MARIANA SITÚA A LA SUPREMA CORTE EN LA MIRA DE LAS MEXICANAS

20/03/2015 - 12:00 am

SEGUNDA DE DOS PARTES

Mariana Lima decidió enfrentar al demonio que duerme en su cama y deambula por las calles de Chimalhuacán, un policía judicial del Estado de México. “No más”, le dirá. Su madre, Irinea, se sintió llena de alivio. Su niña volvería a casa. Pero lo que volvió fue un cadáver y una versión sobre su muerte imposible para el sentido común.

Esto es lo que analizarán los jueces del máximo tribunal mexicano y, con su sentencia, definirán el destino de miles de mujeres mexicanas a quienes les toca morir de la peor manera, porque en México los asesinos de mujeres prácticamente no van a prisión. Y esto es así porque las autoridades responsables no hacen su trabajo: investigar y, con esto, defender a las mujeres.

El próximo miércoles, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) se pronunciará en torno a la muerte de Mariana.

La sentencia que dicte la Primera Sala debe reconocer, en el caso concreto, las graves omisiones, negligencias y corrupción con que actuaron las autoridades que investigaron la muerte de Mariana, que podrían calificarse de acciones dolosas con el objetivo de encubrir al agresor, como un elemento mínimo que garantice la reparación integral del daño por violaciones a derechos humanos.

En conclusión, se está ante una oportunidad histórica para la SCJN establezca un primer precedente que fije los criterios mínimos de debida diligencia con perspectiva de género que las autoridades de procuración y administración de justicia deben observar para garantizar el acceso a la justicia, el conocimiento de la verdad y la reparación integral del daño de las víctimas de violencia feminicida.

Ante las mexicanas, esta es la hora de los jueces.

Sus padres, recuerdan a Mariana todos los días. Foto: Humberto Padgett
Sus padres recuerdan a Mariana todos los días. Foto: Eduardo Lazo

Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, 20 de marzo (SinEmbargo).– El teléfono de Irinea timbró poco antes de las siete de la mañana del martes 29 de junio.

–Jefa, Mariana se ahorcó –soltó Ballinas sin mayor introducción.

Irinea conectó aquello con el antecedente de febrero y consideró la llamada un nuevo hostigamiento morboso.

–¿Qué le pasa? ¿Está bien o está loco?

–No, jefa, es que sí se mató.

Irinea arrojó el teléfono y comenzó a dar de vueltas.

–¡No puede ser, no puede ser!

Sandokan, su hijo, salió de su recámara.

–¿Qué te pasa? –preguntó; recogió el teléfono y lo colocó en su sitio.

–Es que me dice Ballinas que Marianita se ahorcó.

–¡Ya la mató! –dijo la empleada doméstica.

Irinea buscó a su otro yerno y le pidió que fuera de inmediato, pero los minutos pasaban sin que el esposo de su otra hija llegara. La mujer decidió buscar un taxi cuando el teléfono timbró nuevamente.

–Jefa, sí es cierto que Mariana se mató –repitió Ballinas.

–Ya lo oí. Ahorita voy –la madre intentaba concentrarse.

Irinea y Sandokan salieron a la calle a buscar un auto de servicio cuando se encontraron con Laura, la hermana mayor de Mariana, y su esposo.

Hicieron la hora de camino a Chimalhuacán en silencio.

Llegaron y no había nadie. Irinea esperaba encontrar una patrulla, pero no había nada; el zaguán estaba abierto. Primero entró la madre. Todo estaba en silencio. A la entrada notaron una cortina anudada como bolso con la ropa de Mariana y al lado la mesa limpia, sólo con el salero y el recipiente de los palillos encima.

–¡Julio César! –gritó la hermana de Mariana.

Nadie contestó.

Los cuatro subieron las escaleras. Irinea caminó a la habitación de la pareja. Distinguió los pies descalzos: la mujer no estaba suspendida sino que yacía en su cama. Vestía un bóxer y la misma blusa del día anterior, una prenda con rayas color hueso, gris y rosa.

La madre se acercó y observó el rostro ennegrecido de su hija por la asfixia, su quijada lucía desencajada y la lengua parecía hacer un esfuerzo hacia afuera, pero estaba contenida por los dientes. Irinea atendió a un brazo flexionado y supuso que en esa posición no descansaba. Le tomó la muñeca para enderezarlo, pero no pudo: el cadáver de Mariana ya estaba rígido.

