Una mujer recibe la vacuna de AstraZeneca contra la COVID-19 el martes 16 de febrero de 2021 en la Magdalena Contreras, en la Ciudad de México.

“Llevamos alrededor de un millón de dosis de las cerca de 250 millones que se requieren (en la cuenta de las dosis dobles). Es decir, llevamos muy pocas”. Foto: Marco Ugarte, AP

Las compras a crédito son una buena representación de cómo el capitalismo opera en nuestras decisiones cotidianas. Nos comprometemos a pagos futuros a cambio de bienes presentes. La oferta parece sensata toda vez que existen muchas cosas o propiedades que nunca podríamos comprar de contado. El ejemplo más evidente es un inmueble: ese sitio al que llamaremos hogar que no sólo será un bien sino parte de un legado. Debe ser ínfimo el porcentaje de la población mundial que pueda adquirir una casa o un departamento de contado. Así que tiene sentido ejercer un crédito. Se pagarán intereses, eso queda claro, pero, al menos, ya no se firman a tasas variables que convertían las deudas en impagables. Para bien o para mal, los créditos hipotecarios son la herramienta más confiable para hacerse de una propiedad, ese patrimonio que suena tanto a lugar común.

El resto de los créditos a los que se puede optar obedecen a necesidades y deseos propios de los consumidores. Coches a plazos más largos que la vida útil del vehículo, sumados a su depreciación constante, parecen no ser tan buena idea. Sin embargo, a veces es el único mecanismo para hacerse de uno, independientemente del fin para el que se utilice. Vienen, después, muchos créditos al consumo, con o sin intereses: las ofertas aparecen por doquier. Basta una tarjeta de crédito para comprar lo que sea a meses sin intereses. Hasta el súper, esa compra recurrente, se puede diferir a tal grado que, tras algunos años de esa práctica, uno terminará pagando cada mes justo el costo de lo comprado a lo largo del mismo.

Y sí, a veces las ofertas resultan tan tentadoras que uno cae en el garlito de renovar objetos que aún tenían vida útil. Así que, entre la necesidad y el deseo, los créditos se han vuelto un buen reflejo de nuestros hábitos de consumo.

Como la esperanza.

Al menos, así es como se nos presenta muchas veces: a cuentagotas. Esta semana hemos sido testigos del inicio del proceso de vacunación en nuestro país para personas no relacionadas con el sistema médico (ya sé, ya sé, sigue habiendo doctores y servidores sanitarios que aún no cuentan con su primera dosis). Al margen de las críticas al sistema debido a las largas filas, a que el personal de las brigadas portaba chalecos partidistas, a que, en algunos casos, se solicitaron fotos que apuntan a un uso proselitista, hubo un ambiente generalizado de bienestar. La esperanza de que esta pesadilla que ya se acerca a su primer año en nuestro país termine.

Es una ilusión parcial, sobra decirlo. Llevamos alrededor de un millón de dosis de las cerca de 250 millones que se requieren (en la cuenta de las dosis dobles). Es decir, llevamos muy pocas. Una doscientoscincuentava parte de las que necesitamos para cubrir a la población total o una doscientava parte de una meta más tangible y sensata. Poquititas.

Aún así, priva la esperanza. Y está bien. Aunque ya estemos de nuevo sin vacunas, aunque se hayan terminado en algunas alcaldías o municipios, aunque los viejos se hayan formado por horas. Priva la esperanza porque nos sentimos un poco más cerca de la meta. A fin de cuentas, ya se ha dado el primer paso y eso está bien.

Da la impresión de que la esperanza se funda en principios similares a los de los créditos al consumo. Sobre todo, de esos bienes que valen la pena. Conozco a muchos que se sienten satisfechos al pagar la nueva mensualidad de su hipoteca porque significa que están cada vez más cerca. Así también con la esperanza. Siempre y cuando, uno no haga la suma del total de los pagos porque, entonces, se enterará del verdadero costo de las cosas. Y ese costo, en nuestro país, en nuestro mundo y en esta pandemia, ha sido excesivo. Un costo que podrá paliar la esperanza, pero no borrar lo sucedido.

Abonemos, pues, nuestro pago a la esperanza. No confiemos, sin embargo, en que todo resultará de forma óptima. Para ello, tendríamos que asumir que se cancela nuestra hipoteca, nos regalan los muebles y hasta nos devuelven parte de lo abonado. Eso nunca funciona así.