Foto: Cuartoscuro

Cada inicio de semestre pasa algo similar: cuando explico la forma de evaluar el curso, alguno de mis nuevos alumnos me pregunta qué impacto tendrá su ortografía cuando yo lea sus trabajos escritos.

Desde que comencé a dar clases he pasado por varias etapas. Fui muy radical, cuando no aceptaba un trabajo con más de cinco errores. También opté por los experimentos, al proponerles bajar una décima de punto por cada error encontrado (el récord, aún lo recuerdo, fue de 126 errores en tres cuartillas. Es decir, el sujeto en cuestión sacó menos 2.6 de calificación. Le habría convenido no entregarlo).

Cada semestre, también, cuando explico las consecuencias de tener mala ortografía, hay alumnos que discuten más que otros, defendiendo su derecho de escribir como se les da la gana o, más aún, argumentando que los maestros tendríamos que ser muy lerdos para no entender una frase con un signo de interrogación solitario, una palabra que padece el extravío de una tilde o abreviaturas que obedecen a la fonética. Si de todas formas se entiende la idea, no ven por qué deba castigar sus calificaciones.

Como a mí se me da dudar, a veces he sentido que una brizna de razón los asiste pese a que me gusta pensarme obsesionado por la correcta escritura de las palabras. La ventaja de estas dudas es que generan nuevas ideas. Mi nuevo argumento no está tan relacionado con la utilidad de la ortografía sino con las capacidades de mis alumnos.

Parto de una anécdota cotidiana. Todos los lunes B llega a casa con un listado de diez palabras. Durante el año pasado, los dictados eran en viernes, así que teníamos cuatro tardes para practicar. Ahora son los jueves y, según entiendo, hacia el final de este ciclo escolar, los dictados serán los martes. Hay algunas palabras que le han dado más trabajo que otras como, supongo, sucede con el resto de sus compañeros. También es cierto que, en otros momentos de la semana, cuando estamos leyendo un libro o él enuncia todos los letreros de la calle, nos topamos con una de las palabras difíciles y B se pone contento por la concurrencia. A fin de cuentas, ya sabe cómo se escribe.

Así será durante los próximos años: más y más palabras se irán sumando a su acervo. Mis alumnos universitarios, como todos nosotros, llevan a cuestas, al menos, doce años de educación formal. Durante todo ese tiempo, es probable que la actividad más común dentro del salón de clases haya sido escribir o leer del pizarrón. Son horas acumuladas en la sencilla tarea de copiar, de escribir lo que la maestra dice, de leer el libro de la escuela o una actividad afín. Yo recuerdo los largos dictados de mis profesores de Geografía e Historia, los interminables apuntes de Biología, la copia inútil a la que nos llevó la maestra de Civismo, las decenas de planas y ciertas correcciones inusuales en un perverso cuaderno de Educación Física.

Por si lo anterior fuera poco, consumimos películas y programas de televisión extranjeros. Todos ellos vienen acompañados de subtítulos. Falta sumar los libros que nos han obligado a leer en la escuela. Nos gusten o no, se acumulan por decenas para cuando uno llegó a la universidad (muchos más si, como hoy en día, algunas escuelas cuentan con biblioteca y préstamos semanales obligatorios).

Así pues, mis alumnos llegan a la universidad con doce años de lecturas sostenidas. Doce años de apuntes corregidos por la flamígera pluma roja de sus profesores (me entero, ahora, que por motivos didácticos ya hay escuelas en donde se califica con verde). Doce años de leer subtítulos y libros y cuentos y tebeos y hasta las instrucciones para que funcione el nuevo juguete.

Doce años. A veces más.

Da igual si la ortografía tiene sentido o es importante (yo creo que sí, además de que es bastante clara en nuestro idioma), da igual si uno no se sabe al dedillo las reglas, da igual cualquier argumento en contra de la uniformidad lingüística. Lo cierto es que si una persona, tras doce años de llevar a cabo una actividad en que se le ha evaluado, sigue cometiendo errores por doquier, eso no habla bien de ella, de sus propias capacidades. Y, es cierto, cualquiera se puede equivocar cada tanto pero más de cien errores en tres cuartillas son un exceso; incluso más de diez o de cinco, cada uno pone sus parámetros. A fin de cuentas, lo que se evalúa no es la ortografía, sino la forma en que aprende cada persona.