“Creo en el día del juicio final y en la vida eterna, pero empecé a creer también en el terror de la muerte, en el miedo ante la impenetrable negrura”, escribe Meša Selimović en El derviche y la muerte

Ciudad de México, 20 de abril (SinEmbargo).– Meša Selimović, autor de El derviche y la muerte, es considerado como uno de los grandes exponentes de la literatura serbia y de Bosnia y Herzegovina.

El autor nació en abril de 1910 y murió en julio de 1982.

SinEmbargo comparte un fragmento del libro El derviche y la muerte, de Meša Selimović. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

***

PRIMERA PARTE

Inicio este relato mío por nada, sin ningún provecho para mí ni para los demás, por una necesidad más fuerte que el provecho y la razón, para que de mí quede mi propia memoria, el tormento escrito sobre la conversación conmigo mismo, con la remota esperanza de que alguna solución se encontrase a la hora de hacer cuentas, si es que se hicieren, al dejar la huella de tinta sobre este papel que me espera como un desafío. No sé qué es lo que será anotado aquí, pero en los ganchos de las letras se quedará algo de lo que estaba ocurriendo en mis adentros sin desaparecer en los torbellinos de la niebla como si no hubiera existido o como si yo no supiera qué fue lo sucedido. Así podré ver cómo he ido cambiando, podré ver ese asombro que desconozco, y me parece asombro porque no siempre fui lo que soy ahora. Estoy consciente de que escribo de manera confusa, mi mano tiembla por el desenlace que me aguarda,por el juicio que estoy empezando, en el cual soy todo: juez, testigo y acusado. Voy a ser todo tan honestamente como pueda, como cualquiera podría, porque comienzo a dudar de que la sinceridad y la honestidad sean lo mismo. La sinceridad es la convicción de que uno dice la verdad (¿y quién puede estar convencido de ello?), mientras que honestidades hay muchas y, entre sí, no concuerdan.

Mi nombre es Ahmed Nurudin.1 Me lo dieron y yo lo tomé con orgullo, pero ahora pienso en él con asombro y a veces con sorna, tras una larga serie de años que se me pegaron como la propia piel, porque la luz de la fe es una soberbia que yo ni siquiera había sentido y ahora me da, incluso, un poco de vergüenza. ¿Qué luz soy yo? ¿Qué es lo que me ilumina? ¿Conocimiento?, ¿un saber superior?, ¿un corazón puro?, ¿un camino correcto?, ¿el no dudar? Todo se pone en duda y ahora soy sólo Ahmed, ni sheij ni Nurudin. Todo se desprende de mí, como vestimenta, como coraza, y queda lo que hubo antes de todo, la piel desnuda y el hombre desnudo.

Tengo cuarenta años, una edad fea: todavía se es joven para tener deseos, pero ya viejo para realizarlos. Es cuando en todo hombre se apagan las inquietudes y se refuerzan los hábitos y la seguridad adquirida para la impotencia venidera. Y yo apenas estoy haciendo lo que debí hacer hace mucho, cuando el cuerpo rebosaba lozanía, cuando el sinfín de caminos era bueno y todas las equivocaciones resultaban tan útiles como las verdades. Qué lástima que no tenga diez años más, porque la vejez me libraría de rebeliones, o diez años menos, pues me daría igual. Porque treinta años es juventud, lo creo ahora cuando me he alejado de ella irremediablemente, la juventud que no teme a nada, ni siquiera a sí misma.

Dije una palabra extraña: rebelión. Y detuve la pluma sobre el renglón uniforme donde quedó impresa una duda, demasiado fácilmente pronunciada. Por primera vez llamé a mi pena de esta manera, pero nunca antes pensé en ella, ni la llamé con ese nombre. ¿De dónde vino esa palabra peligrosa? Y, ¿es sólo una palabra? Me pregunto si no sería mejor parar esta escritura para que todo no resulte aún más difícil de lo que es. Porque si ella, por vías inexplicables, saca de mí incluso lo que no quería decir, lo que no era mi pensamiento, o es mi pensamiento desconocido que se ocultaba en la oscuridad de mi ser, apresado por la excitación, por el sentimiento que ya no me obedece, si todo es así, entonces la escritura es una exploración implacable, la obra de Shaitán,2 y tal vez sería mejor quebrar este cálamo con la punta cuidadosamente cortada, vaciar el divit3 sobre la losa ante la tekia4 para que la mancha negra me recuerde que jamás debo acudir a esa magia que despierta a los malos espíritus. ¡Rebelión! ¿Es sólo una palabra o un pensamiento? Si es pensamiento, entonces es mi pensamiento o mi equivocación. Si es equivocación, pobre de mí; si es verdad, pobre de mí aún más.

