En No todos los besos son iguales, Élmer Mendoza nos cuenta una realidad con rayos mágicos y criaturas fantásticas. Nos habla de princesas y príncipes sin dejar de lado su lenguaje ocurrente capaz de sacar carcajadas a media lectura.

Por Citlalmina Guadarrama

Ciudad de México, 19 de abril (Langosta Literaria/SinEmbargo).– Un cuento de hadas no es la lectura de fin de semana que viene a la mente en primer lugar. Pero al pensar en una princesa cuya mayor característica es la insolencia, ese cuento pasa del cajón de la mera nostalgia al de la curiosidad. Son precisamente los mundos de la fantasía y de la mordacidad entre los que se mueve No todos los besos son iguales (Alfaguara, 2018), la nueva novela de Élmer Mendoza, donde no sólo encontramos una reinterpretación del cuento de la Bella Durmiente, sino toda una historia de matones disfrazados de caballeros surcando aventuras y matando a otros a su paso.

Mendoza se ha distinguido por novelas violentas y sagaces tales como Balas de plata (Tusquets, 2008) o Besar al detective (Literatura Random House, 2015); y a ésta no le falta la violencia, sin embargo, se sazona con personajes y situaciones de ensueño. Tenemos a caballeros y príncipes lidiando con el asesinato, el lenguaje hostil y el juego de jerarquías que caracterizan el mundo de los sicarios.

Esta mezcla que podría parecer extraña dice mucho de la naturaleza épica de la llamada “narcoliteratura”. Así, encontramos perfectas referencias a obras clásicas como La Ilíada cuando en un pasaje habla de un desafío exactamente igual al de Héctor y Aquiles, e incluso lo nombra como “Patrocleada”. El lector también encontrará varios personajes que realizan el conocido “viaje del héroe”, tópico esencial de los cuentos de hadas y de la épica clásica, en el que cada quien aprende su pequeña lección, pues no existe un único caballero al que se le pueda atribuir el papel de protagonista.

Por su parte, es muy interesante la parte que desempeñan las hadas en la novela ya que son las responsables tanto de la desgracia de la princesa como de su seguridad y bienestar posterior. Además de dar el toque de magia a la historia, representan la innegable dicotomía del bien y del mal en el mundo.

Pero el punto central de toda la historia es la Bella Durmiente que, si bien pudo haber tenido un protagonismo total al ir ella misma en busca de su beso, no es nada cercana a la imagen tradicional de princesa. En principio, la idea de esperar un beso de verdadero amor no la ilusiona ni un poco. En cambio, parece que le causa fastidio el tener que conocer y besar a cuanto tipo se le cruza con el fin de averiguar si esta vez podrá despertar.

No obstante, la Bella sí llega a conocer el amor, insípido y sintético como siempre es en los cuentos, pero lo recibe con resignación y prácticamente desconfiando de sus propios sentimientos. Incluso se convierte en un obstáculo en su camino para satisfacer sus ambiciones. Es una mujer que no niega su sexualidad aunque no esté muy consciente de ella, que reconoce el poder al verlo y sabe sacar provecho de él sin rebajarse ni un momento.

En No todos los besos son iguales, Élmer Mendoza nos cuenta una realidad con rayos mágicos y criaturas fantásticas. Nos habla de princesas y príncipes sin dejar de lado su lenguaje ocurrente capaz de sacar carcajadas a media lectura. Busca adentrarse en la vida de carne y hueso por medio de espadas y hechizos, su historia habla de las tormentas diarias, funciona tal y como lo hacen los cuentos de hadas.

ESTE CONTENIDO ES PUBLICADO POR SINEMBARGO CON AUTORIZACIÓN EXPRESA DE LA LANGOSTA LITERARIA. VER ORIGINAL AQUÍ. PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN.