A principios de los años 70, Jones y su familia, se mudaron a San Francisco, estableciendo allí la nueva sede del Templo. Su popularidad fue creciendo: el mensaje de justicia social del carismático líder y una congregación racialmente integrada atrajeron a un grupo diverso de seguidores, muchos de ellos afroamericanos.

Ciudad de México, 18 de noviembre (RT/SinEmbargo).- “Acabemos con esto ya. Acabemos con esta agonía”. Con estas palabras el reverendo Jim Jones, un carismático líder de un culto estadounidense, ordenó hace 40 años el mayor suicidio masivo de la historia, que estremeció al mundo entero.

El 18 de noviembre de 1978, en la jungla de Guyana, cerca de la frontera con Venezuela, 913 estadounidenses miembros de la secta Templo del Pueblo, se suicidaron simultáneamente tras beber un cóctel mortal de zumo de uva con cianuro a instancias de su líder.

MEZCLA A LENIN CON JESUCRITO

Nacido en una familia pobre en Indiana, Jim Jones se sintió atraído desde niño por la religión, a la que más tarde incorporó ideas socialistas. Apasionado defensor de la igualdad racial, en la década de los 50 fundó en su natal Indianápolis el Templo del Pueblo, una congregación religiosa cuya idea era construir un “paraíso socialista” sin fronteras de raza o de nacionalidad.

El reverendo Jim Jones, pastor del Templo del Pueblo, en San Francisco (EU.), enero de 1976. Foto: AP

A principios de los años 70, Jones y su familia —tenía un hijo biológico y seis niños adoptivos, de diversas razas— se mudaron a San Francisco, estableciendo allí la nueva sede del Templo. Su popularidad fue creciendo: el mensaje de justicia social del carismático líder y una congregación racialmente integrada atrajeron a un grupo diverso de seguidores, muchos de ellos afroamericanos. Tras alejarse de las enseñanzas cristianas tradicionales, Jones se autodescribía como la reencarnación de Jesucristo, Buda y Lenin a la vez.

DEL PARAÍSO AL INFIERNO

Cuando los medios empezaron a investigar las informaciones sobre abusos y tiranía en el Templo Popular, Jones convocó a centenares de sus seguidores a seguirlo hasta Guyana, una antigua colonia británica en América del Sur donde se hablaba inglés y cuyo Gobierno era socialista. Allí compró un amplio terreno rural con la idea de construir un paraíso en la Tierra, una sociedad utópica sin intervención del Gobierno, de la sociedad capitalista ni de los medios de comunicación. Los miembros del Templo comenzaron a convertir la densa jungla en una comuna agrícola que pronto se conocería como “Jonestown”.

Sin embargo, con el correr del tiempo las cosas fueron empeorando. Davis creó en Jonestown un ambiente de miedo y amenaza externa, y les dijo a sus seguidores que estaban a la vanguardia de la revolución, y que tenían derecho a resistir lo que calificó de “una profunda conspiración” contra ellos. Además, introdujo las llamabas “noches blancas”, durante las cuales los habitantes simulaban el suicidio en masa.

El Templo del Pueblo después de la masacre. Foto: AP.

En noviembre de 1978, a instancias de familiares preocupados en EU, el congresista de California Leo Ryan decidió viajar a Jonestown con una delegación que incluía a varios periodistas, para averiguar si algunos miembros del Templo querían abandonar el lugar, así como para investigar noticias sobre abusos, explotación laboral y torturas en Jonestown.

La delegación llegó al “paraíso en la Tierra” el 17 de noviembre de 1978 y al principio tuvo una gran recepción. Sin embargo, al día siguiente un miembro de la comuna intentó apuñalar a Ryan. Luego, cuando la delegación se dirigía ya a la pista de aterrizaje junto con un grupo de disidentes que habían pedido abandonar la comuna, hombres de Jones abrieron fuego, matando a Ryan y a otras cuatro personas.

SUICIDIO REVOLUCIONARIO

El mismo día, el líder de la secta anunció a su rebaño que llegó la “noche blanca” final y les ordenó cometer un “suicidio revolucionario”.

“Por el amor a Dios, terminemos con esto. Hemos vivido, hemos vivido como ninguna otra persona vivió y amó […]. Acabemos con esta agonía”, dijo antes de que se empezaran a repartir los frascos con el veneno, según recogen cintas de audio de la comuna, que luego recuperó el FBI. Así llegó el final de 913 personas, entre ellas más de 300 niños, que fueron los primeros en ser envenenados.

ersonal militar de EE.UU. coloca cuerpos en ataúdes en el aeropuerto de Georgetown (Guyana) tras la masacre de Jonestown en noviembre de 1978. Foto: AP.

Cuando las tropas de Guyana llegaron a Jonestown a la mañana siguiente, descubrieron una alfombra de cuerpos y solo un pequeño grupo de sobrevivientes, principalmente personas que se habían escondido durante el envenenamiento. Jones fue encontrado muerto de un disparo, al parecer autoinfligido.

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