Pero yo no tengo otro camino, no puedo decírselo a nadie excepto a mí mismo y al papel. Por esto sigo trazando los renglones imparables de derecha a izquierda, de un borde abismal al otro, de un pensamiento abismal al otro, en largas hileras que quedarán como testimonio o acusación. ¿Acusación de quién? Dios todopoderoso, tú que me abandonaste al mayor tormento humano, el de entretenerse consigo mismo, ¿de quién?, ¿contra quién? ¿Contra mí o contra los demás? Ya no hay salvación, esta escritura es tan inevitable como vivir o morir. Será lo que debe ser y es mi culpa ser lo que soy, si es que hay culpa en ello. Me parece que todo está cambiando radicalmente, todo en mí está temblando desde el cimiento mismo, y el mundo se bambolea conmigo, porque si dentro de mí está el desorden, también él carece de orden, no obstante, lo que está ocurriendo ahora y lo que ya pasó se deben a una misma razón: yo quiero y debo respetarme a mí mismo. Sin eso, no tendría fuerzas para vivir como hombre. Tal vez resulta ridículo, fui hombre con lo de ayer y quiero ser hombre con lo de hoy, uno diferente, quizás opuesto, pero eso no me preocupa, porque el hombre es cambio y es malo no obedecer a la conciencia cuando aparece.

Soy sheij de la tekia de la orden mevlevi, la más numerosa y más pura, y esta tekia donde vivo se encuentra a la salida de la kasaba,5 entre las negras y grises cañadas que tapan la extensión del cielo dejando sólo un tajo azul encima, como una caridad mezquina y un recuerdo de la vastedad del cielo de la infancia. No me gusta ese recuerdo remoto, me atormenta cada vez más como una posibilidad desperdiciada, aunque ignoro cuál. Comparo de manera completamente confusa los bosques frondosos encima de la casa paterna, los campos y plantaciones frutales en torno a la laguna, con el desfiladero en el que estamos atrapados la tekia y yo, y me parece que hay muchas similitudes entre ese estrechamiento dentro de mí y el de mi alrededor.

La tekia es bonita y espaciosa, suspendida sobre el riachuelo que se abre paso a través de la piedra desde las montañas, con un jardín y una rosaleda, con una pérgola sobre la veranda y una larga divanhana6 cuyo silencio, suave como algodón, es aún más tenue por el diminuto gorgoteo del riachuelo de abajo. La casa, el antiguo harem de sus antepasados, fue donada a la orden por el rico Alija Džanic´ para que fuera un lugar de encuentro de los derviches y el refugio de los pobres, «porque ellos son los que traen el corazón roto». Con rezos e incienso hemos lavado el pecado de esta casa y la tekia adquirió la fama de un lugar sagrado, a pesar de que no logramos ahuyentar por completo las sombras de las mujeres jóvenes. A veces parecía que se paseaban por los aposentos despidiendo sus aromas.

