“La mecánica política para designar a la presidenta de la CNDH no ayuda a consolidar el frente contra la impunidad criminal de los cárteles”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

La semana pasada estuvo marcada por momentos críticos que aumentaron el estrés de la nación; los conservadores encontraron muchos argumentos que, desde su óptica, descalifican al Gobierno electo, como el nombramiento de Rosario Piedra a la presidencia de la CNDH y el asilo otorgado al Presidente de Bolivia, Evo Morales, que añadieron tensión a la que viene creciendo desde los hechos de Culiacán y la tragedia de la familia LeBarón.

La Derecha rápido se lanzó a la batalla digital y, como los malos ejemplos rápido encuentran repetidores, la reacción se sintió inspirada y alcanzó niveles de histeria en contra de la Cuarta Transformación, llegando a sembrar dudas en muchos simpatizantes del nuevo Gobierno.

Pero tratemos de reflexionar sobre algunas de estas actitudes reaccionarias; estos son hechos de distintas categorías, que deben mirarse con diferentes lentes; los referidos a la Seguridad Pública no aceptan racionalmente la contaminación partidista, porque el enemigo es la delincuencia y descalificar sólo al Gobierno Federal, sin evaluar los gobiernos locales o estatales, envía un mensaje a la delincuencia que los anima y los fortalece.

Todos los que de alguna manera tenemos que ver con el sistema de Gobierno, estamos obligados a identificar y confrontar unidos al enemigo común, claro, usando las armas de la crítica para consolidar el frente necesario contra los adversarios de la ciudadanía, que es la que sufre los embates de los malvivientes. Y también es necesario que el régimen sea autocrítico y dé resultados concretos y creíbles ante el alud de acontecimientos que impactan al país.

Estamos en guerra y se debe apoyar críticamente a quien encabeza las responsabilidades de confrontar al adversario común, mientras quien dirige la batalla debe generar unidad, abriendo los canales eficaces para ello.

Es tiempo de que los mexicanos aprendamos a vivir una guerra, independientemente de nuestras filias o fobias y de quién la empezó o quién la continua; a veces da la impresión de que los adversarios del Gobierno celebran los avances de las fuerzas enemigas, y eso, en otras circunstancias, equivale a traición.

La mecánica política para designar a la presidenta de la CNDH no ayuda a consolidar el frente contra la impunidad criminal de los cárteles, y la oposición de los reaccionarios al asilo del Presidente de Bolivia resulta aleccionador sobre como ellos son enemigos ya no sólo del Presidente de la República, sino que su confrontación es tan visceral que los lleva a negarse a sí mismos como seres humanos; dar cobijo a un perseguido por razones políticas es una tradición milenaria de los mejores humanistas que tienen la capacidad de comprender que la dignidad y la vida de un ser humano es superior con mucho a los intereses terrenales. Así lo hicieron los monjes en los monasterios convertidos en santuarios.

Todo esto a contrapelo de políticos que, de cuando en cuando, suelen creerse los salvadores de la patria, cuando sólo son representantes de intereses económicos de las élites financieras que promueven su fortalecimiento sin importar los costos humanos y sociales.

Ciertamente, debiéramos estar unidos en este conflicto, pero los argumentos ideológicos y el deseo insaciable de retomar el poder al final han terminado por dividirnos, y eso no nos ayuda a salir del atolladero.