«¿Por qué los dioses nunca me permiten asistir a un concierto sin sobresaltos? Cuando no me tengo que pelear con algún cristiano o con la diarrea o el pasón, surge un nuevo enemigo», se pregunta Velázquez, cuyos relatos parecen ser el engendro de una orgía entre Günter Wallraff y Hunter S. Thompson.

Este no es un libro sobre música sino sobre la relación infecciosa que su autor tiene con ella. En cada concierto, cada festival, el escritor mexicano debe pasar por una serie de obstáculos que demuestran su inquebrantable, no tan sano, amor por el rock.

Ciudad de México, 19 de diciembre (SinEmbargo).- Mantén la música maldita no es un libro sobre música sino sobre la relación infecciosa que su autor tiene con ella. Las múltiples tracciones de las crónicas de Velázquez hacen del territorio de lectura un suelo inestable e impredecible. Por él desfilan como un trueno Nick Cave, Iggy Pop o Soda Stereo, Marilyn Manson o Marky Ramone, por mencionar sólo a unos cuantos de los personajes que invariablemente arrastran al autor hacia la inmolación.

«Por qué los dioses nunca me permiten asistir a un concierto sin sobresaltos. Cuando no me tengo que pelear con mis demonios internos o con algún cristiano o con la diarrea o el pasón, surge un nuevo enemigo», se pregunta Velázquez, cuyas crónicas parecieran ser el gólem engendrado en una orgía entre Günter Wallraff, Alberto Salcedo Ramos y Hunter S. Thompson.

Sean bacterias como la Giardia lamblia, listas de invitados VIP sin su nombre sobre ellas, bancarrotas económicas, físicas o emocionales o el tráfico de la Ciudad de México, en cada concierto, cada festival, tiene que pasar por una ordalía para demostrar su inquebrantable feligresía en el templo del rock and roll.

En este libro hay desde relatos iniciáticos en donde el autor evoca los tiempos en los que el sueldo entero que pergeñaba despachando en una tienda de discos se iba en mercancía que compraba (o sustraía) ahí mismo, hasta escenas gonzo, escatología o tretas para conseguir boletos, drogas o licores que despertarían la envidia del Lobo de Wall Street.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Mantén la música maldita, del autor mexicano Carlos Velázquez, Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

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Leí una entrevista en la que Jon Savage declaraba lo siguiente: «Estoy harto de que toda escritura sobre música sea autobiográfica». Lamento defraudar a Jon. Y a todos los que piensan lo mismo (entre los que me incluyo). Éste no es un libro sobre crítica músical. Estas páginas discurren sobre mi relación con la música. Los efectos que produce en mí. Desde siempre la música me ha acompañado. Como dicen los Doors: «Music is your friend / until the end».

Cuando era adolescente vivía rodeado de músicos, la mayoría de mis amigos habían formado una banda. Sin embargo jamás sentí deseos de tomar lecciones de guitarra, de aprender a tocar la batería o subirme a un escenario. Mi ambición secreta era incursionar en la escritura rockera. Mi segunda adicción dura, la primera fue comprar discos, era consumir revistas sobre rock. Pero tuve la desgracia de venir al mundo en Torreón. Desde ahí no se puede teorizar al respecto. Debí nacer en Manchester o San Francisco.

Estoy agradecido con los dioses del karma por eligir para mí otro destino. Todos los críticos de rock que conozco son seres amargados, depresivos, frígidos, impotentes, mamones y mala leche. No convertirme en uno es lo mejor que pudo ocurrirme. Además no conozco a ni un sólo crítico de rock en nuestro idioma a quien admire. Todos aquellos que me han seducido son gringos o ingleses.

«Alguna gente no debería escribir jamás sobre sí misma», dice Jon Savage. Estoy convencido de que pertenezco a esa chusma. Pero como soy un inconsciente me es fácil exhibirme. No es ésta una justificación de mis carencias como analista musical. Pero honestamente a quién le importa la salmodia salpicada de autosuficiencia. A los fanáticos de la minuciosidad y alguno que otro coleccionista. Como tampoco a nadie le importan las crónicas de un güey que relata cómo fue a un concierto a ponerse otra vez hasta la madre.

Pero no seré el primero ni el ultimo en cometer todo tipo de atrocidades en nombre de la libertad de expresión.

