“El mar quita y da memoria” (Hölderlin). Pintura de Tomás Calvillo Unna.

“Quien piensa en lo más profundo ama lo más vivo…
aprende en la vida el arte, en la obra el arte de la vida
si distingues una, ve la otra también”.

-Friedrich Hölderlin

La relación con la eternidad no está resuelta, no en esta época.
Hay un punto de fuga donde la conciencia se pierde:
la ansiedad del conocimiento y sus frutos;
tal vez ésta sea la trampa,
nos hemos vuelto insaciables.

Tenemos que cuidar el agua del corazón,
su palpitar,
amarrar la leña de la noche
y devolverle al fuego su lugar,
ese alumbramiento del entrecejo.
Levantar un montículo en la arena
y dejar que el cuerpo reconozca
entre sus horas de labores y sueños
su raíz de sol y luna ante la marea.

Es el tiempo de juntar
las palmas de las manos en el pecho.
El tiempo de callar afuera y callar adentro.
El tiempo que se detiene frente a la muerte
donde el mundo atónito se resquebraja.

Nos intriga esta contundente fugacidad,
su pretendida abolición de cada segundo.
Sin la interna disciplina,
no comprenderemos.

Seguiremos en las mil pistas,
sacudidos, aturdidos, hastiados.
Las mil pistas inalcanzables
dando vueltas sobre si mismos,
cómicos volantines de millones
y millones de biografías
cautivas como las nuestras,
en el aclamado espejo del engaño.

Es tiempo de lidiar con la tierra y el cielo,
y reencontrar el poder de sus nupcias
es nuestra herencia, la de todos.