***

Para los padres de Mariana sólo queda el consuelo de ir a visitar su tumba. Foto: Eduardo Lazo
Para los padres de Mariana sólo queda el consuelo de ir a visitar su tumba. Foto: Eduardo Lazo

Irinea observó golpes en las piernas de Mariana, desde los tobillos hasta los muslos; en el izquierdo resultaba evidente una lesión de unos quince centímetros de diámetro, reciente por la piel enrojecida. En la frente tenía un raspón cubierto por el cabello, acomodado de manera inusual para el estilo de peinado de la joven. Las dos caras de la entrepierna mostraban golpes.

En el pómulo derecho resaltaba un arillo rojo, como si ahí hubieran presionado con un objeto sólido y anillado. Irinea piensa que Ballinas apretó su pistola contra la cara de su hija.

Se veía como si la hubieran bañado. Más aún: los pies y las manos lucían arrugados, como si hubieran pasado mucho tiempo bajo el agua. Las uñas, a diferencia del día anterior, estaban despintadas.

Tenía limpias las plantas de los pies a pesar de que el piso estaba sucio, cubierto de un fino polvo de cemento y yeso por la construcción en que se mantenía la casa. No había zapatos alrededor.

Irinea extrañó un bote de basura que siempre estaba presente en la habitación.

“¿De dónde se colgó?”, se preguntó la mujer. Giró la cabeza y no encontró en las paredes y techo más que unas canaletas para cable eléctrico.

El único cordón que halló fue el de las cortinas. En un sillón estaba una bolsa de Mariana llena de documentos, había unas toallas en la cama y a un lado su teléfono celular y el control de la televisión, que estaba apagada.

Las sábanas estaban desacomodadas, con el aspecto de que en la cama hubieran estado acostadas dos personas. El resto de la habitación se observaba desordenado, con prendas sucias dispersas, contrario a las exigencias de limpieza y orden del policía.

“Por qué dijo que dejaría a este hombre, por qué hizo una maleta, por qué se golpeó, por qué se bañó”, la retahíla de dudas giraba en la cabeza de Irinea.

–Mamá, hay que hablarle a la Policía, ¿qué vamos hacer aquí con el cuerpo? Ni sabemos dónde está Ballinas –observó la hermana de Mariana y salió a buscar un sitio con mejor señal para el teléfono celular.

Irinea se quedó a solas con Mariana. Miró su cara girada hacia la derecha y dos tenues rasguños en el cuello, paralelos a la línea del mentón.

Un barullo subió por la escalera. Una mujer vestida de blanco entró con una cámara fotográfica por delante seguida de tres hombres, uno de ellos con una libretita en una mano y un lápiz o bolígrafo en la otra. Ninguno dijo nada.

Ballinas apareció.

–¿Y el papel? –preguntó con gesto apresurado.

–¿Cuál papel? –preguntó Irinea.

–El que estaba ahí, en la cama –señaló al lado de su mujer.

–Yo no he visto nada, cuando llegué así estaba, no he tocado absolutamente nada.

El hombre dio unos pasos, se paró junto a una cajonera e hizo algunas muecas similares al llanto, pero ninguna lágrima notó Irinea que le escurriera.

–¿Quién bajó el cuerpo? –preguntó el de la libretita y pasó la vista del cadáver de Mariana a los ojos de Irinea, colocada en una esquina.

–A mí ni me vea porque yo no he movido absolutamente nada –atajó la mujer.

–Yo lo bajé –respondió Ballinas.

–¿Y por qué lo bajaste? –cuestionó el hombre–. Si tú no eres agente del Ministerio Público ni perito, eres policía judicial.

–¿Qué querías, que lo dejara allí? Le tomé dos fotografías –rezongó Ballinas y se llevó la mano a la bolsa del pantalón, sacó el celular y lo acercó al funcionario que hacía las preguntas.

Irinea se acercó, se levantó sobre las puntas de los pies y distinguió una imagen tomada por su yerno a Mariana en que la mujer, muerta, estaba sentada sobre el buró con las rodillas separadas, los pies despegados del suelo y un hilo tirante de su cuello hacia una pequeña armella colocada en la puerta.

