"La cama es de Tracey Emin, artista inglesa perteneciente a uno de los más influyentes y poderosos movimientos del arte actual". Foto: Tracey Emin - My Bed 1998

“La cama es de Tracey Emin, artista inglesa perteneciente a uno de los más influyentes y poderosos movimientos del arte actual”. Foto: Tracey Emin – My Bed 1998

A las alumnas de mi madre, siempre a la vanguardia del pensamiento.

El siglo XX se caracterizó por la aceleración con la que ocurrieron los acontecimientos históricos, científicos, económicos, políticos y sociales ligados a la fascinación por el cambio. El arte no fue una excepción. Apenas arrancaba este periodo cuando las vanguardias mostraron una necesidad imperiosa de sacudirse la carga del pasado. Los “ismos”, (impresionismo, fauvismo, expresionismo, surrealismo, dadaísmo, etc.) abogaron como verdaderas milicias por sus causas. La radicalidad y estridencia de las ideas, ligadas a una suerte de improvisación constante, de búsqueda de lo inédito, envolvieron todo en una especie de locura, fugacidad, agitación que, si bien sumaban adeptos y fanáticos, también generaron rechazo de la mayoría. Como siempre, el cambio resulta incómodo ya que pone a las estructuras formales en crisis, las cuestiona.

Basta que un movimiento sea aceptado para que venga un nuevo artista a ponerle en jaque con otras ideas. De eso se trata la creación; no sólo de plasmar imágenes bellas, existe un cúmulo de preguntas, muchas sin respuesta y nuevas formas de ver y de sentir lo que nos rodea. Si bien el artista es el encargado de volver objeto lo que ocurre en nuestro mundo interior, lo hará de una forma completamente personal. Delante de un mismo fenómeno cada uno de nosotros reaccionamos de forma distinta. Incluso relatamos los mismos sucesos según nuestra carga de recuerdos, miedos, anhelos, sueños, de la experiencia que tenemos de vida, de nuestra capacidad de imaginar y elaborar en nuestra mente.

Al revisar las primeras décadas del siglo XX todavía queda mucho por conocer y por entender. Finalmente, la historia se hizo cargo de acomodar las obras y a sus autores reduciendo al mínimo sus catálogos y dejando fuera a muchos. Por supuesto, las minorías representadas por homosexuales, mujeres, razas que no eran la blanca fueron ignoradas. Aun así, el arte es capaz de estirar al máximo sus límites y poco a poco irlos abriendo para recibir las voces calladas por siglos. Incorporar en su geografía a los ignorados permitió que ampliara sus lindes y legitimara una serie de prácticas antes jamás pensadas (recordemos que el gran arte se resumía a pintura y escultura). No es raro que llegados los años sesenta, la diversidad y velocidad se aceleraran aún más y terminaran por convertirse en el impulso imparable del arte. Video, happenings, instalaciones y nuevas tecnologías rebasaron los terrenos conocidos y permitieron la expansión de mentes sagaces que buscaban expresarse de muchas otras formas.

No es lo mismo el mundo pensado por un hombre de raza blanca, que ha estudiado en una universidad, a la percepción que tendrán una mujer africana perteneciente a una comunidad patriarcal o un homosexual latinoamericano que vive en Nueva York o París, quienes, naturalmente marginados, han tenido que luchar por ganar un sitio dentro de la sociedad. Nunca será igual la idea académica respecto a la belleza en su más elitista sentido, que aquella que se alimenta de la liberación de pasiones espontáneas, a veces salvajes y en ocasiones incluso a contrapelo de la belleza.

¿Deben pertenecer todas estas y muchas otras variantes al mismo nicho llamado arte? Tal vez la respuesta inmediata podría ser no. Pero si atendemos un poco más a la necesidad de seguir agrupando de la misma manera lo diverso, nos daremos cuenta de que el problema no está en los artistas, sino en la manera en la que la historia los fuerza a ser parte de sus anales. Es decir, los recuentos históricos siguen partiendo de las mismas premisas pese a que el número y diversidad de creadores ha crecido exponencialmente.

Desde luego será muy difícil que alguien denueste la belleza de la Santa Teresa de Bernini, creada en el siglo XVII. Pero recordemos que al artista casi le costó la excomunión mostrar la sensualidad y voluptuosidad de una religiosa. O el caso de Caravaggio, quien se atrevió a pintar a la Virgen utilizando como modelo a una prostituta ahogada en el Tíber.

Al ser rechazado el artista contemporáneo padece el mismo viacrucis que sus semejantes en el pasado. Nosotros, como espectadores, sufrimos la misma molestia de no entender el arte, igual que generaciones anteriores han sido víctimas de los atrevimientos de los artistas de su tiempo. La apreciación y comprensión parecerían siempre ir rezagadas con respecto a la creatividad e imaginación de los artistas.

