Ha pasado un semestre. Las cosas siguen sin estar claras. Foto: Magdalena Montiel, Cuartoscuro.

El 15 de septiembre no celebramos las fiestas patrias en casa. Ese día cumplimos seis meses de confinamiento. Así que nos dimos el tiempo de reflexionar sobre lo que implicaba ese periodo. A pesar de que el encierro tiene implícita la carga de la monotonía, lo cierto es que, durante este semestre, hemos vivido con una intensidad equiparable a la de los días de antaño. Tanto, que hasta podemos distinguir diferentes etapas del encierro.

El inicio fue incierto, como supongo lo fue para todos. Las noticias llegaban lento y de forma fragmentaria. No sólo especulábamos en torno a la duración del encierro, también sobre posibles inmunidades de acuerdo al tipo de sangre, al clima y a la vacuna de la tuberculosis. La tasa de contagios era muy baja en nuestro país y los muertos aún no se presentaban con la aterradora contundencia con que se alcanzan las cifras hoy en día. Así que éramos optimistas.

La realidad nos alcanzó pronto y, con ella, las primeras crisis de desesperación. Como fuimos estrictos en nuestro encierro, comenzamos a notar algo de angustia en los abuelos de los niños, a partir de la imposibilidad de entrar en contacto. A ello se sumaron nuevas incertidumbres. La confianza había remitido. Ahora nos quedaba claro que este asunto no iba a terminar en unas cuantas semanas.

Adaptarnos al trabajo y a la escuela de los niños fue parte de procesos diferentes. M, quien trabaja en una oficina, pudo trasladar todo a la casa. Desde aquí tiene reuniones virtuales durante todo el día; también llamadas telefónicas y horas frente al teclado, el papel o el monitor. Siendo estrictos, ahora es más productiva que antes pues se ahorra los tiempos de traslado y su consiguiente desgaste. Habrá que ver qué sucede cuando deba volver. Yo comencé a dar clases en línea a universitarios. No ahondaré en ello pues ya he escrito alguna columna al respecto en este mismo medio. Mis hijos, en cambio, son quienes más han tenido que modificar sus hábitos. Si el cierre del año anterior fue incierto, con algunas herramientas tecnológicas para tomar clases a distancia, el inicio de éste es más complicado. Se relaciona con la indulgencia. El cierre del curso anterior fue precipitado para todos. Así que repasaron e hicieron ejercicios de conocimientos ya adquiridos. El inicio de este ciclo tiene más complicaciones: llegarán conocimientos nuevos y ya hubo mayor tiempo para prepararse. Así que, entre la computadora, el escritorio y los cuadernos, ya pasan su jornada escolar completa como si estuvieran en clase.

En medio de estos procesos de aprendizaje, se nos atravesó una enfermedad rara, un medio maratón, tres cumpleaños, visitas a hospitales, súper a través de aplicaciones y se acrecentó nuestro fanatismo COVID-19. Es decir: no salimos más que lo indispensable. En contraste, muchos amigos comienzan a ser más permisivos. Salen a restaurantes o llevan a sus hijos con amigos. Supongo que depende de visiones de vida. Puedo encontrar válidos algunos de sus argumentos. Evidentemente, también la mayoría de los míos. A saber quién tiene razón. Espero que todos pero, de cualquier modo, el riesgo sigue siendo claro.

En estos seis meses hemos leído y escuchado mucho en torno al bicho que nos aqueja a todos. Nuestras esperanzas han oscilado hacia uno y otro lado. No nos convence la vacuna rusa y nos entusiasma cualquier avance en el proceso de las otras. También, leemos con cautela noticias esperanzadoras como la de que el uso de cubrebocas basta para atenuar el contagio masivo, para crear cierta inmunidad y para debilitar al virus. Ojalá sea cierto, pensamos, pero ya no ponemos toda nuestra apuesta en esa casilla, pues ya fallamos cuando nos dejamos convencer con el tipo de sangre o la vacuna BCG. Además, de ser verdaderos los estudios en torno al uso masivo de mascarillas (ojalá así sea), entonces tendremos pendiente un fuerte reclamo a las autoridades de este país, que se la pasaron menguando la importancia de su uso.

Ha pasado un semestre. Las cosas siguen sin estar claras. Si acaso, hoy sabemos que es muy probable que los niños no regresen a clases este año. También hemos aprendido mucho. Entre otras cosas, que los cuatro que habitamos esta casa podemos hacerlo sin que las tensiones vayan más allá de lo acostumbrado. Respiramos profundo y pensamos en el futuro. En ese día que podamos todos salir a la calle con la certeza de que existen tratamientos para curarse de un posible contagio. Es una esperanza que no claudica aunque sabe que eso no será pronto.