Todos sabían, por eso no lo escondo —de otra manera esta escritura sería una mentira de la que tendría conocimiento (ya que de la mentira que se desconoce, con la que uno engaña inconscientemente, nadie es culpable)—, que yo era la tekia y su fama y su santidad, su cimiento y su techo. Sin mí, ella hubiera sido una casa de cinco aposentos, igual a las demás, pero conmigo se volvió el baluarte de la fe. Era la defensora y protectora de la kasaba frente a los males conocidos e ignorados, porque más allá no había otras casas. Los espesos mušepci7 y la pared gruesa alrededor del jardín hacían nuestra soledad aún más firme y segura, pero la puerta siempre estaba abierta para que entrara todo aquel que necesitaba consuelo y expiación de pecado, y nosotros recibíamos a las personas con una palabra cálida, a pesar de que escaseaban más que los infortunios y mucho más que los pecados. No soy soberbio por ese servicio mío, aunque es un verdadero servicio a la fe, sincero y total. Consideraba mi deber y fortuna protegerme a mí y a los demás del pecado. A mí mismo también, es vano ocultarlo. Los pensamientos pecaminosos son como el viento, ¿quién va a detenerlos? Y no creo que éstos sean un gran mal. ¿En qué consistiría la religiosidad si no hubiera tentaciones que dominar? El hombre no es Dios y su fuerza radica justamente en dominar su naturaleza, así solía pensar, y si no tiene nada que dominar, ¿en qué consiste el mérito? Ahora lo pienso de otra manera, pero no debo mencionar lo que ha de venir a su tiempo. Habrá tiempo para todo. Sobre las rodillas tengo el papel que tranquilo espera recibir mi carga sin que yo me hubiese liberado de ella ni él mismo la sintiera; me aguarda una noche larga, sin sueño, y muchas largas noches más. Tendré tiempo para todo, haré todo lo que debo para acusarme y defenderme. No hay prisa, porque me doy cuenta de que existen cosas de las que puedo escribir ahora, y después, tal vez, nunca más. Cuando llegue la hora y el deseo de decir otras cosas, será su turno. Siento que están apiladas en los almacenes de mi cerebro y tiran una de otra porque están vinculadas, ninguna vive sólo para sí y, sin embargo, hay cierto orden en ese alboroto y siempre una de ellas, no sé cómo, salta por entre las demás y sale a la luz para mostrarse, para azotar o consolar. A veces se empujan, arremeten una contra la otra, impacientes, como si temieran no ser pronunciadas. Despacio, hay tiempo para todo, me lo he dado a mí mismo; un juicio tiene careos y testimonios, yo no voy a evadirlos y al final seré capaz de llegar a mi propia sentencia, porque se trata sólo de mí, de nadie más, sólo de mí. El mundo se volvió de repente un secreto para mí, así como yo llegué a serlo para él; nos paramos el uno frente al otro, nos miramos con sorpresa, no nos reconocemos, ya no nos entendemos.

Pero, es mejor que regrese de nuevo a mí y a mi tekia. La he querido y la sigo queriendo. Es silenciosa, limpia, es mía, en verano huele a tanaceto, en invierno a nevada fuerte y a viento, la quiero también porque se volvió famosa por mí y porque conoce los secretos que no he dicho a nadie, que escondía incluso de mí mismo. Es templada, tranquila, en su techo por la mañana arrullan las palomas, la lluvia cae sobre las tejas y murmura; también ahora está cayendo, constante y duradera, a pesar de que es verano, corre por los canalones de madera hacia la noche que se tendió amenazadora sobre el mundo, temo que jamás se vaya, pero espero que el sol se asome pronto; la quiero porque estoy protegido por la paz de mis dos cuartos, en los que puedo estar a solas cuando descanso de la gente.

El riachuelo se parece a mí, a veces abundante e impulsivo, pero más a menudo quieto, silencioso. Me molestó cuando lo represaron debajo de la tekia y con una zanja lo obligaron a ser obediente y útil, a rodar la rueda del molino a través del saetín, así como me alegró cuando crecido destruyó el dique y corrió libre. Aunque sabía que sólo domado podía moler el trigo.

Pero he aquí, las palomas en el desván se anuncian con un arrullo bajo, la lluvia sigue chorreando, ya lleva días así y ellas no pueden salirse del alero, es el anuncio del día que aún está por llegar. La mano con la que sujeto el cálamo se durmió, la vela silenciosamente tose y salpica las diminutas chispas defendiéndose de la muerte, y yo observo los renglones largos de las letras, las miras de los pensamientos y no sé si los he matado o revivido.

2. 

