“Su muerte es un acontecimiento más mitográfico que mitológico, relacionado con hechos reales y fantasías colectivas -dice el escritor-. Infante muere a los 40 años, antes de que la vejez lo decapite, en un accidente aéreo, producto de su vocación de riesgo. Su entierro deja ver por primera vez que él pertenece a una categoría distinta a lo que se ha conocido”, dice Carlos Monsiváis en Las cosas del querer. Otro libro, el de su sobrino, descubre más sobre el ícono en Pedro Infante, el ídolo inmortal. Aquí, en forma exclusiva, el capítulo 200 horas de vuelo.

Ciudad de México, 18 de noviembre (SinEmbargo).-¿Cómo explicar la enorme popularidad de Pedro Infante? ¿Por qué a casi medio siglo de su muerte se le sigue recordando, aplaudiendo y admirando? Cuando parecía haberse dicho todo sobre el ídolo de Guamúchil, surge este libro, el cual nos entrega una puntual e informada biografía del cantante y actor. La obra presenta no sólo datos desconocidos sobre su vida y su personalidad, sino también la más completa información que existe hasta el momento sobre sus películas y canciones.

El autor realizó una investigación exahustiva que permite comprender mejor el fenómeno de masas representado por Pedro Infante, cuya celebridad en el ámbito latinoamericano solamente es comparable con la de Carlos Gardel.

Su sobrino lo recuerda como un mito. Foto: Especial

Por cortesía de Editorial Océano transcribimos el capítulo 200 horas de vuelo, donde se revela su amor por la amistad, por las máquinas y esa herida que le hizo tener platino en su cerebro, sin saber que poco después moriría a causa de un accidente aéreo.

DOSCIENTAS HORAS DE VUELO

Desde fines de los años cuarenta, Pedro empezó a comprar avionetas que él mismo tripulaba, no sin antes haber cumplido con el entrenamiento necesario para obtener su licencia de piloto (1948); tiempo después, según aumentaron sus horas de vuelo y experiencia, obtuvo la de piloto privado y, más tarde, la de capitán piloto aviador (cpa), como nos comenta mi querido “papi” don Andrés García Lavín, bajo la tutela de instructores como Alberto Solís Pinelo y don Julián Villarreal, quien era el socio mayoritario de la empresa Transportes Aéreos Mexicanos, S.A. (tamsa), y que tenía como base y ruta de tráfico comercial el D.F. y la ciudad de Mérida. Precisamente, a inicios de los cincuenta, Pedro se asoció con esa empresa, y su relación con Yucatán se hizo más estrecha. Una región entrañable en la que, por lo demás, realizó gran cantidad de presentaciones. Mucha de su vida privada y empresarial se desarrolló dentro del territorio de la hermosa península, lugar donde sus negocios inmobiliarios lo llevaron a adquirir diversas propiedades.

A principios de los cincuenta, Pedro estaba en su mejor momento artístico, triunfando dentro de un ambiente que muchos consideran la época de oro del cine nacional. Por lo mismo, sus ingresos personales correspondían a su importancia en el medio. Además, éstos derivaban de múltiples actividades: cine, presentaciones personales y grabaciones; en cuanto a estas últimas, por ejemplo, cobraba un cantidad determinada por cada disco.

Como lo expresa Emilio García Riera, en el último de sus libros sobre el cine mexicano: “nueve películas hechas en la época de Ismael Rodríguez con Pedro Infante dieron al primero gran prosperidad y al segundo la máxima popularidad de que haya disfrutado un actor mexicano en su país. Y aún cabe un matiz: Cantiflas, pese a su enorme arrastre taquillero, no pudo tener un áurea mítica, conferida al simpático Infante por un gran público popular que lo sentía cercano y propio; Negrete nunca logró algo parecido”.

En enero de 1950, sus compromisos lo llevan a Tamaulipas, sitio al que es invitado por la esposa del entonces gobernador Raúl Gárate Leglen, quien le solicita una presentación en beneficio de los niños de la calle, en la ciudad de Nuevo Laredo. Convencido del propósito altruista, Pedro acepta el compromiso y, una vez acordada la fecha, el evento se lleva a cabo en el cine teatro América, que posteriormente se llamó Electra.

