Dicen que mientras más conciencia detallada tenga una sociedad de su pasado, más libre y creativa será la construcción de su futuro. La conversación sobre el derribo de estatuas coloniales no sólo tiene que ver con los acontecimientos que ocurrieron hace 500 o 300 años, sino que es una conversación sobre el presente, que está configurado por mecanismos de poder que han evolucionado desde la colonia, la emergencia del estado nación y sus tecnocracias del presente. El derribo o alteración de estatuas es una oportunidad valiosa para hablar sobre las ausencias que hay detrás de ellas.

Feministas en Bolivia vistieron una estatua de la reina Isabel de España con ropa tradicional indígena para protestar contra el colonialismo y los estándares europeos de belleza: “La colonización fue un genocidio”. Fuente: AJ+Español

La estatua de Cristóbal Colón que fue desmontada por el Gobierno de la Ciudad de México para darle “trabajos de mantenimiento”, días antes del pasado 12 de octubre, cuando varios colectivos convocaban a tirarla; resuena con el derribo de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar que torturó y masacró a 20,000 personas en el Valle de Pubén al sur de Colombia. Dicha estatua fue colocada en 1937 sobre la pirámide de Tulcán, templo sagrado de los Pubenenses. Y como explica Juan Cárdenas, en su texto Desenterrar el Futuro: “no es un acto vandálico, sino un cuestionamiento profundo de los fundamentos racistas y excluyentes sobre los que se ha asentado la idea actual de la nación colombiana fundada en el siglo XIX por la ultraderecha conservadora y semifeudal”.

Es inevitable pensar en imágenes como las del 12 de octubre de 1992 en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, cuando el pueblo derribó la estatua de Diego de Mazariegos. O bien, los derribos recientes de las estatuas del villano Leopoldo II en Bélgica, del esclavista Edward Colston en Bristol y de otros personajes tiránicos en Estados Unidos durante las protestas del Movimiento Black Lives Matter.

Frente a las críticas contra el derribo de las estatuas, temerosas de que se imponga “una nueva versión hegemónica de la historia”, encontramos al historiador de la Edad Media, Thomas League, quién afirma que dicha crítica es tan solo una negación que alimenta las fantasías de la extrema derecha, como por ejemplo, la educación patriótica como imperativo de moralidad que predica Donald Trump.

Intervención de Hew Locke sobre estatua de Edward Colston, en Bristol, parte de la serie “Restauraciones”. Fuente: https://www.apollo-magazine.com/colston-bristol-statue-slavery/

Por su parte, el artista británico Hew Locke está en contra de retirar las estatuas, por el contrario sugiere conservarlas para que sigan dando de qué hablar. Y así, intervenirlas con marcas visibles de quemaduras y pintura. O bien, está de acuerdo con retirarlas a favor de la destrucción creativa, fundirlas y transformarlas en objetos de peso simbólico, como monedas o campanas para repartir entre las comunidades.

Igual, Nina Siegal, en su texto El destino de las estatuas derribadas, da cuenta de la discusión que actualmente existe en muchos museos sobre qué hacer con ellas. Pues estamos ante una excelente oportunidad para vincular a los museos con las comunidades que nunca fueron escuchadas en sus críticas ancestrales contra aquellos símbolos.

Hace falta una mirada (y una práctica) descolonizadora, tanto del colonialismo interno y externo. No olvidemos el apunte de Silvia Rivera Cusicanqui, que dice que en sociedades como las nuestras, con elementos de confrontación cultural que acarreamos sin poder racionalizar, las palabras ––como las estatuas––, “no designan sino encubren” y son parte de discursos públicos que se convirtieron en una forma de no decir y por lo tanto, en sentido común, que reproduce las estructuras de colonización a través del racismo, el autoritarismo y la desigualdad. El patrimonio histórico está vivo y en él se juega una batalla simbólica global que definirá la memoria, que al final, es un compromiso con nuestro presente y nuestro futuro.

 

David Ordaz Bulos

@David_Orb