El diálogo de la oscuridad y la luz. Pintura Tomás Calvillo Unna

El puro hecho de saber que vamos a morir,
de buscar un pedacito de eternidad,
de cuidar a quien está cerca, de soñar, de hacer música,
de advertirnos como miembros de una comunidad,
de reconocernos así,
en esta desnudez existencial
que al fin de cuentas la inmensa y dinámica tecnología
no puede borrar, ni negar;
el participar voluntaria o involuntariamente
en ese intento por ser dioses,
de alguna manera, aunque sea por un instante,
todo ello, si lo vemos bien,
es un acto heroico.

La poesía desde hace siglos
y en todos los idiomas posibles lo ha afirmado,
es así un lugar común,
pero no está demás hoy en día con tanta agitación,
e incertidumbre, volver a decirlo:
nuestra fragilidad esencial, la desaparición eminente,
nos obliga a aceptar la condición propia de la vida,
sin rendirnos, buscar sus múltiples sentidos.

En esa indagación, encontramos huellas de conocimiento
que nos permiten conversar
y proponer caminos de vida,
que logran trascender los grilletes
de la misma sobrevivencia y sus múltiples exigencias.

La lucha por el poder,
suele ser la dominante
desde sus raíces antiquísimas
de un aprendizaje colectivo y en mucho sangriento,
hasta la sofisticación de la atmósfera virtual
que envanece el peso y la densidad
y reparte por igual la visión,
las visiones que llegan a sofocar la misma imaginación:
en esa evaporación de la materia
y su focalización en la mente:
se reformula la propia historia de nuestra condición.

La mitología, las mitologías,
las diversas tradiciones de conocimiento,
sus metáforas y lenguajes, su religiosidad
adquieren una renovada presencia,
si se logran despojar de sus pesadas exégesis:
el conocimiento y el lenguaje se han separado, y en esa distancia,
las minas de la incomprensión,
suelen ser una amenaza a la vuelta de la esquina.

Recuperar la naturaleza de la presencia,
es la tarea
como lugar y experiencia del encuentro
entre la vida y la muerte;
fijar el parpadeo del tiempo
en esa intimidad que nos acompaña
acostumbrados a ignorar
la sentencia que nos otorga identidad común,
de la que nadie escapa y de la que solemos rehuir.

En esa cuña del ser en el estar
se encuentra nuestro camino,
el sutil hallazgo de la inmensidad,
que no se puede capturar en la envoltura de lo virtual,
(las conexiones intermitentes y constantes)
que pretende asumir la ausencia que nos domina
e incrementar la sed por poseer,
enalteciendo lo que ya no está:
esa fugaz habitación de nuestras contingencias
que suele apoderarse de la visión
y dar la espalda al misterio que nos define.