Las localidades se agotaron de inmediato. Cientos de personas que deseaban verlo y escucharlo permanecieron en las afueras, aunque no por ello quedaron defraudadas, pues una vez terminada su actuación en el escenario, salió a encontrarse con sus seguidores, brindándoles un recital al aire libre. Y ahí le amaneció, entre otras cosas, firmando autógrafos y disfrutando la convivencia con el público tamaulipeco.

Su proceder altruista era una actitud que prodigaba por convicción, sobre todo, entre sus seres queridos y amigos cercanos. En este sentido, cabe mencionar que fue un hombre muy religioso, y no era extraño verlo orar en algún templo cercano. Incluso en su famosa casa de la carretera a Toluca hizo construir una capilla; y también en la fachada se podía observar una imagen de la Virgen de Guadalupe en la entrada principal, antes de que el inmueble fuera demolido en 1996.

En ese año filma Sobre las olas, cinta en la que interpreta la vida de Juventino Rosas, quizá una de sus películas preferidas. En ella, Pedro se revela como un actor de recursos. Y la escena en la que dirige la Orquesta Sinfónica Nacional que interpreta el famoso vals, en el marco del Palacio Nacional, es francamente inolvidable.

En la entrega de los Arieles de ese año, premiación que solía convocar a todo el mundo artístico, los medios daban por hecho que Pedro obtendría una de las famosas estatuillas, precisamente por su actuación en dicha cinta. Sin embargo, al final, el galardón fue para el también gran actor Carlos López Moctezuma, a quien Pedro, a pesar de su desilusión, felicitó sin reservas. Fue entonces cuando sus amigos y él mismo, quizá como una forma de minimizar lo ocurrido, comenzaron a pedir más rondas de coñac, hasta que el asunto terminó en una buena borrachera. Algo común de presenciar para el personal del centro nocturno El Patio, lugar donde ocurrió el evento, pero algo excepcional en Pedro, de quien ya hemos dicho no era muy afecto al alcohol.

Disfrutaba del triunfo pero no por ello olvidaba su sencillo origen, como lo demuestra lo sucedido el 22 de febrero de 1950, cuando firma como testigo en la ceremonia civil que enlazaría en matrimonio a los padres de quien esto escribe: don José Delfino Infante Cruz y de mi adorada madre, Olga Trinidad Quintanilla Vargas. En esa ceremonia, al preguntarle el juez a Pedro su ocupación, para asentarlo en el acta, éste contestó “carpintero”. Ante esto el funcionario le requirió que si de verdad quería que así se asentara.

—Eso soy: carpintero, y con mucho orgullo.

Meses después filmó Isla Marías, donde mostraba al público la vida de los reclusos en ese centro penitenciario. Esta cinta fue dirigida por el mítico cineasta Emilio el Indio Fernández. Pedro, para construir su personaje, alternó con presos auténticos y de esta convivencia derivó un sincero aprecio hacia él, quien aprovechó el momento para llevar un poco de alegría y aliento a quienes tal vez habían perdido la esperanza de obtener su libertad. Pedro llegó a liberarlos espiritualmente a través de sus canciones, mismas que sobrepasaban cualquier barrera. “En esta película se manejan los estereotipos y los modelos de comportamiento de la familia tradicional, pero lo importante de Islas Marías es que ya muestra a Pedro Infante en la capacidad absoluta de sus cualidades histriónicas.” Esta película mostraba al mundo los escenarios reales de las famosas islas, que en esos tiempos fueron tema de muchas historias.

Pedro dominaba el escenario musical y artístico de la época; sus grabaciones eran un éxito continuo. Entre sus éxitos musicales de esos momentos podemos contar: “Cuatro vidas”, “La negra noche”, “Oye vale”, “Por un amor”, “La casita”, “Las mañanitas”, “Oyes Lupita”, “Con un polvo y otro polvo”, “El gavilán pollero”, “Alevántate”, “En tu día”, “El Alazán y el Rosillo”, “Ella”, “El lavadero”, “El muchacho alegre”, “El rebelde”, “La que se fue”, “Nocturnal”, etcétera. En ese año (1950) acudió con más frecuencia a los estudios de grabación. Casi cada seis días se lanzaba una nueva canción, hasta completar un total de cincuenta y seis temas que se convirtieron en grandes éxitos.

