Escultura del rapto de Proserpina. Foto: Óscar de la Borbolla

Hay momentos en la biografía de las personas y en la historia de los pueblos en los que nadie quiere entender nada: todo se tergiversa, se descontextualiza, se efectúan asociaciones impertinentes y un solo dato se generaliza; en momentos así ocurre la polarización irracional donde las posiciones se enconan, y la rabia y el odio suspenden esa indispensable buena fe que se requiere para el diálogo: ese instrumento invaluable que permite los acuerdo y frena la violencia. Los ánimos están acalorados, se dice.

Estos tiempos son así. Por doquier capto cerrazón y rabia; los contendientes andan convencidos, unos y otros, de tener razón y, lo que es peor, de tener toda la razón.

La duda es ese abandonado terreno que nos anda haciendo falta: un poco de duda en las partes para que pudiera darse algo en común, un puente para sopesar las razones del otro y entablar el diálogo; pero las tablas del “entablar el diálogo” están reservadas para agarrarse a palos y los distintos bandos se concentran en ellos mismos y, obviamente, se acaloran más.

Este es el choque de las realidades, de las distintas versiones de lo real y me recuerda mi adolescencia, cuando me creía el mejor poeta inédito del mundo y me obsesionaba conmigo mismo, pues, cierta vez, poniendo ambos pies sobre el poema que acababa de terminar, dije convencido hasta las lágrimas: Ésta es la realidad, como si no hubiera más suelo ni más mundo que mi poema, mi visión subjetiva de puberto. Así andan las cosas hoy. Y, ojalá siquiera, los bandos estuvieran afincados sobre un poema, bueno o malo da igual; pero parados sobre distintos memes los veo enfrentarse y a mí también me veo cerrado, tan cerrado como el resto de la gente.

Y conste que no estoy apelando a la objetividad que nos trasciende a todos y resulta imposible: “la verdad de los hechos”, sino a la duda que apacigua y abre al diálogo, que no es otra cosa que relativizar o, si se prefiere, machimbrar las razones.

Para no contribuir con más candela al fuego que consume a México y a mi propia vida, he preferido este lenguaje vago de abstracciones con el que parece que me refiero a todo y a nada. Y además, ciertamente, me refiero a todo y a nada, porque yo también estoy sin dudas. Tan cerrado y ciego como el poeta Pedro Garfias que al oírse corregido por una piadosa voz, rugió: “Por vida, grito yo, dejadme saber mi sueño.”

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