Como sobrevivientes elegiremos siempre compartir las anheladas naranjas. Foto: Palestinalibre.org.

1.

Cuando apareció Ra`ss-Ennakoura, el auto paró y las mujeres se bajaron para acercarse a un granjero que estaba agachado frente a un cesto de naranjas. Se las llevaron, le oímos lamentarse. En ese momento me di cuenta que las naranjas eran algo precioso… y muy querido para nuestros corazones. Las mujeres compraron naranjas y volvieron al auto. Tu padre dejó su lugar -que era al lado del conductor-, estiró el brazo, tomó una naranja, la contempló en silencio y estalló en llanto como un miserable niño pequeño.

Estas líneas aparecieron en mi vida como suelen aparecer las mejores cosas: con el brillo del azar. Son parte del relato “La tierra de las naranjas tristes” de Gassan Kanafani. Gracias a una invitación a leer una antología de literatura palestina y a las maravillosas traducciones de María Rosa de Madariaga –una de las principales especialistas en español de la cultura árabe- conocí la obra de Kadafani. Llegó a mí en el momento justo: entre la pandemia, la cuarentena y las preguntas que me rondan sobre la vida, la muerte, la soledad, la fragilidad… Las mismas preguntas que los rondan a ustedes, los mismos miedos que tienen ustedes. 

No voy a detenerme demasiado en la vida de Gassan Kanafani (Acre, Palestina, 1936- Líbano, Beirut, 1972) quien se exilió con su familia siendo niño después de la llamada “Nakba” –la catástrofe–, término con el cual se refieren los palestinos a la ocupación de sus tierras por parte de Israel en 1948. Se convirtió muy joven en un reconocido intelectual y líder político, y fue asesinado en Beirut por el estallido de una bomba puesta en su coche. Tenía 36 años. Al leer “La tierra de la naranja triste”, testimonio del éxodo del pueblo palestino desde la mirada de un chico de doce años, me pasó algo que –aunque soy bastante llorona– no suele pasarme demasiado a menudo: me puse a llorar como loca pensando en las naranjas perdidas. Como si yo misma me hubiera criado entre naranjos, como si mi propio padre los hubiera sembrado, como si hubiera traído también yo una naranja en mi maleta de exiliada.

Para tratar de saber un poco más del autor y del cuento entré a internet, y al escribir “naranja triste” nuevamente el azar me trajo un regalo: resulta que existe una enfermedad conocida como “la tristeza de los cítricos” y que ataca a árboles de naranja, de mandarina y de toronja. Y aunque ustedes no lo crean se trata de un virus de la familia Closteroviridae, género Closterovirus (CTV por sus siglas en latín: Citrus Tristeza Virus).

¿Qué les puedo decir? Mi sentimiento de empatía fue total; me sentí una naranja en plena pandemia buscando las manos dulces del niño que me había llevado consigo como recuerdo de una infancia destruida por la violencia de los hombres. 

2.

Mientras intento, como todos, sobrevivir a las angustias y a la incertidumbre del COVID-19, mientras leo, escribo, trabajo en línea, hago ejercicio, brindo a la distancia con las amigas y amigos, me río con los memes, escucho al Subsecretario de Salud, o canto con mis sobrinos por Skype, sé que soy privilegiada: tengo casa con luz y agua, tengo comida, trabajo, tengo paz alrededor, nadie me agrede ni lastima, nadie me amenaza. 

El brutal aumento que se ha dado de las llamadas a las líneas de atención a violencia de género, en el mundo entero, muestra que la convivencia familiar pacífica, amorosa y tranquila es algo mucho menos frecuente de lo que imaginamos. Una casa no es siempre un hogar; para muchas es el territorio del enemigo.

En México donde cerca del 45 por ciento de las mujeres declara haber experimentado violencia por parte de su pareja, la situación se ha agudizado debido al confinamiento. (1) Se sabe que han aumentado por lo menos en un 60 por ciento las llamadas por distintos tipos de violencia de género: abuso sexual, acoso u hostigamiento sexual, violación, violencia de pareja y violencia familiar, de acuerdo con estudios realizados por ONU Mujeres. Se han atendido más de 41 mil llamadas de emergencia al número 911, relacionadas con este tipo de incidentes. Por lo menos hay diez feminicidios al día.

Los protocolos de seguridad están en marcha; sin embargo, aún no tenemos refugios suficientes para todas las mujeres que demandan protección directa, y se da menos atención de la requerida a sectores tan vulnerables como las indígenas, las migrantes o las trabajadoras del hogar. Por otra parte, y como sucede muchas veces en nuestro país, hay leyes al respecto, pero no necesariamente son aplicadas como se debería.

La violencia hacia las mujeres es otra pandemia, ha reconocido el Secretario General de Naciones Unidas. ¿Se ocuparán realmente de ella los países cuando podamos volver a las calles?

3.

Pienso en los destierros, en los exilios, en el miedo con que una mujer toma a sus hijos de la mano y huye de su casa en busca de un sitio seguro. Pienso en los naufragios, reales y simbólicos. En esos momentos en que la vida te lleva a tomar decisiones que -si tienes suerte-, te salvarán, pero siempre dejarán una marca en tu piel y en tu memoria. 

En un hermoso video que el argentino Pablo Yafe hizo para explicarles a sus alumnos lo que significaba ser estudiante hoy, dice: 

A todos, en todas las generaciones, alguna vez nos toca. …Y cuando toca, el aire se atesta de silencios, en la calle, en la casa, en la mirada de tus padres… Ya sabemos que no es justo… pero ese es el tema con lo que toca: nunca es un momento propicio para que te toque, nunca es justo, nunca es lo que elegimos… Cuando toca, pasa que la vida te pregunta cómo lo vas a encarar, qué lugar vas a querer ocupar; la vida te va a pedir que sepas qué cuernos contestar a esa pregunta… (2)

¿Qué cuernos contestar a esa pregunta? El desterrado, el refugiado, el niño que salió de la mano de su madre para nunca más volver, el que llora viendo las naranjas que deja en su tierra, sabe que es un sobreviviente. ¿Acaso no son muchos de ustedes de alguna manera también sobrevivientes? Y como sobrevivientes sabemos que no podemos decir que no nos importa, que no recordamos, que no es nuestro problema. Como sobrevivientes elegiremos siempre el abrazo, la empatía, la sonrisa aunque estemos tristes, aunque estemos solos, aunque aún nos duelan las heridas. Como sobrevivientes elegiremos siempre compartir aquello “precioso”, aquello “muy querido para los corazones”, como escribió Kadafani.

Como sobrevivientes elegiremos siempre compartir las anheladas naranjas.

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1) Según datos de Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2016.

2)  El video está disponible en Youtube.