Esa insólita capacidad para convertirse en un icono, que incluso compendiaba el total de aspiraciones de un público que abarcaba los más diversos estratos, hizo que mucho antes de su muerte, Pedro Infante fuera tema de análisis psicosocial. Se ha discutido, entre otras cosas, si representó al macho mexicano. Para Careaga, sí lo era, “pero en términos de comportamiento ético, ya que no engañaba ni golpeaba a las mujeres”. Esto se refleja, por ejemplo, en El gavilán pollero, película filmada en octubre de 1950, acompañado de sus amigos Antonio Badú y Lilia Prado, cuyo argumento se centraba en una “expresión de cultura sobre el estereotipo de la amistad del macho mexicano”.En esta cinta debutó como director un discípulo de Ismael Rodríguez e íntimo amigo y compañero de Pedro, el regiomontano Rogelio A. González, quien realizó una buena comedia donde se veían las “ambigüedades de la amistad misógina entre los machos del género ranchero, al cabo de delirios alcohólicos, protestas de cariño mutuo y puñetazos más amorosos que agresivos”.

El auge de la comedia campirana cuyos argumentos pretendían describir al México de principios del siglo xx, se debió a que era la forma de vida de muchos capitalinos, que provenían de la provincia. Por ello resultó muy simpática la escena de los dos rancheros que llegan a un centro nocturno y bailan el “Mambo núm.5” con un frenesí que se contagia de inmediato. En mi opinión, la sola interpretación de la canción “Ella”, en esta cinta, casi desquitaba el boleto. En conjunto, estas películas reflejaban los valores simples de la época, como cuando Pedro le reclama al padrote que le pega a una de las cabareteras diciéndole: “Eso no es de hombres, ni de mexicanos”, y se arma la gresca. Un idealismo quizá sin futuro, pero no por ello menos válido.

En esta cinta es muy notorio el hundimiento que Pedro presenta en el lado izquierdo de la frente, ocasionado por el accidente aéreo ocurrido en Zitácuaro. Una lesión de alto riesgo, con elevada posibilidad de tener consecuencias graves que, de mayo de 1949 a mayo de 1951, estuvo desprotegida hasta que, finalmente, le implantaron la famosa placa de platino. Sin embargo, durante ese par de años, el ritmo de trabajo tanto fílmico como discográfico fue el más elevado de su vida artística.

En También de dolor se canta tuvo como coprotagonista a Irma Dorantes. En esta cinta, Pedro realiza algunas imitaciones de Emilio Tuero, Tito Guízar y del propio Pedro Vargas, precisamente con el Tenor Continental. “La negra noche” fue la canción de esa escena, ahora de antología. Debe destacarse que siempre hubo una gran amistad y respeto entre estos tocayos, quienes compartieron varios escenarios, como el teatro Million Dollar de Los Angeles.

En esa cinta también canta “La barca de Guaymas”, casi un himno en las hermosas tierras sonorenses. Hay también una intervención única del excepcional comediante Germán Valdés, Tin Tan, quien se dirigía a su amigo Pedro diciéndole: “¿Qué pasa mi ídolo?”.

Tin Tan y Pedro fueron grandes amigos y admiradores recíprocos del trabajo de cada uno, incluso en algunas temporadas coincidieron en el teatro Follies Bergere. Ambos compartían algunas aficiones. Sobre esto se sabe que, en alguna ocasión, Tin Tan, quien disfrutaba de veras de las delicias del mar, invitó a Pedro a gozar del puerto y bahías de Acapulco, en su yate.

En ese mismo año filmó Las mujeres de mi general, junto con Lilia Prado y Miguel Manzano. En esta película, Pedro representa a un héroe revolucionario que se transforma en líder popular y que se identifica con los que menos tienen.

El 13 de julio de 1950 representa un hito dentro de la música popular: Pedro graba “Las mañanitas”, canción que hasta nuestros días, según informes de la Asociación de Vendedores de Discos, es el tema más vendido en la historia de los fonogramas nacionales. Una selección casi obligada cuando se festeja un cumpleaños; interpretación que se oye a diario en la radio, en prácticamente todos los programas matutinos del país.