Todo empezó a enredarse hace dos meses y tres días; al parecer, contaré el tiempo desde aquella noche de San Jorge, porque ése es mi tiempo, el único que me importa. Mi hermano ya llevaba diez días encerrado en la fortaleza.

Yo caminaba por las calles aquel día, antes de oscurecer, en vísperas del día de San Jorge, demasiado amargo e inquieto. Sin embargo lucía tranquilo, uno se acostumbra a fingir; caminaba con un paso que no dejaba ver la excitación, porque el cuerpo se encarga del disimulo, concediendo la libertad de ser como uno quiere en la oscuridad de la invisible reflexión. Lo que más me hubiera gustado habría sido salir de la kasaba a esa hora silenciosa del ocaso para que la noche me encontrara solo, pero mi trabajo me llevaba en la dirección opuesta, hacia la gente. Iba de sustituto por la enfermedad de hafiz1 -Muhamed, a quien había mandado llamar el viejo Džanic´, nuestro benefactor. Yo sabía que éste llevaba meses enfermo y que, tal vez, nos llamaba antes de morir. También sabía que era su yerno, el cadí Ajni-efendi2 quien escribió la orden de encarcelar a mi hermano. Por eso acepté ir de buena gana, esperando algo.

Mientras me conducían por el patio y la casa, iba como siempre acostumbrado a no ver lo que no me incumbía, porque así estaba más cerca de mí mismo. Abandonado en el largo pasillo, aguardaba a que la noticia de mi presencia llegara donde era necesario, escuchaba el silencio total como si nadie viviera en esa gran residencia, como si nadie se moviera por los pasillos y los aposentos. En el mutismo de una vida contenida, junto a un moribundo que aún seguía respirando en algún lugar aquí, en el silencio de los pasos que morían en los tapetes y las conversaciones murmuradas en voz baja, la vieja madera de las ventanas y los techos rechinaba con un crujido apenas perceptible. Observando cómo la noche lentamente cercaba la casa con sus sombras de seda y temblaba sobre los cristales de las ventanas con los últimos reflejos de la luz del día, pensaba en el anciano y en lo que le diría en nuestro último encuentro. No era la primera vez que yo hablaba con un enfermo, no era la única vez que enviaba a un moribundo al gran viaje. La experiencia me ha demostrado, si es que para eso se necesita alguna experiencia, que todos sienten miedo ante lo que les espera, ante lo desconocido que ya está pulsando, sin descubrirse, en un corazón moribundo.

Yo decía, consolando:

La muerte es el conocimiento seguro, lo único que sabemos que nos va a alcanzar. No hay excepciones ni sorpresas, todos los caminos llevan hacia ella, todo lo que hacemos es la preparación para ella, una preparación desde el momento de soltar el primer llanto al golpear el suelo con la frente, cada vez más próximos y jamás alejándonos de ella. Pues, si es la certidumbre, ¿por qué nos asombra su llegada? Si esta vida es un paso breve que dura sólo un instante o un día, ¿por qué luchamos para prolongarlo un día, un instante más? La vida terrenal es engañosa, la eternidad es mejor.

Decía:

¿Por qué tiemblan sus corazones de miedo cuando sus piernas se enroscan en el tormento de la agonía? La muerte es la mudanza de una casa a otra. No es una desaparición, sino el segundo nacimiento. Al igual que la cáscara de huevo se rompe cuando el polluelo alcanza su desarrollo completo, así llega la hora de que el alma se separe del cuerpo. La muerte es la inminencia en la inevitable transición al otro mundo, donde uno alcanza su pleno apogeo.

Decía:

La muerte es la decadencia de la materia, no del alma.*

Decía:

La muerte es el cambio de estado. El alma empieza a vivir sola. Mientras no se separaba del cuerpo, agarraba con la mano, veía con el ojo, escuchaba con el oído, pero conocía la esencia de las cosas por sí sola.*

Decía:

El día de mi muerte, cuando vayan a cargar mi tabut,3 no pienses que voy a sentir dolor por este mundo.

No llores ni digas: qué lástima, qué lástima. Es mayor lástima cuando se echa a perder la leche.

Cuando veas que me colocan en la tumba, yo no desapareceré. ¿Acaso desaparecen el sol y la luna cuando se ponen?

