“Debemos pararnos a observar la elección del diputado en cada uno de los distritos”. Foto: Cuartoscuro

Productos de un efecto que propician el desmesurado poder presidencial y el de los gobernadores, es generalizada la atención que provoca la designación de esos altos funcionarios de la federación. Y producto de una nefasta visión, soportada en el secular descrédito de los legisladores, nula la atención que se pone en la elección de los senadores, y en particular la que habrá en 2021 para renovar la Cámara baja del Congreso de la Unión con la que concluirá el gobierno de la llamada Cuatroté.

Siempre será importante una elección del tipo de la que comento, pero la de 2021 será, no tengo duda, fundamental en cualquiera de los resultados que arroje. Por una parte, los diputados actuales podrán optar por reelegirse, aunque poco tengan para presumir, como lo muestra el desempeño de Mario Delgado, el morueco de los morenos.

Hoy, producto de la elección de 2018, el Presidente de la república ha podido hacer y deshacer porque cuenta con una holgada mayoría y una popularidad que fue creciendo y que parece que se estanca, o decae. Se habla mucho, aunque no se definen temas esenciales, de un cambio de régimen, y ese propósito tan caro a López Obrador no navegaría a puerto seguro si no se refrenda la obsequiosa mayoría de la que hoy disfruta.

El solo hecho de que pierda el control, suponiendo que continúe con la mayor porción, obligará a contrapesos, negociaciones, mayores controles y mejor reconocimiento de la mayoría de la pluralidad que inocultablemente está arraigada en la ciudadanía, a pesar de la enorme crisis que se abate sobre los partidos políticos, incluido MORENA, que no define su perfil y compromiso democrático, a la vez que no atina a designar a su dirección y permanece invertebrada en los estados como un aparato partidario a la altura de las circunstancias y de los desafíos y reclamos democráticos en el país.

Nuestra Constitución, carente de una buena sistematización, regula el Congreso de la Unión en cuanto al reparto de sus facultades, las que les corresponden propiamente como Congreso general y las que tiene cada una de las cámaras en exclusividad. De estas últimas no hay que perder de vista la que estipula su artículo 74 que dispone como facultad de los diputados aprobar anualmente el Presupuesto de Egresos de la Federación, la más poderosa herramienta que tiene y ha tenido el presidencialismo imperial, más cuando el modelo de política pública tiene que ver con temas esenciales como el destino que se da a los recursos fiscales, que muchos pensamos están para el desarrollo y no para el clientelismo existencial. La moraleja es inocultable: no hay que dar pescado, hay que enseñar a pescar.

En simetría con lo anterior, está la facultad de los diputados de revisar en exclusividad la cuenta pública, la grande, la que brinda la radiografía de lo que hace el Presidente de la república y su enorme aparato burocrático, que han tendido a centralizarse de manera paquidérmica. Aquí, otra moraleja se asoma: para que haya rendición de cuentas, auditor y auditado han de ser distintos, como se reconoce en todo el mundo donde impere el Estado de derecho y la genuina división de los poderes. Se pensará que hay un órgano autónomo que se encarga de todo esto, pero quien revisa, finalmente, es el cuerpo de los diputados en su cámara. Seguimos en el atraso de la revisión política y sesgada de un asunto nodal.

Por esto y muchas cosas más, debemos pararnos a observar la elección del diputado en cada uno de los distritos. Cuando no sea así, aplaudidores como Mario Delgado continuarán como aquellos fisiócratas que proponían, sin rubor alguno, dejar hacer y dejar pasar.