Esa foto, de acuerdo con Irinea, sería alterada y presentada al fiscal: la modificación más sustancial sería que en la toma original los pies estaban despegados del suelo, y en la versión admitida como prueba se veían sostenidos por el piso.

El policía regresó el aparato a su bolsillo y se acercó a su suegra.

–¿Se sale por favor, tantito? –pidió.

–Le estorbo, ¿verdad? –preguntó Irinea con doble sentido.

–Sí, es que está muy pequeño aquí.

Irinea dejó la habitación y entró al baño. Le extrañó que tampoco hubiera cesto de basura ahí y más el descubrimiento de un cuchillo recargado en una de las paredes; los tambos de agua estaban vacíos y siempre debían estar llenos.

En el cuarto contiguo la madre observó unos maletines de Mariana, dos de ellos con documentos de la joven y aspecto de que recién los habían preparado.
Una ventana estaba abierta, a los pies de la cama de ese dormitorio vio las chanclas de baño de Mariana colocadas con orden, y de frente el par de Ballinas. Por allá, uno sobre otro, Irinea descubrió los zapatos que su hija calzara el día anterior y más acá el calzado de vestir del hombre.

Para Irinea, la disposición de las cosas sugería la presencia de Ballinas la víspera, situación que él negaría rotundamente.

Cuando Irinea bajó se percató de que ahora, sobre la mesa, había además una botella de alcohol.

–¿Tú dónde estabas cuando esto pasó? –le preguntó Laura a Ballinas–. ¿Estabas aquí?

–No, si yo he estado aquí, no pasa esto. Ella estaba tomando.

–Ahora sí ya debes estar contento –se dirigió Irinea a su yerno–. Ya la mataste y debes sentirte satisfecho, ¡siempre le dijiste que no servía para nada! ¡Hasta te atreviste a lanzarle maldiciones en nombre de tu San Judas Tadeo! Te salvarás de la ley de los hombres, pero de la ley de Dios ¡nunca te vas a salvar! –la mujer levantó el dedo índice.

–¡Eso ya lo sé! –reviró Ballinas.

–Qué bueno que lo sepas, porque ni siquiera te imaginas lo que acabas de hacer. Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo.

–Y la voy a cremar.

–No la va a cremar.

–Sí la voy a cremar.

–¿Por qué la va a cremar? Nunca la quiso en vida.

–Porque cuando ella todavía vivía me dijo que si se moría primero, la cremara.

–¡Ah, pero ya sé por qué la quiere quemar! ¿Verdad? Quieres borrar todos los vestigios y pruebas y huellas que el cuerpo de mi hija pueda tener, y así no te puedan inculpar a ti –el llanto no le permitió a Irinea continuar.

Los policías municipales, presentes por la llamada telefónica de Laura, llenaban la sala y seguían la discusión con picante interés.

Los funcionarios bajaron por las escaleras con el cadáver de Mariana. La diligencia de levantamiento del cuerpo, la más importante en la investigación de un posible asesinato, dilató a lo más quince minutos.

Afuera, la calle estaba repleta de mirones.
Ballinas asistió al funeral y al entierro de Mariana. Cuando deslizaron dentro de la gaveta el ataúd de su esposa, Irinea lo escuchó farfullar:

–Vámonos porque esto ya valió madres.

Ballinas sería presentado posteriormente, pero nunca con el propósito de detenerlo.

EL INCREÍBLE JUDICIAL MEXIQUENSE

Una de las presuntas notas dejadas por Mariana antes de su muerte. Foto: Eduardo Lazo
Una de las presuntas notas dejadas por Mariana antes de su muerte. Foto: Eduardo Lazo

El Ministerio Público del Estado de México asegura que sí practicó la autopsia y resolvió que Mariana se ahorcó, pero el médico forense obvió los golpes en las piernas de la mujer y muchos detalles se perdieron para siempre por la pésima calidad de las fotografías.

El cordón que la autoridad admitió como utilizado se encontró en el buró de la habitación de Mariana, sin embargo, Irinea niega la existencia de la cuerda cuando entró al cuarto.

“Yo no vi ningún cordón excepto el de la cortina, que había sido arrancado, y un pedazo que colgaba”, afirma.

