En Breve tratado del corazón, la más reciente novela de Ana V. Clavel, “se entrecruzan los destinos de una mujer que a punto de suicidarse se detiene al pensar que no ha visto el Taj Mahal, de un hombre sometido a una operación del corazón que al salir del hospital descubre que ha dejado de ser el autómata que era, de una joven descuartizada que deambula como alma sin rumbo y de un sicario caníbal, dueño y señor de legiones que habitan en su interior”. Aquí un adelanto. 

Ciudad de México, 18 de mayo (SinEmbargo).– “Hay que encontrar dentro de toda la locura, dentro de todo el caos, dentro del abismo, lo que dé sentido, lo que vuelva a recapturar un equilibrio que permita no sólo la muerte, sino también la vida”, explica Ana V. Clavel.

En Breve tratado del corazón, la más reciente novela de Ana V. Clavel, “se entrecruzan los destinos de una mujer que a punto de suicidarse se detiene al pensar que no ha visto el Taj Mahal, de un hombre sometido a una operación del corazón que al salir del hospital descubre que ha dejado de ser el autómata que era, de una joven descuartizada que deambula como alma sin rumbo y de un sicario caníbal, dueño y señor de legiones que habitan en su interior”, reseña Alfaguara.

SinEmbargo comparte un fragmento de Breve tratado del corazón, de Ana V. Clavel. Cortesía otorgada bajo el permiso de Alfaguara.

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1. Un corazón simple

Nunca sabremos cuánta sangre se necesita para una sola caricia.

Emporte-moi

Era como si el corazón fuera a estallarle en el pecho. Al borde de las vías del Metro, pensó: No puedo más. Y las voces. Sandra había empezado a escuchar voces. Le decían: ¿Por qué no terminas con todo? Nada vale la pena. Hagas lo que hagas no te salvarás. Sería tan fácil cerrar los ojos y saltar. En medio de aquella angustia, esa marea oscura que amenazaba con tragarla, surgió una lucecilla súbita: No puedo morirme sin conocer el Taj Mahal. Contempló la llegada de los vagones y una sensación de vértigo y peligro la obligó a dar un paso atrás. Aterrorizada por lo que había estado a punto de hacer, repitió aferrándose a esa única ilusión: No me puedo morir sin conocer el Taj Mahal.

Su mente trabajaba a mil por hora. Tenía unos ahorros en el banco. Los gastaría en el viaje. Abandonaría el trabajo y lo que fuera necesario. Se dirigió a la agencia más cercana con tanta premura como si en aquello le fuera la vida. Consiguió un vuelo con escala en París para el fin de semana siguiente. Pero tendría que permanecer un par de días ahí para aprovechar una tarifa económica de Air India que le incluía un hotel austero en Agra, la ciudad donde se asentaba el palacio de su anhelo. Sonrió después de quién sabe cuánto tiempo sólo de pensar en el castigo de tener que caminar a la vera del Sena, entre las bouquineries y los álamos y liquidámbares que cercaban el río. Era cierto lo de la sonrisa. Lo percibió en los músculos pesados y el esfuerzo para que su rostro se aligerara como si en vez de piel tuviera una rígida máscara de cerámica. Sólo de sentir el poder de esa sonrisa, pensó en todo lo que había estado a punto de perder. De haber cedido a la desesperación, se habría convertido en otra suicida del Metro. Imaginó su cuerpo desmembrado y su carne quemada entre las ruedas como un espectáculo de horror inexplicable para los otros y cerró los ojos.

A su mente acudió el recuerdo de la carta de un suicida en un libro cuya portada le habían encargado diseñar. En ella, su autor agradecía a todos las bondades que le habían prodigado en la buena época de su vida. Entre aquella innumerable lista de gestos amistosos y virtudes solidarias, de pronto surgían los dejos de rencor, aguijonazos lanzados de golpe y porrazo: “A mi madre por ser la mejor mamá del mundo, con sus aciertos magníficos y sus errores catastróficos…”. Por eso resultaba tan extravagante la mención de un gato en aquella larga carta, precisamente en un discurso que buscaba remediar el vacío sin que interviniera ya ningún razonamiento lógico. “A Tudi, por ser tan gato…” Una suerte de generosidad sin límites que lo anegaba todo en una oleada de amor y narcisismo.