El regreso a la xew

El 18 de enero de 1951 filmó Necesito dinero, con la bella actriz española Sarita Montiel. “A partir de este momento, el héroe de la comedia ranchera también se ha convertido en héroe del melodrama citadino, en el pícaro de la ciudad, en el hombre que va a inventar cien mil cosas para poder subsistir en esa gran ciudad.” Registro muy cercano de la preocupación de las clases medias por ascender socialmente, luchando por una vida mejor, por lo que Manuel, el Mecánico, interpretado por Pedro, es un reflejo fiel de esta ambición. Antes la superación implicaba un esfuerzo, ahora es una necesidad imperiosa el estudiar y trabajar para superar carencias y alcanzar mejores niveles de vida, práctica cotidiana en la sociedad del siglo xxi. En cuanto a esto considero que el modelo económico anterior era más equitativo que el de hoy; había más posibilidades de desarrollo; la población era mucho menor y tenía mejor calidad de vida.

Hemos dicho en páginas anteriores que, con el tiempo, habría de regresar a la xew, en plan triunfal. En efecto, en esta época, el éxito de la radionovela Martín Corona tuvo inusitados récords de audiencia, lo cual provocaba enormes caos viales en las avenidas que circundan esa radiodifusora. En el Eje Central, antes San Juan de Letrán, Ayuntamiento y calles circunvecinas se paralizaba el tránsito con la presencia de Pedro. Fueron memorables esas jornadas radiofónicas; él dedicaba horas a firmar autógrafos, dialogando y conviviendo con sus seguidores. En ese programa de radio, Pedro trabajó con Eulalio González Reséndez y ahí nació el personaje el Piporro, apodo creado por un inolvidable conductor, el Bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes. Recordemos que el actor neolonés y Pedro habían comenzado su amistad en Monterrey, a principios de los cuarenta, cuando Pedro se iniciaba en su quehacer artístico, y solían coincidir en presentaciones, giras y eventos musicales, sobre todo en algunos centros nocturnos de la hermosa Sultana del Norte. El Piporro acompañó a Pedro en momentos difíciles, y él correspondió con creces a la amistad desinteresada que le brindó don Eulalio.

Años después, el 12 de septiembre de 1956, en su penúltima sesión de grabación, Pedro llevó al acetato una canción compuesta por el Piporro, “El gorgorello”, tema que no tardó en alcanzar los primeros lugares.

Desafortunadamente sobre esa exitosa radionovela no existe grabación alguna, pero sí muchas crónicas periodísticas. En esa brillante época de la w, Pedro coincidió con figuras como Agustín Lara, Pedro Vargas, Toña la Negra, María Victoria, Panzón Panseco, Gabilondo Soler, Cri Cri, y muchas más, entre ellas, Lola Beltrán, quien en esa época era una secretaria en la emisora. Su paisano la animaba a que se lanzara a cantar, ya que en un convivio la escuchó y de verdad le agradó su capacidad interpretativa. Es por esto que las primeras grabaciones de doña Lola fueron covers de los éxitos del ídolo.

También en 1951 filma A toda máquina (atm) y ¿Qué te ha dado esa mujer?, junto con Luis Aguilar, el Gallo Giro, y Carmen Montejo, actores muy populares y consentidos por el público. En esta cinta, Pedro y Luis interpretaban a una audaz pareja de motociclistas, oficiales de tránsito. Comenta Ismael Rodríguez: “Cuando en atm debía salir brincando a once personas con la moto, yo tenía su doble y todo preparado; sin embargo, ni cuenta me di del momento en que Pedro tomó el lugar de aquél. Yo empecé a tomar acción y entonces me percaté de lo que pasaba y ya ni modo de cortar. Era muy juguetón, le encantaba hacerme enojar”. De esta anécdota pueden rescatarse dos cosas importantes: primero, que Pedro era diestro en el manejo de la Harley-Davidson; segundo, que manifestaba un profundo compromiso con su trabajo, pues tenía poco tiempo de haber ocurrido su accidente aéreo en Zitácuaro, y aún no tenía la placa de platino que más tarde le protegería la frente. El tema de esta cinta, “¿Qué te ha dado esa mujer?”, se convirtió en canción emblemática del cuerpo de motociclistas de tránsito, así como de distintas agrupaciones y organizaciones civiles, como la Fraternidad de Policías de Caminos y Cuerpo de Motociclistas y la Confederación Nacional de Policías de Tránsito y de Caminos.

