Por Raquel Tibol

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Las cartas de este destacado político mexicano hacia mediados del siglo XX, recopiladas por su hijo Ángel, sirven de plataforma para extraer sus convicciones y estatura moral, contrastantes con la conducta de los funcionarios actuales, sobre todo en el aspecto de la honestidad. El resultado es una especie de perlario autodefinitorio.

Ahora, cuando el Ejecutivo, los legisladores, los jueces y todo tipo de altos funcionarios se recetan ingresos altísimos sin pudor, sin avergonzarse ante la miseria de la mayoría, oportuno resulta recordar a Narciso Bassols (Tenango del Valle, Estado de México, 22 de octubre 1897-Ciudad de México, 24 de julio de 1959), seguramente el ejemplo más notable de honestidad política y económica en la primera mitad del siglo XX mexicano.

Para precisarlo, nadie mejor que él mismo para revelar su carácter y sus convicciones. Esto es posible gracias a sus cartas, reunidas por su hijo, el geógrafo Ángel Bassols Batalla, recientemente fallecido, quien las editó e 1984 con el auspicio de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional.

Narcisso Bassols hizo estudios de jurisprudencia (1916-1920). Impartió clases de lógica en la Escuela Nacional Preparatoria (1921-1929), de garantías, amparo y derecho constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de México –UNM– (1923-1928) y después Autónoma –UNAM– (1929-1931). A partir de 1925 ocupó numerosos puestos en diversos gobiernos: secretario general de Gobierno del Estado de México (1925-1926), jefe del Departamento Jurídico de la Comisión Nacional Agraria (1926-1927), director de la Facultad de Derecho de la UNM (1928-1929), presidente del Comité Liquidador de los Antiguos Bancos de Emisión (1930-1931), secretario de Educación Pública (1931-1934), de Gobernación (1934), de Hacienda y Crédito Público (1934-1935), ministro en Londres y delegado de en la Sociedad de las Naciones (1936-1937) y en España antes y durante la Guerra Civil (1936-1938), ministro de México en París, (1938-1939), embajador en Moscú (1944-1946), fundador del Movimiento Mundial por la Paz (1949), consejero del Presidente Adolfo Ruiz Cortines (1953-1954).

El libro contiene 398 cartas de 700 que revisó Ángel Bassols.

AUTODEFINICIONES DE SU PERSONALIDAD

La vida movediza, agria y rápida de mi

espíritu.

Mi espíritu cada vez más exigente y categórico no acaba de entender que le esté reservado el destino irritante de hacer política en un país que no la tiene.

Sentido apolíneo de mi vida, que no he podido tener –pobre de mí– yo tan dionisíaco, tan barroco, tan exuberante.

He sido desde hace tiempo amante de lo primitivo, como quien dice de lo que queda del México auténtico.

Voy de carrera, una vez más en lucha agria con un destino implacable.

Una suicida necesidad de cumplir un destino.

Parece como si a mí todo se me hiciera éxito, valiosidad y resultados impecables. En cuanta cosa intento soy exacto y atinado.

No vale la pena romper la tensión de mi entusiasmo por el hecho de que los demás sean inferiores a mí y a mi colaboración en la obra común.

La técnica cruel de mis chicotazos a la canalla política.

Todo eso tiene detrás un enorme trabajo político y psicológico.

El día que liquide yo esta etapa idiota, que de prolongarse ensuciaría mi vida convirtiéndola en la de uno de tantos gusanos de nuestra política.

Soy amigo de los dioses y no de los gusanos panzoncitos y envejecidos.

El retrato está muy clase media, muy amaneradito, muy retocadito, muy gente decente, aunque muy poco vivo, sincero y directo.

Trabajando duro, como nos hemos enseñado todos (la familia), afortunadamente a hacerlo.

Las nauseabundas niñas cursis de nuestra nauseabunda clase media.

El asco que me da todo lo mediocre.

Como siempre, ni pierdo el tiempo ni me salgo del camino.

A quien por fortuna puedo reverenciar todos los días del año y no sólo el odioso 10 de mayo.

Mi abuelo era un músico de oficio, un guitarrista profesional español. Que era músico eminente lo acredita la Enciclopedia Espasa al haber reconocido su biografía, cosa que no ha hecho, por cierto, con las de los millones de aficionados a la guitarra.

