Nada más equivocado.

Lo que ocurrió fue el fin de un experimento de revolución y emancipación social: el socialismo, que fracasó. Fue un sistema social que se erigió sobre otras restricciones sociales. Es decir, que canceló la vía de la autoemancipación. El derrumbe del Muro de Berlín mostró una vía extraviada de la emancipación, pero dicha derrota no supuso una victoria del capitalismo sino la evidencia de otras explotaciones y dominaciones.

La existencia del Muro de Berlín exhibió los controles y opresiones del sistema socialista realmente existente. Pero el resultado no es el fin de la historia, sino la evidencia de un sistema capitalista que se construye sobre otros muros. El muro de la explotación, del racismo, del patriarcado y de la opresión. Quienes buscaban en la caída del Muro de Berlín la libertad y emancipación, deben esperar el fin del capitalismo.