Además de este tema, en esa cinta también se interpretaron las canciones “Yo no fui”, “Bésame mucho” y “Enamorada”, de Consuelo Velázquez, éxitos que se han mantenido vigentes por más de medio siglo.

En esa época, el director de Tránsito del Distrito Federal era el general Antonio Gómez Velasco y el Jefe de Circulación el coronel David Arce Rayón, los cuales llegaron a ser excelentes amigos de Pedro, a quien dispensaron un gran aprecio, al punto de comisionar a dos oficiales para apoyo logístico y personal del actor. Estos elementos fueron Francisco el Indio Sandoval y Enrique López Zuazua, populares uniformados con los que llevaría una sólida amistad, cuyos consejos sobre técnicas de manejo y acrobacia sobre motocicletas Harley-Davidson fueron inapreciables. Pedro puso de moda el transitar en grupo, en moto, por las principales avenidas de la capital, en particular, por Insurgentes, Reforma y San Juan de Letrán.

En 1951 destacan sus grabaciones: “Qué suerte la mía”, “Soy infeliz”, “Día nublado”, “Despierta”, “¿Qué te ha dado esa mujer?”, “Copa tras copa”, “Paloma querida”, “Carta a Eufemia”, entre otras.

A pesar de haberse recuperado del accidente aéreo, ocurrido en 1949, gracias al riguroso seguimiento de los tratamientos médicos, Pedro padecía fuertes dolores de cabeza, y se quejaba de frecuentes pulsaciones y disminución de la capacidad auricular del lado izquierdo, debido a la exposición de esa parte de la frente, que le quedó sin defensa, y con el riesgo implícito de recibir un golpe de graves consecuencias en esa zona. Así las cosas, después de varios estudios, el médico Manuel Velasco Suárez decide volver a intervenirlo.

El 18 de mayo de 1951 ingresa de nuevo al quirófano, para que le fuera consolidada la parte desprotegida del cráneo con una placa de Vittalium de seis centímetros de diámetro. Esta riesgosa cirugía corrigió los males que le aquejaban y su rápida recuperación le permitió volver, en mejores condiciones, a sus actividades cotidianas sin ninguna secuela. Seis semanas después de la operación, cumplía ya con ensayos, sesiones de ejercicios y, sobre todo, compromisos y presentaciones. A fines de ese año, empieza a filmar Ahí viene Martín Corona y El enamorado; una vez más con la actriz española Sarita Montiel, a quien le prometió devolverle la visita, hecho que nunca se pudo realizar. En esta cinta también trabajó su gran amigo Eulalio González, el Piporro, quien con sus particulares ocurrencias y, sobre todo, con su muy original forma de interpretar la música norteña se iba colocando, cada vez más, en el gusto del público.

En una de las escenas de Martín Corona, canta “Paloma querida” de José Alfredo Jiménez, su apreciado compadre y compañero, mismo que le hace segunda, acompañados por la inigualable guitarra de don Antonio Bribiesca. Tal escena resulta excepcional, pues en ella aparecen tres auténticas leyendas del espectáculo nacional.

Mérida, un lugar cerca del paraíso

El ser un piloto consumado le dio la posibilidad de un rápido desplazamiento a cualquier parte. Esto hizo que, desde 1948, su lugar predilecto para descansar fuera la ciudad de Mérida y diversas regiones de Yucatán y Quintana Roo, donde había invertido en propiedades y negocios. En esos lugares, además de estudiar libretos, convivía con amigos y compañeros, y hasta llegaba a raptarse a sus compañeros para agasajarlos en su casa de Mérida, en la Avenida Itzaes, o en el Puerto de Progreso. Como anécdota al respecto, el relato de don Jesús Briz Infante, quien en vida fuera propietario y fundador del restaurante El Cardenal, en la calle de Palma, en el Centro Histórico de la ciudad de México es por demás elocuente:

“En septiembre de 1956, en Mérida, me encontré en un taller mecánico a Pedro, quien traía un hermoso Mercedes deportivo convertible. No lo conocía personalmente, sin embargo, lo abordé y me trató de una forma muy sencilla. Para él fue una alegría el conocer mis apellidos y mi lugar de origen [Ario de Rosales, Michoacán]. Recuerdo que me dijo:

—¡Somos parientes!, te espero en la noche en mi casa a cenar.