SODASIO
(He’s on, He’s on, He’s on it)

A la cocaína le decíamos la «soda». Y a Horacles: «don Sodo» o «Sodasio». Lo conocí en el 95. Mis putos golden years. Que de dorado no poseían nada. Hacia el último semestre de prepa decidí que no ingresaría en la universidad. Lo único que me interesaba en aquella época era la inminente salida del Mellon Collie and The Infinite Sadness de los Smashing Pumpkins.

Aunque el compacto ya había hecho mella en la industria, yo seguía viviendo del casete. Y del casete grabado, por supuesto. Era un pseudoestudiante. No tenía dinero. Ya había probado la droga. Conocía la borrachera. Pero nada de eso me importaba. Mi mayor anhelo era trabajar en una tienda de discos. Para robar, no, para saquear indiscriminadamente. Mientras lo conseguía, mataba mis madrugadas en una cancha de basquetbol, corriendo como pendejo detrás de un balón que rebotaba.

Conocí a Sodasio en la guarida de la Funda. El tercer piso de una casa aclimatada con un profuso equipo de audio y video, y un televisor inmenso. Dos veces por semana se reunía ahí una horda de rucos (o chagalagas, el eufemismo que ellos mismos empleaban para viejo) con el objeto de emborracharse y oír música. No, música no. Rock. Parecían una hueste inventada.

Y estaba conformada, además de los mencionados, por el Abuelo (el mayor de todos), quizá el primer crítico de rock de la ciudad; el Fideo, un sujeto altísimo y melancólico, reparador de calzado de oficio; el Pibe (la sangre joven), un treintón con aspecto de contador público y cara de asesino serial; Chilo, vocalista de Bandera roja, una banda horrible; el Bordón, baterista también de otro grupo horrendo: Fragua; y Messie Le Blanc, oh la la, Messie Le Blanc. Éstos eran los habituales.

Había otros que fluctuaban por ahí esporádicamente. Como el Patón, empleado de un centro de fotocopiado. Me costó un chingamadral adherirme a aquel círculo. Me marginaban por la edad. Además, existía otro impedimento: Messie Le Blanc. Quien suministraba el material para las fabulosas y salvajes parrandas de cocaína que se corrían. Poseía un extraño sentido del deber, esa flota. Según ellos me protegían de la droga. A sus ojos, yo era joven e ingenuo. Y desconocía los efectos que la coca podía insuflar en una persona. El tiempo me reveló que los ingenuos eran ellos. Y me llegué a meter soda con todos los que no se encontraban retirados, incluido el Mesías blanco. A quien también conocíamos como el Rolas.

Adentrarme en dicha hueste fue un proceso arduo. Me dilaté en ganarme su confianza. Comenzó con incidentales expediciones a la cueva de la Funda cuando no había reuniones. Sodasio tenía un puesto en la Secretaría de Hacienda. Y trabajaba en Monterrey. Ya en el 95, después de la devaluación que nos legaría el salinato, ganaba treinta mil pesos mensuales. Mi ciudad no contaba con una sola tienda de discos decente. De no ser por aquellos cabrones, hubiera permanecido en la oscuridad absoluta.

Escuchando lo mismo que mis compañeros de prepa. Maiden, Slayer, Metallica, etc. Que no estaba mal. Pero ya existía un nuevo sonido del otro lado del charco: el britpop. Mi banda favorita de esa corriente era Blur. Pero yo no conocía a nadie que le gustara. Sé que había seguidores del conjunto de Essex, pero faltaba tiempo para que conociera a algunos, como Wenceslao Bruciaga. Pero así era la provincia en los noventa. El aislamiento total. El único especimen al que le gustaba Blur, lo sabía por las palabras de la Funda, era a Sodasio. Por eso yo ansiaba conocerlo.

Cada semana Sodasio volvía de Monterrey con cuarenta o cuarenta y cinco compactos. Era un comprador compulsivo. En las sesiones se escuchaba y se discutían esos álbumes. No todo era bien recibido. Por el contrario, la mayoría se mostraba reticente. En ese sentido, Sodasio se sentía solo. Mis incursiones en la covacha de la Funda se desarrollaron de la siguiente manera.

