De entre todas las tareas singulares de los chamanes del sur de la Huasteca, la que no ha dejado de llamar la atención desde principios del siglo XX es la confección de figuras antropomorfas de papel recortado, que identifican con seres no humanos o parcialmente humanos. Esta tradición-ritual, compartida por los Nahuas de la Huasteca, los Otomíes orientales y los Tepehuas, es conocida como una artesanía de la comunidad otomí de San Pablito. Los Tepehuas orientales conjugan esta tradición ritual con la confección de muñecos de corteza atada como los que se elaboran entre los Totonacos de las Huastecas poblana y veracruzana.

Por Carlos Heiras Rodríguez

Ciudad de México, 18 de agosto (SinEmbargo).- En el sur de la Huasteca los Tepehuas realizan ciertos ritos llamados Costumbres; en los cuales el chamán puede pedir lluvias, frutos de la tierra, recuperar el alma perdida. A continuación reproducimos un fragmento del texto “Obscuridad, silencio y ausencia en los ritos chamánicos tepehuas orientales”, escrito originalmente para la Revista Artes de México 118. Chamanismo.

Suplir un silencio, reparar una ausencia, abolir la oscuridad o aprovecharla para transformar el mundo, en otras palabras, propiciar el movimiento de las cosas es la intención del chamanismo Tepehua oriental. En tepehua llaman Jalakilhtúntin al ritual que tiene este objetivo y en español se le conoce como el Costumbre. Si estos rituales son de interés colectivo, se denominan Costumbres grandes. Mediante estos ritos, los Tepehuas solicitan la lluvia o claman su apaciguamiento, agradecen los frutos tiernos del maíz aún no cosechado o marcan la temporada de siembra junto con el cambio de autoridades comunitarias. En cambio, cuando los Costumbres están dirigidos a recuperar el alma de un enfermo, a despedir las del difunto, a recibir a un recién nacido, a apagar el fuego doméstico de una casa abandonada, a saldar los agravios entre humanos, o a resolver los conflictos con los muertos, se habla de Costumbres de interés doméstico. A medio camino entre los domésticos y los comunitarios están los Costumbres de promesa (Kat´ánit), donde los chamanes agradecen su don a la divinidad. (…)

Muñecos de papel recortado con forma humana que vivifican a los malos aires.

La condición para realizar un rito chamánico es establecer una relación entre humanos, no humanos (los suprahumanos divinos, los exhumanos muertos y los infrahumanos animales) y fragmentos humanos, es decir, entre algunas de las almas de un ser humano completo, pues para los tepehuas, las mujeres tienen doce almas y los hombres trece.

De entre todas las tareas singulares de los chamanes del sur de la Huasteca, la que no ha dejado de llamar la atención desde principios del siglo XX es la confección de figuras antropomorfas de papel recortado, que identifican con seres no humanos o parcialmente humanos. Esta tradición ritual, compartida por los nahuas de la Huasteca, los otomíes orientales y los tepehuas, es conocida como una artesanía de la comunidad otomí de San Pablito. Los Tepehuas orientales conjugan esta tradición ritual con la confección de muñecos de corteza atada como los que se elaboran entre los Totonacos de las Huastecas poblana y veracruzana.

El chamán presentifica y torna visibles a los no humanos y casi humanos por medio de la ropa que les otorga a esos muñecos. Así, repara la ausencia de unos y la invisibilidad de otros. Convocados gracias a la intervención chamánica de recorte y amarre, los humanos pueden tratar de comunicarse con ellos para pedir por la subsistencia de la vida campesina o para hacer cordiales las relaciones al interior de la colectividad. Si en el rito están involucradas las almas ausentes del enfermo, el chamán puede mediar a favor de su reincorporación para sanarlo. En tales interacciones se ofrendan sahumerios, así como alimentos líquidos y sólidos: copal o incienso, refresco, cerveza, aguardiente, café, galletas o pan, y se puede agregar la sangre de aves de corral y hasta animales cocidos sacrificados. Su sangre se juega en el ritual, pues gracias a ella se establece un parentesco consanguíneo entre humanos y no humanos o humanos y almas humanas. En esta transacción es indispensable para el rito de la palabra del chamán.

PALABRA FÉRTIL

[…] Uno de sus ritos agrarios es el Costumbre de elotes que se aboca a las relaciones entre la comunidad y los colectivos no humanos, como los muertos, las divinidades y los animales maiceros. La relación que en él se establece con los animales se limita a alimentar con sangre a sus espíritus para evitar que devoren los frutos de la milpa. (…) En este Costumbre, muertos y divinidades se hacen presentes, y se les habla para acabar con el silencio que existe entre ellos y los humanos, pues este silencio promete enfermedad en el caso de los muertos y escasez en el caso de las divinidades.