Después la Procuraduría General de Justicia del Estado de México (PGJEM) lo extravió, es decir, la tira apareció y desapareció y de su existencia sólo quedó su descripción y una fotografía: un hilo para macramé de cinco milímetros de espesor.

“Pero, a los 11, meses Ballinas presentó otro cordel de un centímetro de diámetro y el Ministerio Público lo aceptó”, explica Irinea en entrevista. En la reconstrucción de los hechos se sustituyó además la pequeña armella por la que se habría pasado la soga por un elemento de soporte con mayor consistencia.

Irinea descubrió la sustitución de la cuerda a los once meses de la muerte de Mariana: el propio agente del Ministerio Público le mostró la nueva cinta, admitida a Ballinas.

–¿Por qué le recibieron ese cordón si aquí claramente dice que tiene cinco milímetros de diámetro? –reclamó la mujer.

–¡Ah, pues no lo he medido! –respondió el funcionario con sorna.

–Pues tendría que medirlo; si está aceptando las cosas, es lo primero que debería hacer. Usted ya leyó la averiguación y los peritos refieren que son cinco milímetros, Ballinas le puede traer una reata y es la misma que le va a recibir.

–Pues ese fue el que trajo Ballinas.

El policía accedió a las diligencias de campo, situación que le fue negada a Irinea. “Cuando dizque probaron la resistencia del cordón en casa de Ballinas, yo intenté entrar y estuve afuera de su casa esperando a que llegaran los funcionarios del Ministerio Público. Nunca llegaron. ¡Nunca la hicieron!”, exclama Irinea.
En las fotografías del ejercicio ya no aparece la pequeña armella original sino una abrazadera de varilla a la que sujetaron la cuerda de un centímetro de espesor y a esta, colgada, una cubeta llena de cemento.

Irinea Buendía toma un cordel idéntico al que, según la justicia mexiquense, su hija utilizó para colgarse; de rostro moreno y cabello blanco, camina a la ventana de la sala de su casa, se recarga en la pared y se lleva el lazo alrededor del cuello.

Calculando, deja caer su peso sin desplomarse pero con la fuerza suficiente para demostrar una cosa: la marca que dejaría un ahorcamiento de esa naturaleza sería profunda y dibujaría una “U”, con el centro de la forma en la parte de mayor contacto y con tendencia a desvanecerse hacia los lados y arriba.

Pero antes prueba algo más: esa soga no soportaría el peso de una mujer adulta. La madre de Mariana Lima ha hecho la prueba una y otra vez: un hilo para macramé como ese cede a los 14.5 kilos.

–¿Hizo esta prueba un perito? –se le pregunta a Irinea en la entrevista.

–No, no… la hice yo –ríe–, y obviamente esto no se ha tomado en cuenta. El cordón que Ballinas llevó después sí fue probado por un perito y soportó 60 kilos de peso, pero mi hija pesaba 67. El surco en su cuello era recto y se veía apenas un rasguño. Lo he hecho varias veces: me detengo de los barrotes y me dejo ir apenas unos segundos. Estoy segura de la que la estranguló. Mire –muestra el cuello, con una marca en forma de “U”.

–¿Todas esas pruebas no las hizo el Ministerio Público? ¿Ninguna?

–No.

–¿Dónde se radicó la averiguación previa?

–En Chimalhuacán, con sus compañeros de trabajo. A mí me permitieron ampliar mi declaración hasta el 30 de septiembre, tres meses después del feminicidio de mi hija, y pude hacerla porque pagué para que me la tomaran.

–¿Usted pagó por ampliarla?

–Luego de que mi hija murió, un mes completito yo no me paré por el Ministerio Público. Dije: se lo vamos a dejar todo a Dios y ya no quiero saber más, realmente mi hija no va a volver a la vida. Pero luego pensé que si este infeliz la mató, ¿por qué no pedir justicia? Mi hija ya no volverá a la vida, eso me queda claro, pero no permitiremos que mate a otra mujer. Estoy segura de que no es la primera que mata este tipo.

–¿Por qué?

–Ballinas la violaba. Una vez le puso un video en su teléfono celular en el que él sostenía relaciones con una mujer muy joven y con mucha violencia, algo muy denigrante, y quería que Mariana aceptara hacer lo mismo; ella se negó y él la obligó. La muchacha del video, él mismo le contó, apareció muerta: dijo que de una sobredosis. Yo vi esa grabación.

