Autora: Miriam Mabel Martínez

“Materiales: cinta métrica, estambre de lana (preferentemente), agujas (números del 5 al 8) y aguja para unir. Mide la circunferencia del poste o árbol o el área a cubrirse. Monta unos 10-20 puntos y teje hasta alcanzar el largo requerido. Une y listo: haz terminado tu graffiti tejido”.

Estas son las instrucciones de Keri Smith en su libro The Guerrilla Art Kit, para practicar el Yarn Bombing, también conocido como Yarn Storming o Yarn Graffiti y “poner tu mensaje en el mundo”. No existe una fecha oficial que certifique la primera intervención tejido pública, lo cierto es que fue consecuencia del renacimiento del tejido de crochet y de agujas durante el primer lustro del siglo XXI, cuando mujeres urbanas –y algunos varones– de todas las edades salieron a las calles, cafés, plazas y transporte público a tejer, no sólo para “entretenerse”, como suele visto desde una perspectiva tradicional y conservadora (machista y feminista), para desestresarse (como practica la Yoga Knit) o para recuperar una de las ideas fundamentales del punk (hágalo usted mismo), sino como una forma de expresión.

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Tejer más que un “hobby” es un proceso de pensamiento, una herramienta para desarrollar habilidades no sólo “manuales”, como dicen con condescendencia por ahí, sino intelectuales. Esta actividad calificada “de abuelitas” genera sinapsis; no por nada es eje del sistema educativo Waldorf, que ayuda a los niños a madurar cognoscitivamente.

Al mantener las agujas en ambas manos con asignaciones distintas se aprende el concepto de lateralidad. La acción de tejer (introducir la aguja sostenida por la mano derecha en el punto montado que esta en la aguja izquierda haciendo un nudo) requiere concentración y habilidad motriz (los niños de cuatro años aprenden a tejer con los dedos y a partir de los siete, con agujas). La posibilidad de usar colores en diferentes grosores y materiales variados les enseñan flexibilidad y matemáticas. Tejer es aritmética. Aumentar y disminuir para crear modelos en los que se visualizan series numéricas, fomenta la habilidad de resolver problemas, quizá por ello, fue una actividad masculina en sus inicios.

Aunque el vestigio más antiguo de un tejido en dos agujas fue encontrado en Egipto y data del siglo XII, poco se conoce de la evolución de esta técnica desarrollada en Europa a partir del siglo XIV. Sin embargo, es clara su relación con el telar y la concepción cosmogónica de los textiles islámicos expandiéndose hacia el resto del mundo. Esta narración forma parte de la historia de la escritura universal; en este sentido, el Yarn Bombing recupera el significado original de tejer. ¿En qué momento las mujeres aprendieron a tejer? Quizá cuando se empezó a tejer en agujas, tal como lo exhiben pinturas como el “Retablo de Bexterhude” del maestro alemán Bertram, protagonizado por una virgen que teje ¡en redondo! La portabilidad contribuyó a la socialización del tejido. Pronto, el pasado masculino se borró, y el presente femenino se extiendo hacia el futuro.

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Sus orígenes narrativos fueron olvidados, como lo retratan cuadros del sigo XIX,  constriñendo su acción a la “casa”, con sus excepciones, ya que ha sido una terapia recurrente en las cárceles y un apoyo económico –y moral– en las guerras: ¿qué más acogedor que tejer para los soldados? El Yarn Storming también propone abrazar los espacios públicos. Consolidada como una tarea femenina, en el siglo XX se impuso el prejuicio; pocos la catalogan como un oficio, tal como lo es la carpintería, o una artesanía como la cerámica.

Si bien algunos artistas han utilizado el tejido como un soporte (Sophie Horn, Aurelie Mathigot, Maribel Doménech o Kari Steihaug) y ha sido una práctica unisex cotidiana en los países nórdicos, no es sino hasta los años setenta cuando se vive el primer “boom pop”. En la posguerra y con el rock de fondo, aparece la adolescencia como una nueva clase social, parafraseando al artista conceptual Dan Graham. Posteriormente, el Power Flower propone una reconexión con la naturaleza. Tejer se recobró como una acción: se trata de hacer una prenda y de tomar las riendas: hacerlo uno mismo y como una expresión alternativa. El “Nanny Square” se consolidó como una de las rúbricas de la cultura hippie.

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EL TEJIDO SOCIAL

Tejer como una forma de vida alternativa hecha a mano, pronto fue absorbido por el Mainstream. Hacia finales de los setenta se popularizaron los estambres de acrílico, y en los ochenta se consolidaron los modelos en dos agujas con hombreras.