El chamán porta los bastones que dan fe de su facultad. La comunidad baila frente al altar precedido por la Virgen de Guadalupe. San Pedro Tziltzacuapan, Veracruz, septiembre de 2006.

Durante la limpia previa a todo Costumbre, Katálakapalháu, el chamán implora a los muertos que, si retienen prisioneras algún alma humana, la liberen. Poco después, manda a tirar los muñecos en el monte donde nadie pueda encontrarlos para expulsar a los muertos efectivamente de la comunidad. (…)

El chamán pide a las divinidades presentes en las semillas que bendigan con su ayuda y con las bondades de sus frutos a toda la comunidad. Se espera que hagan fructífera a todas las plantas de la milpa, que no la abandonen y que procuren buenas cosechas. Se desea su presencia renovada, porque siempre amenaza la carestía; es decir, la cosecha puede malograrse por una diversidad de motivos, entre ellos el cansancio de la tierra (la erosión), el cambio climático (diría quien suscribe) con su sol recalcitrante, sus escasas lluvias, pero sobre todo por la tradición del Costumbre cada vez más abandonada.

ESCENARIOS DE LUZ Y SOMBRA

[…] En el caso del Costumbre de promesa, el chamán convertido en paciente, es limpiado y bañado por los legos y los demás chamanes mientras los ilumina la luz tierna del levante. En el de elotes, los legos y chamanes se hincan de cara al sol naciente y lanzan al aire, como confeti, granos de maíz y frijol, semillas de calabaza y flores de cempasúchil, que son recogidos después por los legos para la siembra por venir. Estos momentos lúcidos, posteriores a una noche de danza y trabajo ritual, son los únicos en los que se llegan a observar los muy hondos arrebatos de misticismo Tepehua; cuando los legos dirigen al astro diurno una atípica plegaria silente o un ruego balbuciente.

El sacrificio de sangre es imprescindible en el Costumbre de promesa o en el de elotes. Aquí, el Sol emerge en su viaje inframundano hacia el amanecer gracias a la sangre vivificante que los hombres le han ofrendado. Ya en la claridad de la mañana, el Costumbre se remata con un baile. Los legos cargan la mesa que, como un altar con cuatro esquinas y su centro lleno de ofrendas, hizo las veces de plano terrestre. Se trata de la Tierra en su danza cósmica, iluminada por el Sol radiante del amanecer: ésa es la culminación del movimiento de las cosas que alumbra la obscuridad.

Como el objetivo de algunos Costumbres colectivos es vencer las fuerzas de la noche y lograr que el sol nazca, la noche es imprescindible. En las horas obscuras es posible la transformación capaz de resolver una ausencia y anular un silencio.

Con una flor de cempasúchil, el chamán impone la sangre de las aves sacrificadas sobre los muñecos de papel recortado. San Pedro Tziltzacuapan, Veracruz, septiembre de 2012.

VÍNCULOS RENOVADOS

El tratamiento ritual de determinadas dolencias supone el establecimiento de vínculos sociales durables; la enfermedad es el resultado de una relación social desavenida que conviene recomponer: una pelea no resulta que debe dirimirse ritualmente so pena de volverse crónica o de redundar en la muerte.

En estos casos se practica un Costumbre de concierto, Tamá´óshamishín. Si los querellantes están vivos y no se encuentran irrevocablemente distanciados, es posible reunirlos para que se contenten. Si están gravemente distanciados, entonces es menester reemplazar a la persona con la que hubo el altercado, para que su relevo o cónyuge del relevo se reconcilien con el enfermo y su familia. El reemplazo representaría a una de las partes del conflicto. Solicitará y otorgará perdón a la parte-enferma, y así resolverá el conflicto, pero sin interpelar al contrincante real. El reemplazo, acabado el concierto, no guardará más relación con el curado ni con su familia. Sin embargo, si se releva a un pariente, vivo o muerto, esta sustitución no es efímera, pues se reconfiguran las relaciones de parentesco entre el enfermo y el relevo de manera definitiva. (…)

Los legos son los responsables de colmar el silencio de la ausencia con los rezos o los cantos que posibilitan la presencia renovada de los nuevos parientes.

Carlos Heiras Rodríguez. Licenciado en Etnohistoria, maestro y doctor en Antropología Social por la ENAH. Desde hace casi una década se ha dedicado al estudio de los tepehuas orientales. Entre sus publicaciones se encuentra San Pedro Tziltzacuapan: el año ritual de una comunidad tepehua.

Este texto, en su versión original, “El movimiento de las cosas”, se reproduce en el número 118 de la Revista Artes de México, Chamanismo.
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