Me dio la dirección y pasé una excelente velada, acompañado de sus amigos actores y algunos trabajadores de las empresas aéreas establecidas en el aeropuerto de la ciudad. El convivio se realizó en el jardín, al lado de una hermosa alberca. Al retirarme de la reunión se sentía algo de fresco, por lo que me regaló una chamarra:

—Para que te tapes —me dijo. Desde entonces, me siento uno más de la familia Infante.”

En este contexto, también viene al caso lo que le ocurriera a Ismael Rodríguez, al estar analizando las posibilidades de un libreto:

“Por cierto que una vez para leérselo, me mandó desde el aeropuerto a este motociclista destacadísimo, que también ya murió, el Indio Sandoval. Yo suponía que Pedro estaba en su casa, pero el Indio empezó a jalar para otro lado y me dijo que antes debía pasar a cumplir un encargo de aquél. Cuando llegamos al aeropuerto ya estaba abierta la puerta del avión y Pedro:

—¡Psh, psh, súbete!

—¿Qué?

—¡Súbete, vamos!

—Oye, no la amueles, esto no se hace.

—Muchachos: ¡súbanlo!

—Bueno, ya en ese plan me subo yo solo, pero por lo menos me dejas avisar en la casa.

—¿Para qué? Ya dejé dicho que te he secuestrado y te llevo a Mérida

—OK, te traje…

—¡Ah, el argumento! En el camino empecé a leérselo, mientras él conducía. Era muy buen piloto, aunque murió en un accidente de aviación… Buscaba nubes para meterse en ellas y asustarme con las turbulencias… muy travieso.”

Pedro disfrutaba mucho de la aeronáutica y cuando tenía tiempo libre, o incluso disponía de varios días, se iba con su hermano Pepe, o algún amigo, al aeropuerto de la ciudad de México, abordaba su avión y en un par de horas llegaba a Mérida, para supervisar asuntos personales y disfrutar del clima, los paisajes y la gastronomía, además de la alegre convivencia que le brindaban las amistades que lo acompañaban al precioso estado de Yucatán. Su casa en Mérida estaba en la Avenida Itzaes con 73, número 587. Finca que hoy en día es un hotel. Este inmueble le fue vendido por Julián Villarreal a Ruperto Prado, rico chiclero y henequenero de Yucatán, originario de Toledo, España, y con quien Pedro mantuvo una entrañable amistad, casi una relación de padre e hijo. La familia Prado, entre fotografías y anécdotas, aún debe tener muchos recuerdos de la presencia de Pedro en tierras yucatecas y quintanarroenses.

El señor Prado cedió el inmueble a Pedro, quien le hizo diversas remodelaciones y, a su muerte, don Ruperto vendió el inmueble a otro amigo de ambos, el conocido joyero Alfonso García, quien se dio a la tarea de convertir aquella casa en hotel. Pedro iba con frecuencia a su joyería a comprar alhajas y de ese trato continuo surgió una buena amistad. Abundando sobre esto, es sabido que la famosa esclava de oro del artista fue hecha por el orfebre Wilberth Eduardo Rosel Zapata (Wilo), quien además le hizo diversas piezas exclusivas: medallas, esclavas, clips para billetes y otros finos encargos. Wilo aún vive y tiene una joyería en el Centro Histórico de Mérida.

Don Alfonso García compró el inmueble en 1960, y lo convirtió en hotel en 1962, pero conservó intactas las características de la casa, en cuanto a disposición de las habitaciones, alberca y gimnasio, que constituían el atractivo del hotel. Al fallecer, en 1990, el inmueble lo heredó su hijo Alfonso, quien quizá por falta de experiencia en el ramo hotelero, tuvo en los últimos años una caída en el ritmo de sus servicios, por lo que, en 2004, decidió venderlo al también hotelero Juvencio Sosa Chacón. En la actualidad se ha remodelado con mucho interés, para convertirlo en uno de los mejores lugares turísticos de Mérida, sin modificar la casa original en la que vivió el ídolo y que lleva por nombre “Boulevard Infante”. Lugar donde hoy en día por conducto de Bekina Fernand, se realizan excelentes reuniones bohemias todos los viernes y en su aniversario luctuoso, emotivas conmemoraciones.