Pero Sandra no había pensado dejar nota alguna porque la idea del suicidio surgió como un salvavidas inesperado en medio del hundimiento. No sufrir más. Que todo se fuera al diablo… incluida ella. Por eso, ahora que la vendedora de la agencia de viajes le extendía el boleto con su nombre, no pudo evitar acordarse de que apenas unas horas antes había estado a punto de arrojarse a las vías del Metro, y volvieron a su mente las luces del tren que titilaban en la oscuridad del túnel, la ilusión intempestiva de ver el Taj Mahal que la había salvado en el último momento, y el recuerdo imposible de Tudi, ese gato tan gato que ella no había conocido, y se echó a llorar.

 

Llegó a París una tarde soleada. Sin darse cuenta comenzó a caminar al ritmo apresurado de la gente con la que se cruzaba en el Metro, en las calles. Recordó que por el rumbo de Place d’Italie vivía la hermana de un exnovio de la época en que había trabajado en Bellas Artes. Pero no se le ocurrió buscarla. Todavía se sentía atolondrada por el viaje, pero sobre todo por la experiencia de la que había surgido el deseo de ver el Taj Mahal. Como si a partir de entonces su vida hubiera adquirido la luminosidad incierta de los sueños, una suerte de irrealidad que le llegaba de forma amplificada a través de la piel y los otros sentidos. Diríase que estaba drogada, o que tomaba medicamentos para la depresión. Pero no era así: la posibilidad de la muerte había abierto las compuertas de una percepción más intensa —pero también distorsionada— para acercarse al mundo y a las personas.

Tal vez por eso cuando vio a la muchacha de la sonrisa asomada en un aparador, no le dio importancia al hecho de que el gesto proviniera de una máscara de cerámica neutra, sin pintar. Era común que las vitrinas en París fueran verdaderos altares a la belleza y al diseño, auténticas instalaciones artísticas que, si no se encontraban en la sala de un museo de arte contemporáneo, era tan sólo porque a veces de manera sutil, otras de forma manifiesta, subyacía en ellas una intención comercial. Sólo eso, porque frecuentemente echaban mano de recursos fotográficos, plásticos, multimedia de la más alta factura y calidad conceptual. Así era el escaparate de la muchacha de la sonrisa. Máscaras con su rostro dulce y tenue emergían aquí y allá entre pliegues de aguas azules y mercuriales. Y en cada rostro inmóvil de ojos cerrados y labios apenas curveados, sin gota alguna de color, de manera intempestiva surgía la proyección de los rasgos de una joven que despertaba con los colores de la aurora, sombras tornasoladas para los párpados, polvos afrutados para las mejillas, pinturas encarnadas para el dibujo leve de las bocas. Y los rostros ya maquillados y en movimiento guiñaban un ojo, acentuaban la sonrisa, prodigaban besos volátiles, y de nueva cuenta regresaban a la neutralidad inicial para recomenzar unos segundos más tarde el proceso de la vida.

Poco a poco se dio cuenta de que la muchacha la seguía. Hacía varias calles que la tienda de maquillajes y productos de belleza femenina había quedado atrás en el barrio de Marais. Caminaba muy cerca del río, a un costado de Notre Dame, y ahí entre los puestos ambulantes de una librería volvió a encontrarse con ella. Era sin duda la misma muchacha de la sonrisa tenue. Su rostro sosegado aparecía ahora en la portada de un libro, acompañado de un título: L’Inconnue de la Seine.

