Durante décadas hemos estado atiborrados de propaganda oficial, del gobierno federal y gobiernos locales de cualquier signo, que anuncia programas y políticas públicas encaminadas a mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Aún hay bardas pintadas y ecos de esa frase que escuchaba a todas horas en el sexenio pasado: “Vivir mejor. Gobierno Federal”. El logo oficial de la flor con pétalos de colores incrustado en todo espacio de promoción de programas sociales del gobierno de Calderón es muy similar al de la Iniciativa “Better Life” de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico a la que México ingresó en 1994). Cada color representa uno de los parámetros que se usan para medir los niveles de bienestar en sus países miembros (Bienestar para tu Familia, prometió Ernesto Zedillo). Los rubros son: nivel de ingresos, vivienda, empleo, comunidad, educación, medio ambiente, salud, satisfacción con la vida, compromiso cívico, seguridad y balance entre vida laboral y vida privada. La OCDE ha identificado estos factores como la base para el índice combinando las condiciones materiales de existencia y la calidad de vida, porque para medir el bienestar, señala, no basta con las frías estadísticas y los reportes del Producto Interno Bruto.

Actualmente, México se encuentra en los niveles más bajos de la tabla, junto con Turquía, entre el peldaño tres y el cuatro de un total de nueve. Se acerca a Chile y Brasil, los otros dos latinoamericanos, un poco mejor posicionados. En la cima, ningún asombro, están Canadá, Australia, Noruega, Suiza y Estados Unidos.

¿Qué ha habido detrás de la promesa de bienestar? ¿Se ha gastado más en anunciar los programas sociales que los recursos destinados para ejecutarlos? Cuando la OCDE da a conocer los resultados de sus mediciones la reacción de los funcionarios, no sólo en México, es a la defensiva. Suelen descalificar las mediciones, no obstante que están basadas en datos proporcionados por los propios gobiernos; y deben hacerlo porque el índice desmiente las cuentas alegres que se le reportan al ciudadano en costosos anuncios. Quizás para no herir susceptibilidades y responder a quienes se quejan de arbitrariedades en la medición, la OCDE ofrece a cualquier persona la posibilidad de ordenar los parámetros de medición de la calidad de vida en su país según su propio criterio sobre la prioridad que debe darse a los servicios de salud, a la educación, el empleos bien remunerado, la calidad del ambiente, la seguridad, etc. Es el simulador llamado “Your Better Life Index”.

La aplicación está disponible en www.oecdbetterlifeindex.org. El usuario puede jugar con las variables y obtener distintos resultados. Hice varias combinaciones y en todas México salía colocado en la parte media baja de la tabla, casi al mismo nivel que Chile y Brasil. Más allá de percepciones particulares, hice un ejercicio destacando el rubro de “seguridad”, el que se llevó la mayor cantidad de recursos públicos el sexenio pasado. Lo lógico sería que al menos en ese ámbito, prioridad oficial, el país saliera mejor posicionado. Sin embargo, el simulador lo colocó en el último lugar, debajo de Brasil y seguido de cerca por Turquía. Ante la evidencia, surge la duda de si fue real el empeño para mejorar la seguridad en el país o fue sobre todo una campaña propagandística. Conforme se van reacomodando las fuerzas políticas y van saliendo a la luz nuevos datos, se confirman los numerosos saldos negativos que nos alejan de la promesa sexenal de que viviríamos mejor.

Ahora que arranca el sexenio en el gobierno federal, pero también en los gobiernos locales como el del Distrito Federal –destacado por su importancia como centro político y económico México–, y se anuncian nuevos programas sociales con la misma promesa de bienestar, así como nuevos enfoques en el tema de la seguridad pública, por ejemplo, habrá que plantearse si están considerando realmente mejorar la calidad de vida de los mexicanos. “Hay que esperar a ver los resultados”, nos dicen los funcionarios, sin embargo ese ha sido el error de nosotros los ciudadanos sexenio tras sexenio, que evaluamos hasta el final.

El fortalecimiento de la organización ciudadana y del compromiso cívico, uno de los rubros del índice de calidad de vida, puede hacer la diferencia entre la propaganda y el cumplimiento real de la promesa de bienestar.