Su identificación con el estado de Yucatán fue absoluta; realizó gran cantidad de presentaciones en el teatro Peón Contreras, en la Plaza de Toros y en algunas haciendas henequeneras. Compraba propiedades, cuidaba de sus inversiones en la empresa tamsa, adquiría vehículos último modelo y motocicletas Harley-Davidson. Poco a poco se convirtió en una presencia cotidiana en la ciudad, pues era muy común verlo en algunos restaurantes, en la plaza mayor, en el barrio de Santiago, en el Paseo Montejo o en el Mercado Municipal, comprando cochinita y pollo pibil. Entre sus platillos favoritos estaban los panuchos de pavo o pato, plátanos fritos y el relleno negro y, en general, toda la deliciosa comida yucateca. Al respecto, Wilo Rosel nos relató: “Me invitaba a su casa a entrenar fuerte, horas de alto rendimiento, cuando estaba su hermano Pepe; eran jornadas deportivas realmente de campeonato; tomaba café mientras entrenaba y después de las horas de gimnasio, me pedía que trajera panuchos de pavo o pato de la lonchería Xpil, que en aquellos años era muy conocida en la ciudad. Costaban cincuenta centavos, pero a él se los cobraban a cinco pesos porque eran especiales para él, eran panuchos gigantes”.

Era frecuente su estancia en las playas de Chelem, Yucalpetén y de Progreso. También era asiduo paseante del barrio de San Sebastián, cerca del antiguo Rastro de la ciudad de Mérida, donde seguramente visitaba a alguna enamorada; y en La Gatita Blanca tomaba un aperitivo y saludaba a sus amigos y vecinos meridanos. Todavía anda por ahí el trío Los Tecolotes, que acompañaba a Pedro en sus reuniones y compromisos personales.

Aquí vale la pena recordar la presencia de Infante, en Cozumel por conducto de su gran amigo el empresario Nacim Joaquín Ibarra, padre del exgobernador Pedro Joaquín Coldwel y a quien lo llamaron Pedro, por su compadrazgo y amistad con el ídolo. Asimismo su amistad con la familia Ponce y García Lavín, grandes empresarios yucatecos, confirmaba sus lazos con la península; igualmente sus visitas a Isla Arena Campeche eran muy frecuentes al grado que hoy existe un museo y un monumento dedicado a su figura.

Si te vienen a contar

En esta época, sus hermanos Ángel y José compartían múltiples actividades con él. Ángel iba consolidando su propia carrera dentro del espectáculo y su hermano José destacaba como ciclista, acróbata, atleta incansable, obteniendo continuos triunfos en esta actividad, al grado de ser parte de un grupo de acróbatas profesionales, Los Grecos. En este ambiente de dinamismo sus inseparables amigos motociclistas Francisco Sandoval y Enrique López Zuazua mantenían su apoyo como escolta oficial para facilitar sus traslados. Este hecho los convirtió en camaradas inseparables con los que compartió múltiples experiencias tanto de su vida pública como privada. Juntos eran todo un acontecimiento en los eventos familiares o sociales.

En 1951 realiza una nueva gira por California, Arizona, Nuevo México y Texas, en la que el común denominador fue el éxito, pues era el artista favorito del público de origen mexicano y los escenarios se le entregaban tanto o más que a las grandes figuras internacionales que se presentaban en los Estados Unidos. Por contraste, en su vida personal surgieron complicaciones. En diciembre de 1951 se divorcia al vapor de María Luisa León, en Tetecala, Morelos. El motivo de ello fue que en ese tiempo Pedro mantenía un intenso romance con Irma Dorantes (Irma Aguirre Martínez). No obstante, el trámite carecía de validez, pues la firma de María Luisa León había sido falsificada, lo cual implicaba un procedimiento ilegal. Al ser notificada la señora León, en enero de 1952, interpuso una demanda para hacer improcedente tal divorcio, que fue declarado nulo, meses después de los hechos.