En esa época aprendí a tejer. No me enseñó ni mi abuelita ni mi mamá, sino mi prima veinteañera temprana, quien sin ser hippie ni punk ni ñoña, encontró en el tejido una forma de relacionarse con el mundo más allá de prejuicios feministas que empezaban a rondar. Aprendí derecho y revés, exploré en su compañía las posibilidades creativas del tejido, peiné las tiendas de estambre del Distrito Federal: Correo Mayor y República de Uruguay, y descubrí las tiendas departamentales Palacio de Hierro y Liverpool desde sus mercerías. Esa libertad se vio maniatada al entrar a la universidad. Entonces, experimenté el prejuicio. Mis compañeros progresistas no estaban preparados para discutir sobre la historia del rock o la igualdad de género con una chica tejedora con look Grunge. ¿Qué pasó con la tolerancia? Para el mundo postfeminista de los noventa, esta visión iba en contra de sus creencias: un fantasma de las épocas de sumisión. Así que me asumí tejedora de clóset, hasta que el NYC Post September 11th me descubrió una comunidad de tejedoras que empezaban a apropiarse de los espacios públicos, en la tradición de las Guerrilla Girls.

Durante el primer lustro del siglo XXI no sólo el futuro aceleró al presente, el capitalismo salvaje trajo –como uno de los efectos secundarios del hiperconsumismo global– la necesidad de regresar a lo local. Lo Glocal como una recuperación de lo natural y como un estilo de vida más sustentable. Dentro de esta tendencia ecléctica, tejer recobró su poder expresivo y empezó a vestir a las ciudades trazadas “masculinamente”, como señala Emma Arnold, especialista en medio ambiente, quien apunta que estas apropiaciones son comentarios que domestican el espacio público desde una perspectiva femenina.

Si bien a partir del año 2000 se empezaron a ver grupos de mujeres y hombres tejiendo en cafés, librerías y lugares de trabajo, como en los sets de grabación (Betty Davis solía hacerlo ya) pero el prejuicio no cesó. En 2005, mientras la texana Magda Sayeg, considerada la “mamá” de Yarn Bombing, cubría de crochet la puerta de su boutique en Houston (atrayendo a otras tejedoras que replicaron este tag en distintos lugares hasta crear el grupo llamado Knitta Please), las tejedoras mexicanas seguían en el anonimato, tejer aún resultaba de mode para los conservadores y políticamente incorrecto para los progresistas. ¿Para qué tejer si se puede comprar hecho? ¿Por qué regresar a una práctica “femenina” después de todo lo ganado por la igualdad de género?

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En 2008, Absolut Vodka patrocinó a Sayeg para cubrir un camión en la Plaza Luis Cabrera, en la colonia Roma, en el DF. En 2009, las canadienses Mandy Moore y Leanne Prain publicaron el libro Yarn Bombing: The Art of Crochet and Knit Graffiti. En 2010 se declaro el 11 de junio Día Internacional del Yarn Bombing; grupos de todo el orbe salieron a los parques a cubrir postes, bancas, árboles, rejas y monumentos. En 2011 las chilangas, por fin, invadieron el Parque España y, en 2012, convocadas por Letras Voladoras, se apropiaron de la Plaza Río de Janeiro. Estas intervenciones masivas son efímeras, muy pocas sobreviven, ya que para la ley se trata de vandalismo. Este estigma no ha limitado a ninguna grafitera del estambre.

La británica Lauren O’Farrel –conocida como Deadly Knitshade– fundó Knit the City, clan que no se ha conformado con vestir postes o puentes, sino que propone ejercicios narrativos, como una diminuta manada de ovejas que cruza el río Támesis por el Puente del Milenio o su apropiación –junto con otras activistas como Knitting Ninja y Lady Loop– del tunel de la calle Leake, debajo de la Estación Waterloo, en el cual colocaron 13 arañas con redes e insectos. Entre sus proyectos más exitosos está “Knitmare Before Christmas”. El ala británica de este movimiento sustituyó la palabra Bombing por Storming, simplemente porque es más creativo, afirma O’Farrell, cuya primera pieza fue ponerle bufandas a los leones de Trafalgar Square. “Soy más artista que tejedora”, declaró al diario The Guardian en octubre de 2010, y tiene razón: su propuesta no se limita a “cubrir”.

La artista Agata Oleksiak ha envuelto bicicletas y estatuas en tejidos de colores llamativos desde 2003, una de sus obras representativas es “Charging Bull” (el toro de Wall Street enfundado en un tejido morado y rosa). Magda también ha cruzado la frontera hacia el arte: el Museo de Arte de Austin la invitó a cubrir 99 árboles frente al recinto y, sin embargo, a diferencia de Agata, no le incomoda el término de Yarn Bomber. ¿Cuál es la diferencia?

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Aunque el Yarn Bombing ha estallado internacionalmente, una pieza de arte se distingue de un tag, por la intención. Muchas de estas tejedoras plantean una filosofía, una idea que desarrollan desde lo que Nicolas Bourriaud llama estética relacional, su propuesta no se limita a una “chambrita para un árbol”, es un argumento. También es cierto que existen tejedoras a quienes sólo les interesa unirse a este movimiento desde el anonimato, quieren participar pero no decir. Hay otras y otros que optan por el camino solitario. En lo colectivo y en lo individual, tejer es incluyente y democrático. Hay lugar para todos; para los que quieren agilizar su pensamiento, los que buscan métodos para mejorar la concentración, los que aprenden un hobby productivo, los que hacen comunidad, los que quieren aprender un oficio o los que lo viven como una acción artística. Todos pueden explorar el lado creativo del Yarn Bombing, que poco a poco se consolida como una versión más acogedora del graffiti, sin abandonar de su parte política ni contestataria.