Un viejo colchón con las sábanas revueltas, percudidas, entre ellas ropa interior, preservativos usados, una botella vacía de vodka, pantuflas viejas y rotas, ceniceros repletos de cigarros, una prueba de embarazo abierta, un perro de peluche barato y viejo. La huella de una noche en vela con sus distintos pasajes. Sordidez. Soledad que deriva en sexo casual. Es la habitación privada de una mujer promiscua y desaseada sobre la cual no tendríamos derecho a opinar. Salvo, claro, que se trata de My Bed (1998), exhibida en el centro de una de las salas principales de la Tate Modern de Londres.

La cama es de Tracey Emin, artista inglesa perteneciente a uno de los más influyentes y poderosos movimientos del arte actual. Iniciados en la década de los noventa y bajo el mecenazgo del publicista Charles Saatchi, los Young British Artists (Jóvenes Artistas Británicos) o comúnmente llamados por sus siglas en inglés YBA’s, representan a la ya no tan joven generación que vino a romper los paradigmas establecidos por la rancia y anquilosada tradición inglesa. Rebeldes, provocadores, ajenos a las convenciones, han saltado a la fama y dominado los mercados de la última década del XX y las dos primeras del XXI.

Especuladores, inflados, charlatanes, banales, materialistas, oportunistas, son algunos de los adjetivos que se acostumbran a utilizar para denostarlos. Pero pareciera que a ellos nada los detiene y menos la crítica que se esfuma ante su éxito. Con el paso de los años, han consolidado sus carreras a nivel mundial. Y no solo venden en cantidades y a precios superlativos. Hoy podemos considerar que su intervención dentro del mundo del arte ha generado un nuevo lenguaje.

Regresemos a la cama de Emin. Se trata de una instalación, nueva forma de hacer arte que procede de los años sesenta. Su contenido, lejos de ser elevado y sublime, nos habla de una realidad cruda y desnuda. No obstante, la confrontación tan violenta genera en cada uno de nosotros un impacto que nos sacude. De aquí podemos partir a un montón de lecturas.

Como una especie de puesta teatral, la habitación se compone de trozos que nos llevan a reconstruir la escena. La ausencia ha dejado un rastro ambiguo. El montón de objetos, el desorden, nos conducen a especular sobre lo que ha ocurrido. La noche ha dado pie al día, la luz directa destierra cualquier dejo de poesía. Aquí no hay metáfora, hay suciedad, tal vez decepción. Una mujer, Emin, ha sido objeto y fue usada. Placer pasajero, desechable, nos habla cara a cara, sincera. Es una especie de umbral a la cosmogonía femenina que ha sido eternamente lacerada, condicionada, sometida al mundo de los hombres, a complacer a los hombres.

Emin deja atrás las representaciones femeninas como el dulce objeto de adoración, pasivo, neutral, para hablarnos de la realidad común de muchas mujeres.

El injusto trato que ha recibido cada mujer universaliza My Bed. Pasa de ser una experiencia personal a un retrato colectivo. Esta cama puede estar en cualquier lugar del mundo, una mujer abandonada y que sufre angustia es un lugar común en medio de la violencia que vivimos. La pieza no necesariamente nos habla sobre los detritus que aparecen, es más bien la ausencia y desolación lo que nos conmueve. La impronta de una mujer que podemos ser todas, que ha pasado de la resaca a la indolencia. La prueba de embarazo abierta anticipa otras historias.

Víctima del acoso por parte de los hombres y tachada de promiscua por las mujeres; la inexistencia de su cuerpo en la escena nos habla de una streeper emocional, ¿ha depositado su valor como persona en el sexo?, ¿ha dejado atrás los sueños y anhelos estereotipados?, ¿ha retado a la sociedad y se ha convertido en paria?

Lejos de las convenciones esa sombra furtiva se deja regir por una libertad que la condena. Su ausencia invade el espacio, la hace presente; un icono contemporáneo en toda la extensión de la palabra. Una cama también puede ser una tumba. Para Peio H. Riaño esta obra “es el sudario de la pasión contemporánea… una sábana Santa”. Y yo agregaría que es la Prostituta Santa consagrada a su sexualidad. Así renuncia y denuncia su condición de esclava de la misógina que la ata.

Aún después de examinada, tal vez esta pieza no convenza a muchos que encontrarían razones para desacreditarla. Para una buena cantidad de espectadores seguirá siendo un objeto impresentable en un museo. Incluso habrá quien se moleste en contra de la artista y en general execre el arte contemporáneo por permitir que sea exhibida en un museo tan importante como la Tate. Sin embargo, si nos detenemos un poco y reflexionamos, su simple presencia será un golpe a las buenas consciencias. Una provocación para cuestionarnos sobre el papel del arte en nuestra existencia, su responsabilidad, sus límites, sus alcances.

Además de darnos placer y recrear nuestros sentidos, el arte también puede servir como advertencia ante el olvido y la indiferencia. Nos obliga a ver todo eso que no quisiéramos, lo que escapa a nuestra atención y que está más allá de nuestros juicios de valores, de nuestra moral condicionada e impuesta. El arte nos hace ver un mundo que desconocemos en el que de otra forma no hubiéramos reparado. Y tal vez a partir de él seamos capaces de otorgar un nuevo sentido a nuestra existencia. Para eso también sirve el arte.

@suscrowley