–¿Y a quién le pagó por ampliar su declaración?

–Al agente del Ministerio Público, Ramón Calzada. Le pagué mil pesos. Obviamente no se los entregué a él en la mano, sino a un intermediario. A partir de entonces pude declarar nuevamente, antes simplemente me decían que no había avances de ningún tipo. Antes de pagar, la ampliación estaba prevista para diciembre, y cuando lo hice pasé inmediatamente. Yo llevaba mi testimonio por escrito; di dos billetes de quinientos pesos que ese funcionario metió dentro de un libro.

–¿Qué otras situaciones de corrupción debió pasar usted?

–Otra vez, tuve pagar a una secretaria otros mil pesos para que me dieran copias de la averiguación previa. Únicamente eran seis hojas escritas.

–¿Intentó reunirse con Alfredo Castillo Cervantes [Procurador de Justicia del Estado de México en ese momento]?

–Lo intenté varias veces, pero siempre tenía muchas cosas que hacer; fui a Toluca como unas seis veces, si no es que más, y en ninguna me recibió. A lo más que accedieron fue a sentarme a hablar con un subprocurador, quien me dijo que no estaba enterado del caso. O mintió, porque fue fiscal en Tlalnepantla, o simplemente les ponen los casos en las manos, los firman, pero nunca los leen.

En su declaración Ballinas aseguró que cuando llegó a su casa la mañana del 29 de junio de 2010, descubrió que no tenía llaves consigo y abrió el candado del zaguán con un alambre. El cerrojo tampoco se embaló.

Subió por la escalera colocada en el exterior y entró, según su dicho, por una ventana, cuando Irinea asegura que esa abertura permanecía asegurada no sólo de manera normal, sino que el policía había colocado una tabla a la medida en la parte fija para que no se pudiera deslizar el lado móvil.

***

Un pedazo de cordel con el que Irinea se ha preguntado una y otra vez si fue posible que su hija se ahorcara. Foto: Eduardo Lazo
Un pedazo de cordel con el que Irinea se ha preguntado una y otra vez si fue posible que su hija se ahorcara. Foto: Eduardo Lazo

El caso de Mariana resulta emblemático por varias razones. En primer lugar es un feminicidio íntimo, es el asesinato de una mujer por su condición de género, ocurrido en el interior de su hogar.

“Y lo es también porque se plantea como un suicidio, una coartada muy frecuente no sólo, pero particularmente en el Estado de México”, explica Rodolfo Domínguez, abogado del Observatorio Nacional del Feminicidio y representante legal de la familia Lima Buendía.

Domínguez ha sido un activo promotor de la emisión de la alerta de género en el Estado de México, un novedoso mecanismo contemplado en la ley que faculta al Estado para intervenir en momentos y lugares con alzas en la violencia feminicida contra las mujeres.

Sin embargo, las organizaciones se han topado con la gruesa pared de la operación política del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuyos funcionarios en el gobierno del Estado de México se han valido incluso de datos falsos para impedir la activación del sistema de protección.

La muerte de Mariana Lima Buendía resulta representativa en el panorama de violencia de género también porque, recuerda el joven abogado, ocurrió tras un proceso de constante y creciente daño físico y psicológico contra una mujer que se abstuvo de denunciar por su desconfianza hacia las autoridades que en teoría debían protegerla. Y había razón para la desesperanza: esas autoridades cubrieron con impunidad a su probable asesino. Mariana trabajó para la Procuraduría mexiquense y conocía bien la ineficacia y corrupción de la institución.

A partir de su experiencia, las organizaciones atentas al feminicidio en México reconocen tres momentos de alto riesgo para la vida de las mujeres: el primero cuando escapan del ciclo de violencia, el segundo al denunciar al agresor, y el tercero al solicitar una orden de protección.

Desde esta perspectiva, el error fatal de Mariana fue advertir y convencer a Ballinas de que esa vez sí lo denunciaría.

El caso es característico también por la deficiente investigación realizada por los agentes del Ministerio Público, peritos y policías; una pesquisa plena de irregularidades y negligencias y hasta colusión.

