Sus historias hablan de robos, de extorsiones por parte de criminales o funcionarios corruptos, de secuestros… Narran cómo las únicas opciones con las que se enfrentan son pagar para cruzar de manera ilegal a Estados Unidos, aunque sus planes no sean esos, o simplemente para que los dejen libres.

Por María Verza

Nuevo Laredo, México, 17 de noviembre (AP).— Los narcos de Nuevo Laredo tienen muy claro lo que buscan cuando salen en busca de presas: hombres y mujeres sin cordones en los zapatos.

Esos pies dicen mucho de sus dueños. Son la prueba de que entraron a Estados Unidos para pedir asilo, pero lo único que lograron fue estar detenidos unos días —cuando les quitaron los cordones por cuestiones de seguridad— antes de ser tirados de vuelta en la boca del lobo, en el violento estado de Tamaulipas.

En años anteriores, los migrantes pasaban con rapidez por esta tierra de cárteles. Ahora, con las nuevas políticas migratorias de Donald Trump, se quedan ahí durante meses mientras esperan sus citas en las cortes estadounidenses, varados en las fauces del crimen organizado.

Migrantes agrupados por familias posan para una foto. Foto: AP.

Migrante cubano mira su celular en un refugio. Foto: AP.

Los pies de un anciano migrante. Foto: AP.

Un agente de la Border señala los puntos en los que hay migrantes. Foto: AP.

La esposa del nicaragüense Yohan habla por celular con su familia en Nicaragua. Foto: AP.

Sus historias hablan de robos, de extorsiones por parte de criminales o funcionarios corruptos, de secuestros… Narran cómo las únicas opciones con las que se enfrentan son pagar para cruzar de manera ilegal a Estados Unidos, aunque sus planes no sean esos, o simplemente para que los dejen libres.

Migrantes esperan a que autoridades estadounidenses. Foto: AP.

El nicaragüense Yohan habla con un migrante recién llegado al albergue en el que en ese momento vivía con su familia en Monterrey, México. Foto: AP.

Migrantes lavan su ropa en el Río Bravo en Matamoros, México. Foto: AP.

Migrante camina desde un albergue hasta las orillas del Río Bravo en Matamoros, México. Foto: AP.

A veces escapan de un grupo para caer en las manos de otro o puede que sean ellos mismos los que, en medio de la desesperación, buscan de nuevo a los traficantes con tal de hallar cualquier salida que no implique regresar a los países de los que huyeron.

Pero, en ocasiones, ni así salen del limbo.

Una contadora hondureña de 32 años que viaja con su hija lo sabe bien. Lleva cuatro meses atrapada en un círculo vicioso de cruces y devoluciones legales e ilegales entre los dos países que sólo han hecho crecer sus deudas y su desesperanza. “Somos una minita de oro para el crimen”, lamenta resignada desde la ciudad de Monterrey, a 200 kilómetros de la frontera estadounidense.

Niño cortándose el cabello. Foto: AP.

Migrantes levantándose en un campamento cerca del puente de Matamoros. Foto: AP.

Hijos de migrantes juegan, en Nuevo Laredo. Foto: AP.

Un cubano sale de un refugio para migrantes en Reynosa, México. Foto: AP.

Cubanos rezando en un refugio para migrantes en Reynosa, México. Foto: AP.