Ese Acapulco embanquetado y oliendo a puta internacional.

Por la fuerza, nada. Ni siguiera por la fuerza de la costumbre, que es de todas las que más me choca

Soy el último en creer que a una mujer no se le puede hablar de todo.

Ustedes no pueden comparar un ritmo de vida fecunda con la cochina vagancia de ricachos mexicanos que en el extranjero reniegan de su país.

(A sus hijos) Ustedes entienden muy bien quiénes somos nosotros y todo lo que nosotros no queremos ser ni seremos nunca: vagos, comodines, sinvergüenzas para quienes toda la preocupación de su vida es ahuyentar la lucha, el dolor, el esfuerzo, el contacto con la miseria y la realidad de nuestro país.

Mi imperturbable buen humor está a prueba de bomba.

DINERO

Nada tengo y no tendré más el día en que me muera. MI patrimonio, mi bagaje, es mi propio espíritu.

De nada me arrepiento, porque no habría aprendido a desdeñar la estabilidad y las riquezas.

Siempre fui pródigo y manirroto en mi conversación y en mi dinero, en mis afectos y en mis inquietudes.

No usé el poder para mi goce ni obtuve un adorno de satisfacciones sensuales de mano de ningún pagador del Estado.

Lo que me indigna es que se me suponga capaz de recibir dinero para hacer viaje de turista sin trabajar, con cargo a los fondos del presupuesto nacional. Serví al Presidente, pero me separé cuando quedó evidenciado que se me quería seguir pagando, no por trabajar sino precisamente por lo contrario: dejar de hacerlo. Un terrible vicio nacional es el de cómo se tolera y estimula a los zánganos que viven del presupuesto.

Como regalo no admito los fondos públicos.

Soy hombre dedicado por completo a la acción política. Ninguna otra cosa me interesa, a ninguna otra cosa he de dedicarme. No confundo la acción política con el goce de los grandes empleos del Estado.

Es cierto que carezco de fortuna y debo trabajar. Pero no se trata de una situación de desgracia, sobrevenida contra mi voluntad; sino de una manera de vivir, consciente y adoptada por mí desde hace muchos años, y respecto a cuyos cambios tengo que ser, por fuerza, cuidadoso.

La discreción, la mesura y el sentido de responsabilidad que afortunadamente he logrado mantener hasta hoy, seguirán siendo en todo instante mis normas de conducta.

Es cierto que no soy hombre de recursos. No he querido tenerlos, no lo querré nunca, pues me sentiría enjaulado y triste.

No debemos dar espectáculos vergonzosos o ridículos a causa del mero temor a la miseria.

Se habrá enterado sin duda, de cómo se quiso hacer creer que mi viaje es pagado por Petróleos Mexicanos, es decir, por el gobierno.

Con el propio Presidente actual y con algunos de los anteriores –excepción hecha de Alemán– he sido miembro del régimen político. No tiene importancia saber si es legítimo o no trabajar en el Estado, pues con toda evidencia lo es. En cambio, los problemas esenciales son cómo se prestan los servicios, qué uso se hace de la oportunidad política y social que una posición representa, cuánto se recibe como remuneración y en qué se emplea, y lo que en México es primordial: cuándo y por qué se abandona una posición burocrática bien remunerada.

Los serios motivos de intranquilidad y preocupación en que vivimos. ¿Qué se ha hecho en realidad? Fincar toda la política y todo el éxito del gobierno en una sola, vistosa en el fondo, negativa tarea: contener la inflación tras de haberse sumido en ella. Pero nada sustantivo, de verdadera política económica lanzada a vivificar lo que queda de estructura industrial nuestra, a promover un desarrollo importante de nuestra agricultura de consumo interior, a contener la comercialización encarecedora que padecemos, a combatir los monopolios, a regular las inversiones invasoras extranjeras, limitándolas y obligándolas a engarzarse a lo nuestro, a revisar la tributación para hacer del generoso lamento de que la “renta nacional sigue mal distribuida”, algo más que un truco destinado a ocultar que se hace todo lo necesario para que siga distribuyéndose como hasta la fecha o peor aún.

Escritas hace más de medio siglo, las cartas de Narciso Bassols siguen teniendo una dramática y dolorosa actualidad.