En el expediente es claro que desde el inicio Ballinas falseó su declaración al presentarse como “comandante del grupo del subprocurador”: ni era comandante ni el cargo existe. “Potenció su capacidad de influencia.”

***

En materia forense, la primera diligencia es la más importante y la observación del protocolo de actuación prestablecido es primordial.

Existen dos aspectos de relevancia mayor: la cadena de custodia y el abordaje del caso bajo la presunción de feminicidio, ya considerado en ese momento en la ley, pero ninguno de estos aspectos se respetó.

El lugar del hallazgo del cuerpo se debió resguardar y dividir en secciones para su revisión, pero nada de esto se llevó a cabo. Ante el cadáver de una mujer muerta violentamente, la autoridad dEL CASOebió recabar toda clase de indicios, como la revisión de sus uñas para establecer la ocurrencia o no de forcejeo de defensa anterior al fallecimiento, raspado de cavidades para establecer abuso sexual o toma de muestras de saliva.
El sitio debió ser intervenido por un fotógrafo con capacidad forense y el análisis de las ropas realizarse de manera cuidadosa.

“Nada de eso se hizo”, apunta Domínguez.

La primera actuación, como se constata en el expediente, se resume en treinta líneas, una hoja. La mitad de ese texto se dedica a la descripción de la casa: la pared, los muros, las escaleras, la altura del techo y una serie de cuestiones que nada aportan a las conclusiones.

Las otras quince líneas se ocupan del lugar del hallazgo. Su aportación es tan pobre y su trascendencia tan relevante que, en opinión de Domínguez, la Fiscalía intervino dolosamente en la destrucción de pruebas a favor de uno de sus policías.

En una de sus versiones Ballinas aseguró que encontró a su mujer colgada, y en otra, que la halló sentada.

Aseguró que intentó resucitarla, maniobra que, en apego al cuidado de una escena, formalidad bien conocida por él en su condición de policía judicial, sólo está prevista cuando es clara la posibilidad de recuperar a la persona. Además, el hallazgo del cadáver de Mariana ocurrió, teóricamente, a las ocho horas de su fallecimiento, cuando el cuerpo ya mostraba rigidez.

El asunto de la resucitación es todo un tema. Ballinas expuso su intención de reanimar a Mariana, primero, con la mujer aún colgada; luego, nuevamente fuera de la cadena de custodia, la descendió, según su relato, cortando la soga con un cuchillo por el que fue a la cocina, en la planta baja, pero antes la fotografió para evitar verse inculpado.

Entonces pretendió reanimar a su esposa mediante “masajes en los pies” y “besos” sobre la cama: un masaje cardiaco es impráctico sobre quien descansa en una superficie blanda y esto, se supone, también es parte del conocimiento básico de un policía.

Al comprender, según su versión, que no lograría nada, abandonó el cuerpo y desprotegió la escena, cuando por simple rutina debió llamar por teléfono a la policía. Tan abandonado quedó el sitio que Irinea entraría sin obstáculo hasta la cama en que reposaba el cuerpo de su hija.

Si bien los peritos del Ministerio Público permanecieron poco tiempo en la habitación, esta era pequeña y no había muchos muebles. Pero cuatro investigadores no encontraron ningún escrito de despedida.

Sin embargo Ballinas presentó, cinco días después de la muerte de Mariana, dos mensajes póstumos supuestamente encontrados en la cajonera y redactados por ella, aunque aseguró la existencia de tres. En esa idea, Mariana, quien se había mostrado optimista y segura de su futuro doce horas antes, se dio el tiempo para escribir tres notas explicativas de su muerte, una de ellas reiterativa de su amor por el hombre que había decidido denunciar por hacerle la vida miserable.

Las cartas coincidían en la despedida de sus padres; sólo en la última heredaba su teléfono celular para ayuda económica de Lauro e Irinea.

Dos de las cartas, dijo, las halló en un cajón de la habitación que antes fue revisada por los especialistas en criminalística sin que las hallaran. La tercera, explicó, la encontró sobre la cama donde pretendió la resucitación de Mariana; sólo él vio y leyó esta última nota suicida. Nunca apareció, pero el agente del Ministerio Público, jefe y amigo de Ballinas, aceptó cómo válido su contenido cuando resolvió que el policía judicial nada tenía que aclarar con el juez.