Hojeó maravillada algunas páginas. Por lo que pudo entender, la “Desconocida del Sena” había sido una ahogada cuyo cuerpo apareció en el Quai du Louvre a fines del XIX, sin huellas de violencia, lo que hizo suponer que se había suicidado. Era una ahogada joven que, en vez de un gesto de amargura o dolor, poseía una sonrisa dulce y enigmática. La habían puesto en exhibición en la morgue para que sus deudos la reconocieran, lo que no sucedió. Un asistente del médico forense, fascinado por el rostro de la joven, le hizo un molde de yeso. Al poco tiempo la máscara apareció a la venta en varios establecimientos y la Desconocida se convirtió en musa de artistas y profanos.

Sandra decidió comprar el libro en el que se sucedían imágenes inspiradas en la máscara original y varios relatos fantásticos. En breves segundos se había acostumbrado a la tersura de esa sonrisa de tal modo que cuando levantó la mirada para pagar, le pareció natural que la cajera se hubiera contagiado de la magia de la Desconocida y le sonriera de manera sutil y cómplice. Al salir del establecimiento, la tarde caía dorada sobre las aguas del río. Siguió su curso hasta atisbar el Quai du Muséum, en otro tiempo conocido como Quai du Louvre. Al parecer, sus pasos la llevaban hacia el muelle donde habían encontrado el cuerpo de la Desconocida. Recargada en un parapeto del Pont Neuf se sumergió en la magia de su voz que le llegaba desde las páginas del libro que traía consigo: “Creía que una se quedaba en el fondo del río, pero ya veo que vuelve a subir —pensaba confusamente esta ahogada de diecinueve años que avanzaba entre dos aguas…”. Se asomó al río, y a pesar de los metros de distancia que la separaban de la superficie líquida, pudo ver el rostro de la joven, sonriente y con los ojos cerrados, como si se hubiera detenido en la arcada para saludarla antes de seguir su camino al mar. Porque en realidad era una sirena y quería llegar al mar. Sandra sonrió y devolvió el saludo. Y entonces se dio cuenta. Fue como una revelación que al mismo tiempo no la sorprendía por más que supiera que aquello no era posible. Tal vez todo era un espejismo. Quizá el tiempo se había expandido a partir de que viera la lucecilla en el túnel del Metro y se le metiera en la cabeza que no podía irse sin ver el Taj Mahal. Tal vez sí había saltado y ahora vivía en la dimensión de los sueños, donde quizá podría poseer un gato Tudi propio con manchas negras y blancas. O tal vez mañana abriría los ojos y se encontraría con el palacio de su anhelo ante ella, reflejándose vibrátil y gozoso en el espejo de agua como lo eternizaban las fotografías y postales. Pero una cosa era enteramente cierta: entre las ondas del río que formaban una imagen titilante, reconoció en el rostro de la Desconocida del Sena su propio rostro. Y en vez de sorprenderse por ello, se preguntó en una lógica salvaje cuánto tiempo le llevaría llegar en flotación libre, a mar abierto, hasta las costas de la India y de ahí remontar, entre ríos y afluentes en contrasentido imposible, hasta el estanque en el que el Taj Mahal se contemplaba a sí mismo con la fascinación de una mujer hermosa ante un espejo de agua. ¿Así de inconmensurables eran los deseos y su lámpara maravillosa que ardía en el corazón?