Me permitía la entrada una tarde cada ocho días para enseñarme las novedades. Me grababa en casete lo que elegía. Of course que me lo vendía. Por algo lo llamaban la Funda. Pero era el 95 y tras el apabullante paso del Siamese Dream por mi psique, había decidido que quería el Mellon Collie en cd (no hace falta que agregue el calificativo original, en esa etapa no existía la piratería, la única duplicación posible era a través del casete, y eso jamás lo consideré morganería profesional).

La Funda me consiguió el Mellon Collie. Se lo encargó a Sodasio. Fueron meses y meses de desesperación. No recuerdo que otro año se me haya hecho tan largo como el 95. Con el arribo de internet ya nunca me volvió a suceder eso con un disco. Cuando lo lanzaron, don Sodo me lo compró en un Saharis de Regioland. También adquirió uno para él. No sé cómo conseguí el dinero. Creo que lo robé. Ah, ya lo recuerdo. En mi colonia había una pipa de petróleo. Pasé dos noches ordeñándola y transportando el combustible en unos galones metidos en un carrito de supermercado. Fue todo un acontecimiento. Hasta el momento, todo mi sino había consistido en aguardar la salida de ese álbum doble. Qué chingados sería en delante de mi vida. No miento si aseguro que tardaría siglos en descubrirlo. No es necesario aclarar que de toda la flota al único que le gustaban los Smashing era a Sodasio. Así que un día le ordenó a la Funda: Tráelo. Fue la manera como conseguí colarme en una sesión.

Mi encuentro con Sodasio no fue tan significativo como el día en que Harvey Pekar y Robert Crumb se estrecharon las manos. Pero sí resultó fundamental en mi biografía. Eran las tres de la tarde. Las sesiones comenzaban tempra. Y duraban hasta que el cuerpo lo permitiera o Messie Le Blanc apoquinara. Subí los tres tramos de escaleras y se hicieron las presentaciones. Fue un suceso ceremonioso. No he olvidado el disco que sonaba en ese instante: The Great Escape. Me quedé atónito. Sodasio era un ser apocado, timorato, circunspecto, proclive a la sumisión. Estaba enfundado en una camisa blanca de manga larga impúdicamente abotonada, pantalón de vestir y zapatos. El conjunto lo remataba una corbata rosa y sus lentes de fondo de botella. Me quedé apendejado unos segundos. Pero qué esperaba, era un empleado administrativo del Gobierno Federal.

Poseía un background musical enciclopédico. No me atrevería a etiquetarlo de nerd. En ese tiempo sí existían los ñoños. Pero no eran conscientes de su posición. Y menos se sentían orgullosos de ella. No lo podía encasillar como geek porque, aunque era el único de aquella bola de pedotes que no le entraba a la farra, tenía sus quebrantos: era el cliente mejor consumado de Messie Le Blanc. En un extremo del cuarto de la Funda habitaba una yelera gigante. Hasta el culo de «bielas». Pura Corona. El elemento discordante en ese ecosistema era una Coca-Cola de dos litros que naufragaba entre los «yielos». La bebida oficial de, of all drogos, Sodasio. Se me sirvió un vaso gigante para que acompañara al abstemio.

Hasta el momento sólo estábamos en la habitación don Sodo, la Fundamental y yo. Una hora después llegaron el Abuelo y Messie Le Blanc. A ver, Sodasio, le dijeron, quita tu chingadera. Y se pusieron a oír a los Stones. No podía acusarlos de old fashioned. De hecho el disco era novedad. Los Rolling siempre tienen un disco nuevo, de composiciones originales o recopilatorio, en el mercado. Vete a la verga, me dijeron. Y se pusieron a «rayar». Me cagó que me echaran. No por la coca. En esos años yo podía conseguir tan buena merca como ellos. Yo quería permanecer ahí porque en mi cuadra se oía lo mismo desde hacía lustros. Aunque al final comprendí que si quería nutrirme musicalmente, debía tener acceso a don Sodo en solitario. Porque aunque aquellos chagalagas presumían de vanguardistas, ahí también se escuchaba mucha porquería.

Tardaron varios meses en permitirme volver. No deseaban que mis visitas se hicieran una costumbre. Pero el fardo de mi propio cuerpo terminó por depositarse cada semana at Funda’s place. Y siempre ocurría lo mismo. A la hora u hora y media me corrían. Y se dedicaban a meterse cocaína como degenerados.