La Procuraduría aplicó análisis grafológicos a los apuntes y concluyó que efectivamente fueron escritos por la mano de Mariana. La familia de la mujer niega su autenticidad.

La existencia de la armella de donde supuestamente Mariana se colgó, quedó sin constancia procesal en el primer momento y su aparición en la investigación es posterior, en un momento de “clara manipulación por parte de las autoridades”, continúa Domínguez.

“Son evidencias básicas y que no aparecen por ningún lado. Uniendo las partes vemos que estas deficiencias son imperdonables.”

El abogado apunta la existencia de 65 pruebas, pero el gobierno del Estado de México sólo ocupó cinco para determinar el no ejercicio de la acción penal contra su policía.

“El problema en el fondo es la impunidad del feminicidio: no se realizan bien las investigaciones y no existen elementos contundentes para conocer la verdad. Este caso se basó en el dicho de Ballinas y al Ministerio Público no le pasó por la cabeza investigar con enfoque de homicidio como hipótesis viable cuando existían contradicciones y una larga historia de violencia contra Mariana que simplemente se ignoró, al igual que en el Estado de México se ignoran los acuerdos internacionales firmados por México en materia de los derechos de las mujeres”.

El representante legal del Observatorio Nacional del Feminicidio compara la situación en el Estado de México con los feminicidios en Ciudad Juárez ocurridos entre 1993 y 2005. El caso conocido como “Campo Algodonero”, referente internacional del odio a las mujeres, concluyó con la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) contra el Estado mexicano.

En septiembre de 2013 la Suprema Corte de Justicia de la Nación atrajo el caso de Mariana. El máximo órgano judicial del país considera que la falta de investigación con debida diligencia, la no aplicación de protocolos de investigación con perspectiva de género y la posible impunidad ante un probable feminicidio son cuestiones de interés y trascendencia para la sociedad mexicana.

Hasta febrero de 2014 no se había pronunciado en definitiva.

***

Maricela y Mariana crecieron juntas; una y otra se hicieron confidentes con el tiempo. Maricela aún se siente culpable por no haber levantado más fuerte la voz cuando su amiga le platicó cómo el policía la golpeaba, la humillaba, la zarandeaba cuando encontraba que sus zapatos no estaban bien lustrados.
–¿Crees que Mariana te hubiera compartido su intención de suicidarse? –se le pregunta a Maricela en entrevista.

–Sí, sí me lo hubiera compartido; nos contábamos todo, todo, todo. Me decía que para ella hubiera sido suficiente con que la abrazara y le dijera que la quería. Me contaba que la hacía fumar marihuana porque a él le gustaba tener relaciones sexuales bajo sus efectos. El baboso la obligó a tatuarse su nombre en la espalda…

–¿Qué se tatuó?

–“Ballinas”, con letras grandotas, cuadradas y sombreadas, aquí –Maricela gira y se señala justo arriba de las nalgas–. La obligó. Le decía que si lo dejaba se acordaría de él toda su vida y que cualquier otro hombre que tuviera se enteraría de a quién le pertenecía. Él se tatuó unas alas, porque le decía que sería su ángel.

–¿Estás completamente segura de que no se suicidó?

–Segurísima. Un día antes de su muerte acordamos que se vendría a vivir aquí, a mi casa. Tengo el último mensaje que me envió y en la última llamada que me hizo me dijo que iba a levantar un acta contra Ballinas. Ella quería empezar una nueva vida, olvidar todo y no saber nada de él. Había hecho el plan de llevar a sus papás a vivir a otro lado y no eran ideas al aire: mi familia tiene unos terrenos en Toluca y ahí quería construir una casa. Quería hacer su tesis para recibirse y nuevamente hablaba de su maestría. ¿Se mata alguien con tantas esperanzas en el futuro?

–¿Ella se veía firme en la decisión de dejar a Ballinas y vivir en tu casa?

–Completamente segura. Si yo la hubiera acompañado por sus cosas y luego a denunciar, ella estaría aquí.

–¿Pero por qué se enamoró de él?

Maricela levanta las cejas, mira hacia arriba, respira hondo; busca alguna cosa que contestar. Inicia, se interrumpe y empieza otra vez.