En ese mismo año, quizá como una forma de rescatar la relación, le compra otra casa a María Luisa, en la calle de Rébsamen, junto a la que ya poseía, e inician su remodelación. Asimismo compra su famosa residencia de la carretera México-Toluca, a la cual añadió alberca, gimnasio, boliche, sala de cine, capilla, etcétera. Esta preciosa mansión en Cuajimalpa, se hizo famosa principalmente por quien la habitaba. En efecto, Pedro pasó a ser el vecino más querido de los habitantes de la región. Desafortunadamente, después de un largo litigio, esta casa fue derribada en 1996 para edificar condominios horizontales.

Sin embargo, los habitantes de Cuajimalpa y las autoridades de la delegación suelen organizarle homenajes al artista, sobre todo en su aniversario luctuoso, recordando con esto al inolvidable vecino que tanto apreció a los cuajimalpenses. En la plaza principal de la delegación se encuentra un pequeño busto en su honor y el foro de la misma lleva por nombre Foro Pedro Infante.

Cabe mencionar que Pedro convivía frecuentemente con sus vecinos. Se hizo tradición que cada 6 de enero, día de Reyes, hubiera grandes filas de personas a las afueras de su domicilio en espera de un regalo de manos del actor. Asimismo trabajaba con ellos en las minas de arena, que en aquella época era una actividad común en Cuajimalpa. Esta labor la asumía como parte de su constante entrenamiento, pues el ejercicio físico formaba parte de su estilo de vida. Trabajaba a la par de los mineros, cargando los pesados bultos de arena y a la hora de la comida compartía con ellos sus alimentos. En esas ocasiones contribuía con varios kilogramos de carnitas y barbacoa; sin embargo, Con Refugio Cruz, su madre, en su casa de Cuajimalpa, él sólo comía de los sencillos alimentos que llevaban los trabajadores.

Ángel Infante protagonizó en ese año (1952) Por ellas aunque mal paguen, producción del señor Grovas, con Silvia Pinal y Fernando Soler, cinta en la que Pedro lo apadrinaría con una breve aparición al interpretar con su querido hermano “Las Isabeles”.

En febrero en 1952 filma Un rincón cerca del cielo y Ahora soy rico, compartiendo estelares con Marga López, Silvia Pinal, Andrés Soler y su amigo y compadre Antonio Aguilar. Cintas dramáticas que tratan de reflejar las angustias y dificultades de los capitalinos de bajos ingresos, que andan en busca de mejores oportunidades. En la película, Pedro González (Infante) se casa con Margarita (Marga López), y ambos consiguen, en un barrio humilde, un rincón cerca del cielo; pero las desgracias y mala suerte los persiguen.

“Un rincón cerca del cielo expresa toda la ideología del viejo cine mexicano, de que los pobres se van al cielo y los ricos al infierno. Los amores eternos de la pobreza, el sufrimiento hasta los límites de la muerte para encontrar la redención final, y un intento de recrear la atmósfera de la capital a principios de los cincuenta, donde aparecen Chapultepec, los mercados públicos, las vecindades miserables, las calles céntricas, etcétera.” Una sorprendente referencia para la historia musical de México fue que en la cinta Ahora soy rico, Tony Aguilar y Pedro conjuntaron sus voces para interpretar a dueto el tema “Mi adoración”.

En junio de ese año inicia la filmación de Los hijos de María Morales, comedia ranchera de entretenimiento familiar, donde se destacan los valores campiranos. Compartió estelares con su amigo Antonio Badú, Irma Dorantes, Carmelita González y Andrés Soler.

José Ernesto Infante Quintanilla, el sobrino del artista. Foto: Especial

José Ernesto Infante Quintanilla. Nació en la ciudad de México. Es egresado de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad de Wisconsin, Milwaukee, donde realizó sus estudios de maestría y doctorado. Además de desempeñarse como servidor público, ha publicado ensayos sobre política económica. Su interés en la figura de Pedro Infante lo ha llevado a investigar a lo largo de mucho tiempo todo lo relacionado con la vida, la obra y la época de este ídolo popular.