A mí me valía madre. Salía cargado de musiquita (en casete), y me encerraba en casa de mi abuela, que estaba abandonada, a oírla en una grabadora. Ocasionalmente fumaba mota. Pero con el tiempo desistí. Yo ya había probado la coca. No en casa de la Funda, sino con una raza de un estudio de tatuajes. Y la mariguana me parecía la afición típica de un apestado.

La soda era la coca, pero también el refresco. El Pop, el Hit, el Pep. Y con el transcurrir del tiempo, la coca era la Pepsi, la Fanta. Pero nunca el Sprite. Ignoro el por qué. Horacles se convirtió en Sodasio. Y jamás pudo sacudirse aquel estigma. Sí, por su afición a la coca, es decir el «confleis», porque te la metes a cucharadas, la sodaína. Pero también porque era un ser destinado a las sustancias. Antes de empezar a meterse talco, se metía «pilas»: pastas, pastillas. Se las mercaba a un empleado del Seguro Social. Que lo abastecía de Rivotril y Artane (un medicamento contra el Parkinson). Sodasio era bien «Arturo». Y se quedaba con todo el contrabando medicinal que le ofrecían. Pero en realidad, las pastillas eran para doña Ampalo: su madre. Una señora mítica. Que era un referente dentro de la casa de la Funda porque su mayor atributo consistía en vivir dopada. Yo me quemaba por conocerla.

El mundillo que se perpetraba en Funda’s place jamás me sedujo. Me atraía la música. Pero el único personaje atractivo era Sodasio. Tenía un hijo, producto de su primer matrimonio. Cuando lo conocí ya iba en su segundo round. Estaba arranado con una tal Graciela. Procreó con ella una hija: Frida. Y aunque estaban legalmente unidos, sostenían un amasiato, con tintes incestuosos. Sodasio vivía con doña Ampalo en una casa de dos plantas. Graciela vivía en la acera de enfrente con sus padres, en una construcción de similares proporciones. Frida pernoctaba donde la venciera el sueño. La pareja era una especie de Jack & Megan White. Parecían dos hermanos que se aborrecen. Podía imaginar las razones. Una que me parecía justificable era el auto de don Sodo. Un Renault cascarrabias apodado el Hamster Erótico. Consumía su sueldo entero en discos y drogas. Y según la Funda, era un erotómano. Quizá también separaba una parte de sus ingresos en sex toys.

La cercanía con Sodasio fue tan pródiga, que un día me invitó a su casa. Vivía en el centro. En la avenida Guerrero. Apenas pisé la cuadra, comencé a experimentar un satori. No importa cuán destartalada luciera mi ciudad. Aquella porción de urbanidad me parecía extirpada mansamente de un cuento de John Cheever. Podía ser tomada por cualquier suburbio despellejado en las historias del viejo borracho y puto. No juego si afirmo que en aquella calle podrían haberse asesinado a sí mismas las vírgenes suicidas.

Reconocí la vivienda de don Sodo porque afuera estaba estacionado el Hamster Erótico con el arrojo de un deportivo. Toqué el timbre y una voz gritó desde el interior: «Quién». Me estremecí involuntariamente. Un escalofrío me recorrió completo. Qué voz. Parecía como la de un pato al que están estrangulando. Parecía como si la trompeta deforme de Dizzy Gillespie se hubiera instalado en aquella garganta. Estuve a punto de dar media vuelta y emprender la retirada. Entonces, se abrió la puerta. Y apareció doña Ampalo.

Era una mujer vieja, pero pese a ello lucía una cabellera insistentemente rubia, que en el pasado bien pudo ser confundida con la de Anita Pallenberg. Le fallaba un remo y rengueaba. Pero pude atisbar que había sido una de esas mujeres que nunca realizaban actividad alguna si no era en tacones. Damas que nunca en su vida usaron botas, botines o sandalias. Inseparables de los tacones, desde pequeñas. «Tú eres Carlos», me dijo. Y en ese momento pude verla a los tres años haciendo trapecismo dentro de las zapatillas de su madre. «Pasa, pasa», me instó. Me sorprendió el silencio que imperaba en la casa. Esperaba un torbellino. Frida era famosa por su hiperactividad. Deduje que no se encontraba presente. Pero sí, estaba dormida.