"Claro, los organismos internacionales y los gobiernos no tienen de otra más que ir atendiendo la emergencia a como vaya a avanzando en una situación de recursos escasos".

“Claro, los organismos internacionales y los gobiernos no tienen de otra más que ir atendiendo la emergencia a como vaya a avanzando en una situación de recursos escasos”. Foto: Rebecca Blackwell, AP

En los enfoques de estudio de la actual crisis económica pareciera haber tres formas básicas de percibir la pandemia que estamos viviendo y estas podríamos representarlas en forma gráfica a través de la silueta de letras: El de una crisis tipo U donde la economía baja y pasado un tiempo se recupera mediante cambios en la estructura y los mercados; la  crisis tipo L donde la economía se cae y luego se estabiliza por un tiempo indefinido representando un retroceso profundo en la economía preexistente; y la crisis tipo I donde la caída es vertical y todavía no sabemos cuándo tocara fondo y mucho menos cual será la salida.

En esta percepción sui generis, sostenida por el politólogo Andrés Malamud de la Universidad de Lisboa, hay una coincidencia inocultable: en las tres existe el reconocimiento de que no estamos ante una crisis clásica de sobreproducción como la que desembocó en 1929 y donde la intervención del Estado fue decisiva para la recuperación económica mundial, ni tampoco, en una de las tantas crisis financieras donde se ha roto momentáneamente la relación Dinero-Dinero incrementado (D-D´) y el mercado de dinero logra estabilizar.

Entonces, estamos ante otro tipo de crisis, distinta a la de donde la crisis genera su propio antídoto, su propio remedio, su propia recuperación; en este caso, la crisis tiene un origen atípico, pero altamente destructivo pues en pocas semanas las pérdidas alcanzan niveles nunca vistos y lo peor es que no se ve el fin de la caída, ni se sabe si la intervención del Estado, será suficiente para revertir los daños en el mediano plazo.

La fórmula keynesiana de “hacer hoyos y taparlos”, cómo mecanismo eficaz para la reactivación es una apuesta débil cuándo los recursos de los estados se están comprometiendo en la lucha contra la pandemia y contratan deuda aprietan los cinturones o utilizan todos los fondos públicos a su alcance.

Atrás ha quedado el dilema inicial de “salvar la economía o salvar vidas”, que los gobiernos de distintas maneras adoptaron y, por la gravedad de la situación, se han inclinado por salvar vidas y si queda algo también la economía.

La pandemia está descarnadamente expuesta y exige tomar las decisiones que están a la mano de manera que hasta los más liberales están desesperados -escúchese en SinEmbargo.mx la reflexión de Mario Vargas Llosa sobre la crisis pandémica, donde el escritor liberal se desprende de la ortodoxia ideológica y da la bienvenida a la intervención del Estado para evitar una mayor profundidad de la crisis.

En sintonía tenemos localmente la postura de los grandes, medianos y pequeños empresarios, que con distintos tonos y ánimos reclaman al Gobierno obradorista que ponga a su disposición los recursos económicos y fiscales para salir avante de la crisis y aquel accede bajo la premisa poco ortodoxa: “Por el bien de todos, primero los pobres”.

La pregunta que asalta es ¿estamos leyendo bien la naturaleza de la crisis? Hay suficiente evidencia para pensar que no pues se piensa que resolviendo la emergencia la economía volverá a crecer, sin embargo, el desplazamiento de la cuarentena podría irse ampliando con su efecto destructor en la medida en que ocurran más fallecimientos y contagiados por el coronavirus, y, por eso, la acción desesperada en los gobiernos de Italia y España, que a cada momento están viendo cuántos más, cuántos menos afectados por el coronavirus, como el mejor indicador para empezar la fase de la recuperación.

Ya Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno español, ha dicho que algunas actividades económicas pronto empezaran a reactivarse especialmente las más intensivas en fuerza de trabajo y de menos contacto físico -como son la construcción o la agricultura- para desde ahí liberar gradualmente otras más centradas en los servicios.

O sea, en esta visión la lectura que se está haciendo es que estamos en una crisis como el mismo comportamiento de la de 1929, que después de la catástrofe viene de nuevo la recuperación del capitalismo con su secuela de oportunidades políticas -como lo sostuvieron en distintos momentos Alexander Kondratieff y luego Ernest Mandel en sus estudios del ciclo económico – pero esto no lo sabremos hasta el final.

Por eso es pertinente preguntarse si hemos tocado fondo, como parecen negarlo hasta los economistas más optimistas y eso indica que estaríamos todavía en caída libre y con ella la destrucción del empleo, empresas, recaudación fiscal, salarios y un largo etcétera -un paréntesis, para recordar que la llamada Gran Depresión estadounidense fue desde 1929 hasta 1932 con toda su secuela de pobreza que exhibió magistralmente la novela Las uvas de la ira el nobel John Steinbeck y fue una crisis anclada principalmente en Wall Street, en la Bolsa de Valores de NY y de ahí se irradió hacia el mercado mundial de la época -lo que significa que estamos en un horizonte muy impredecible y llegado al fondo entraríamos en una horizontalidad crítica que va a ser igualmente incierta con una alto costo en vidas no sólo por razones de atención sanitaria sino por simple y llanamente: Hambre.

No sabemos cuál va a ser su profundidad, lo que llevaría a reconocer que “no sabemos todavía dónde estamos parados”, por eso la urgencia del lenguaje anticrisis que va del “quédese en casa”, al “achatamiento de la curva pandémica”, como la panacea ante algo tan poco maleable y menos controlable.

Claro, los organismos internacionales y los gobiernos no tienen de otra más que ir atendiendo la emergencia a como vaya a avanzando en una situación de recursos escasos, las hegemonías mundiales en esa circunstancia parecieran establecer un juego de suma cero donde lo que gana uno lo pierden otros, y ese es el drama que se avizora, si de esta crisis no se genera un nuevo orden mundial basado en la solidaridad global el desenlace podría ser más largo y mayormente trágico.

En definitiva, sea una crisis tipo L, U o I, la salida no tiene precedente y no es comparable con las otras crisis que han sacudido hasta ahora a la humanidad. Salvo, claro, que en tiempo récord tengamos la vacuna que no es descartable y eso, una simple vacuna como antes fue el antibiótico de la penicilina, salve no sólo la vida económica sino a una buena parte de la humanidad.

Vamos, hay que dar perspectiva a la crisis económica, para saber dónde estamos parados y lo que habría que hacer en esa circunstancia para empezar sacudirse los falsos debates que hoy enturbian el ambiente de por si temeroso del país.

Al tiempo.