Retablos y exvotos, la octava publicación de la Colección Uso y Estilo, coeditado por el Museo Franz Mayer y Artes de México, es un libro bienaventurado, un consuelo, u predicación, obra fecunda de plegarias, invocación; es un mosaico de agradecimientos, complicidad, frenesí e imágenes.

Por Rodolfo Villagómez Peñaloza

Ciudad de México, 18 de octubre.- No me lo distraigas
Dicen que hay milagros que nunca ocurren, mas no es el caso de Alborada Almanza, aquella mujer a la que Dios y el arcángel Rafael le concedieron una muerte rápida e indolora, además de la alegría de ver el mar, acariciar un perro y oír un danzón, antes de partir. El personaje del escritor Leonardo Padura tuvo una muerte como la quiso, como la pidió. Hay quienes aseguran que los milagros suceden; que santos, vírgenes o bandolhéroes intercedieron por ellos en momentos críticos, dolorosos, angustiantes, peligrosos, y como muestra de agradecimiento deciden contar la historia en un retablo o en un exvoto, para dejar testimonio de que, a veces, los milagros se cumplen.

Retablos y exvotos, la octava publicación de la Colección Uso y Estilo, coeditado por el Museo Franz Mayer y Artes de México, es un libro bienaventurado, un consuelo, u predicación, obra fecunda de plegarias, invocación; es un mosaico de agradecimientos, complicidad, frenesí, imágenes; todo, un estudio histórico, plástico, sociológico y religioso; nutrido compendio de testimonios en los que nos enteramos de la dicha y la desdicha de los otros.

En sus páginas se leen las historias de hombres y mujeres que sanaron enfermedades. Foto: Artes de México

La diferencia entre un retablo y un exvoto (si la hay) es espacial. Foto: Artes de México

En sus páginas se leen las historias de hombres y mujeres que sanaron enfermedades,; que no fueron mancillados, ultrajados, porque seres extraordinarios los escucharon y los favorecieron. ¿Falsa creencia? ¿Verdad? ¿Tradición popular? Habrá que creer, dice la canción, y habrá que rezar con fervor. Tal lo menciona una historia, ajena al libro pero relevante al tema, del fiel que una mañana en la iglesia de San Hipólito le rogó al santo la obtención de mil pesos, y fue recompensado in situ por un creyente que al escuchar la súplica se los dio al instante con la petición: ten el dinero, pero no me lo distraigas, le voy a pedir un favor más grande que el tuyo.

Lo que importa es que ayude, no que se parezca

Retablos y exvotos inicia con un ensayo minucioso sobre el retablo —(desde el siglo XIX, imagen devocional que representa a Cristo, la Virgen o los santos; agradecimiento por un favor recibido—), de la doctora en Historia, Solange Alberro. ¿Qué es lo religioso?, se pregunta la investigadora al inicio de su trabajo y con esta interrogante traza un camino que nos lleva a precisar la naturaleza y las características del retablo, modalidad de comunicación del ser humano con el más allá, sin intermediación clerical. ¿La finalidad? Conmemorar un milagro.

¿Pero qué es un milagro? La edición más reciente del Diccionario de la lengua española lo define, en su primera acepción, como ‘hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino’. La descripción no dista mucho de la citada por la doctora Alberro, tomada del Tesoro de la lengua castellana o española, lexicón de 1611 de Sebastián de Covarrubias: ‘milagros se dizen aquellos que tan solamente se pueden hazer (sic) por virtud divina’. El milagro, según aprecia la investigadora, floreció en Nueva España luego del Concilio de Trento, que reivindicó y promocionó las formas populares y barrocas de la piedad. Desde entonces, las peticiones, los ruegos y las súplicas para salvaguardar la integridad física, material o emocional de los seres humanos y hacer más llevadera su existencia terrenal han sido variadas. Una de la más recurrentes durante el siglo XIX fue el retablo, obra realizada por un pintor, a la que se le rinde culto doméstico o popular para obtener salud y paz, o para no ser descubiertos en alguna triquiñuela. La devoción a la imagen es tal, que se podría suponer que los santos, las construcciones teológicas y Jesús y María se vuelven cómplices del solicitante, le echan la mano.

Retablos y exvotos, expresiones artísticas y mensajes de aliento espiritual. Foto: Artes de México

Es un libro bienaventurado. Foto: Artes de México

A lo que tú le llamas retablo, yo le llamo exvoto

Según nos cuentan las historiadoras del arte Michele Beltrán y Elin Luque Agraz, es común que a un exvoto se le llame retablo y viceversa. En su ensayo Imágenes poderosas: exvotos mexicanos, definen el exvoto como “acto de devoción personal, realizado para ser visto por los demás. Tiene como objetivo comunicar a otros fieles cómo la intervención sobrenatural favoreció a una persona”. Este suceso se divide en tres partes: superior (aparecen imágenes de santos y vírgenes intercesores); media (espacio terrenal donde se ve al suplicante) e inferior (relato por escrito del milagro). Igualmente, los exvotos brindan la posibilidad, a quienes los miran, de conocer la forma de vida de los suplicantes. No es necesario llamar a la puerta para ver los interiores de las habitaciones, generalmente modestas. El vestido, la vivienda, la geografía, la ornamentación y hasta hechos históricos se pueden advertir en estas obras que permiten recrear los ambientes de la vida cotidiana. En términos plásticos, su composición es simétrica y el color su elemento principal. A través de este se expresan emociones y se plasman atmósferas. Los más recurrentes son el azul, el rojo, el café, el amarillo, el verde y el gris.

La diferencia entre un retablo y un exvoto (si la hay) es espacial. El primero solía colocarse detrás del altar o en la casa familiar; el segundo en la iglesia para ser visto por el público. No obstante, en ambos la representación de la imagen a quien se está encomendado el suplicante no es ortodoxa, sufre un proceso sincrético que convierte al cuadro en una modesta obra de arte. Aunque la tradición votiva de México floreció a finales del siglo XIX y principios del XX, por la fuerte raigambre católica, todavía es posible encontrarse con exvotos en diferentes templos. El santuario de San Miguel Arcángel ubicado en Tlaxcala les dedica todo un espacio y hay artistas a los cuales recurrir para su elaboración. Cabe mencionar que, aunque la mayoría de estas obras son anónimas, un porcentaje de ellas sí fueron firmadas por quienes las elaboraron, son los casos de los pintores Hermenegildo Bustos y Gerónimo de Léon.

La contemplación de la belleza

El último de los textos incluido en el libro es un análisis de la colección de retablos y exvotos de la Universidad Estatal de Nuevo México, realizado por el sacerdote católico e historiador de la Iglesia, Manuel Olimón Nolasco, en el que subraya la importancia del Niño de Atocha, de san Ramón Nonato y de Nuestra Señora del Refugio, devociones arraigadas en el norte de México. En este muestrario se reconoce el trabajo de los artistas anónimos que con retablos y exvotos encendieron las luces del desierto.

Retablos y exvotos, expresiones artísticas y mensajes de aliento espiritual.

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