A diferencia de la Desconocida, quien navegaba “ignorando que sobre su rostro brillaba una sonrisa, si bien trémula más resistente que la sonrisa de un vivo, siempre a merced de cualquier cosa”, Sandra sonreía sólo de pensar que viajaría con el goce de una identidad en préstamo. Saberse ligera sin el peso de un pasado propio la hizo preguntarse cuántos músculos eran necesarios para sonreír. De haber estado en su departamento en la Ciudad de México y frente a su computadora habría podido averiguar que en ese acto nimio y espontáneo están involucrados al menos seis pares de músculos. Y habría repetido sus nombres como parte de un conjuro iniciático: el músculo elevador del ángulo de la boca, el elevador del labio superior, el orbicular de los ojos, el risorio, el cigomático mayor y el cigomático menor, todos ellos en la misma pócima. Pero del movimiento del alma para que pueda emerger la flor de una sonrisa habría tenido que hacer uso de una aritmética sutil, de una anatomía de las pasiones que la habría obligado a transitar por los territorios volátiles de las caprichosas relaciones humanas. Ella, que antes se sintiera como papalote suelto, había visto pasar una geografía de cuerpos y una colección de personalidades que no consiguieron sino acentuar ese vacío que cada vez se le agrandaba más por dentro. Por eso cuando se enteró por una diseñadora de familia japonesa que trabajaba en su oficina sobre la leyenda del hilo rojo del destino, no pudo menos que sorprenderse. Que dos personas se buscaran por el mundo a pesar de la distancia, del tiempo o de las circunstancias, porque en realidad estaban atadas por un hilo rojo que conectaba, a través de sus meñiques, la fina arteria ulnar con el corazón de cada uno, le hizo pensar que en su caso ese hilo no parecía estar atado a nadie más. Que en el mito el hilo se pudiera estirar o contraer, pero nunca romperse, la llevó a considerar de un modo grave e infantil, como suelen ser la mayoría de las reflexiones terribles o gloriosas que urdimos en torno a nuestra vida, la fatalidad de un destino solitario. Así, sin aspavientos ni lamentaciones que pudiera escuchar la joven japonesa que le había contado la historia, permaneció en un silencio obcecado. Tan sólo una pesadez de piedra en la mirada y en el rostro, cada vez más lejos el fuego tenue de la más leve sonrisa.

Hay un momento en que el proceso de la tristeza y la desolación, cuando no se origina en causas exteriores a nuestra voluntad, resulta reversible. Pero hay un punto en que la pesadumbre se acumula y se vuelve cada vez más difícil de remontar. En cambio, nunca sabremos qué tan leve es el peso de una sonrisa porque es capaz de hacernos volar. Según un proverbio antiguo, el tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los dioses. Tal vez porque nos volvemos un poco como ellos: inmortales, pues la risa nos coloca en un lugar fuera del tiempo, como también sucede en el éxtasis amoroso. Sandra lo había escuchado en un programa de radio, un par de años antes, mientras manejaba camino a su trabajo; lo mismo que una frase atribuida a un dramaturgo argentino: “La risa es el orgasmo del rostro”. Entonces el comentario le había provocado una sonrisa cómplice, pues reconoció que todas las risas y carcajadas se resuelven en sonrisas, y aunque no todas las sonrisas tienen un matiz erótico, todas ellas —risas y sonrisas— sí nos hablan de la capacidad de goce de quien las esboza. ¿Cómo no recordar los labios gráciles, la sonrisa delicada de la Mona Lisa? Algo particularmente hipnótico tenía esa sonrisa, como si prometiera un goce total, anonadante, capaz de suspenderlo a uno de la cuerda vibrante de la vida. Le había sucedido cuando, mochila al hombro con otros amigos de la universidad, hizo su primer viaje a Europa. Dos meses de conocer ciudades, catedrales y museos. Beberse el Louvre en día y medio. Pero entre el trajín de caminar y abrevarlo todo de golpe, o las oleadas de muchedumbre que peregrinaban ante las obras maestras, hubo un momento eterno cuando Sandra contempló el cuadro de Da Vinci —apenas 53 x 77 cm— y, sin imaginarlo ni proponérselo, se sumergió en la gruta sin nombre de esa sonrisa medusante. El tiempo y el mundo quedaron anulados como si de golpe un rapto de silencio, una bocanada de muerte iluminada lo hubiera devorado todo. Y cuando salió del trance le costó entender que la vida siguiera su curso.

Todo eso se le había venido a la memoria con la sola frase de la risa como el orgasmo de un rostro. Y entonces lo entendió, aun a riesgo de chocar el auto que en aquel momento conducía. Recordó la afamada expresión que enlaza la sonrisa con la genitalidad femenina y creyó intuir la razón por la cual los labios gráciles de la Gioconda resultan hechizantes: porque en realidad evocan otros labios carnales de suave y rotunda sonrisa vertical.