–Él le bajó la luna y las estrellas, al inicio la trató bien. A ella le parecía un hombre feo, pero la hacía sentir segura. Su anterior novio le intentó pegar, y cuando ella lo terminó, él la acosó. No sé, creyó que Ballinas la protegería por ser policía. La verdad es que no puedo entender cómo se enamoró de él, sabía que la engañaba. Yo tampoco me lo puedo explicar.

–¿Y por qué no lo dejó?

–Todos le pedíamos que lo dejara, le recordábamos que tenía una carrera, que era joven, que tenía una vida entera por delante, pero ella se sentía amenazada y creía que él podría hacer algo contra sus papás. Yo creo que sí la tenía amenazada con eso y pienso que, al final, ella le habló claro y le dijo que lo dejaría y denunciaría. Si me ponen a Ballinas de frente, yo le vuelvo a decir: tú la mataste.

SORDOS, CIEGOS Y MUDOS

Irinea y Lauro buscaron a la fiscal especializada en feminicidios, Liliana Guadalupe Rosillo Herrera, en noviembre de 2010. La funcionaria escuchó del caso, prometió que llevaría a Ballinas a prisión y pidió dos semanas para leer la averiguación previa; ella los buscaría. La pareja de adultos mayores se sentaron a esperar.

En febrero pidieron nuevamente a Rosillo unos minutos, pero no lograron su atención. Coincidieron con ella en una escalera del edificio de la Procuraduría en Toluca.

–Ahorita voy a ver. Déjeme leerla, deme quince días y vemos qué hay –pidió la fiscal.

–¿Cómo? En noviembre mi esposo y yo estuvimos aquí con usted, nos dijo que la iba a leer, que le diéramos quince días y que ni viniéramos aquí.

–Cuando haya algo yo les aviso para que se presenten, ustedes ya son mayores de edad –Rosillo sostenía la cara amable.

–¿Cómo es posible? Noviembre, diciembre, enero y febrero, y usted no la ha acabado de leer.

–Mire, señora, ¿sabe qué? Yo no trabajo bajo presión, si usted quiere hablar con el Procurador, ahí está arriba.

–Sí, cómo no, ahorita subo, sí quiero hablar con él.

–¡Rubén! ¡Rubén! ¡Rubén! –gritó Rosillo con desesperación; un hombre se acercó corriendo–. Te vas a hacer cargo de esta averiguación, porque yo con la señora no vuelvo a tratar. Ahorita va a subir con el Procurador –Rosillo se fue marcando los tacones en el piso.

–Mire, deme quince días, yo le prometo que la voy a leer y le aviso qué hay que hacer –suplicó Rubén.

–Sí, está bien.

–No suba con el Procurador, nomás va a ir a hacer corajes. Deme esos quince días, no suba –suplicó más.

Rosillo reapareció.

–Para que usted pueda hablar con el Procurador tiene que solicitar audiencia, de otra manera no la va a recibir.

Irinea volvió a Ciudad Neza. La fiscal de Feminicidios había triunfado.

–¿A quién más buscaron? –se le pregunta a Irinea.

–Recientemente al Gobernador Eruviel Ávila [del Edomex], pero tampoco nos recibió. Con Peña Nieto [el Presidente] no lo intentamos porque él se negó a aceptar la alerta de género en el Estado de México.

–Con dinero se compra todo –reflexiona Lauro mientras se frota con toda la palma la blanca y reluciente cabeza–. Se compra justicia, se compran dignidades, se compra todo.

Ballinas fue removido de Chimalhuacán tras la presión que hasta hoy continúan Irinea y Lauro. La Procuraduría mexiquense no ha hecho nada en el sentido de reabrir el caso, al contrario: lo designó comandante de la Policía Ministerial en Toluca, y luego jefe de grupo en Chimalhuacán, ahí mismo donde murió Mariana.

Para la realidad política mexiquense lo anterior no es cosa rara.

Los procuradores que conocieron del asunto fueron Alberto Bazbaz, hoy jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda, por lo que es a quien toca investigar el dinero del narcotráfico mexicano esparcido por el mundo. También fue fiscal Alfredo Castillo Cervantes, quien fuera Comisionado Federal Especial en Michoacán, estado entregado al narcotráfico.

Y era Gobernador del Estado de México Enrique Peña Nieto, quien regresó al PRI a Los Pinos gracias, lo ha dicho él mismo, al voto de las mujeres.

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