A ti te parece que es la muerte, pero es el nacimiento. La tumba te parece una mazmorra, pero el alma se ha vuelto libre.

¿Qué semilla no brota al colocarse en la tierra? ¿Por qué entonces dudas de la semilla humana?*

Decía:

Sé agradecido, hogar de Davud. Y di: ha llegado la verdad. Ha llegado la hora. Porque cada uno recorre su propia trayectoria hasta cierto momento. El Dios los crea en los vientres de sus madres y de una forma los convierte a otra, dentro de la oscuridad tres veces opaca. No sientan tristeza, alégrense por el paraíso que les fue prometido. Oh, esclavos míos, hoy para ustedes no hay miedo y no estarán tristes. Oh, alma sosegada, regresa a tu dueño contenta, porque él está contento contigo. Entra donde están mis esclavos, entra en mi paraíso.*

Decía eso una infinidad de veces.

Pero ahora no estoy seguro de que deba decir lo mismo al anciano que me está esperando. No por él, sino por mí mismo. Por primera vez —¿cuántas veces voy a decir en estos días: por primera vez?— la muerte no me parecía tan sencilla como yo la creía al tratar de convencer a los demás. Lo que pasó fue que tuve un sueño terrible. Estaba de pie en un espacio vacío, encima de mi hermano muerto, el tabut cubierto de fieltro morado se hacía largo bajo mis pies, alrededor mío pero lejos, la gente estaba parada en círculo. No veo a nadie, no conozco a nadie, sólo sé que cerraron el círculo en torno nuestro y me dejaron solo en el penoso silencio encima del muerto. Encima del muerto a quien no puedo decir: ¿por qué tiembla tu corazón? Porque también tiembla el mío, me asusta el sordo silencio. Me duele el secreto cuyo sentido no alcanzo a ver. Hay sentido, decía yo, defendiéndome del terror, pero no lo podía encontrar. Levántate, decía yo, levántate. Pero él estaba escondido por la oscuridad, en la niebla de la desaparición, en la oscuridad verdusca como por debajo del agua, un ahogado en las ignotas vastedades.

¿Cómo decirle ahora al moribundo: Camina obediente por los caminos de tu señor, cuando me inunda el escalofrío de esos caminos escondidos que mi conocimiento minúsculo ni siquiera puede adivinar?

Creo en el día del juicio final y en la vida eterna, pero empecé a creer también en el terror de la muerte, en el miedo ante la impenetrable negrura.

Aún no había decidido nada cuando me llevaron a uno de los cuartos; me conducía una joven y yo iba con los ojos fijos en el suelo para no mirarle la cara, para idear algo. Te voy a mentir, viejo, Dios lo perdonará, porque diré lo que tú estás esperando y no lo que yo, confundido, estoy pensando.

Él no estaba allí. Sin levantar la mirada, sentí que en la habitación faltaba el pesado olor a enfermo que, después de muchos días de guardar cama, no se puede quitar con nada, ni con la limpieza ni con ventilación ni con incienso.

Cuando miré en busca del enfermo crónico que no olía a muerte, vi sentada en la sec´ija4 a una mujer tan hermosa que hacía recordar la vida más de lo que podría ser deseable.

Es extraño, tal vez, que yo diga eso, pero realmente fue así: me sentí incómodo. Razones podía haber muchas. Me estaba preparando para ver al viejo moribundo, yo mismo, además, agobiado por los pensamientos oscuros, pero me encontré ante su hija (¡jamás la había visto, pero sabía que era ella!). No soy hábil en las conversaciones con mujeres, sobre todo con las mujeres de su belleza y su edad. Alrededor de los treinta, me parece. Las muchachas jóvenes se imaginan la vida y creen en las palabras. Las ancianas temen a la muerte y con suspiros escuchan sobre el paraíso. Pero éstas conocen el valor de todo lo que pierden y ganan y siempre tienen sus propias razones, que pueden ser extrañas, pero rara vez son ingenuas. Sus ojos maduros son libres aun estando cerrados, embarazosamente abiertos aun cuando se ocultan detrás de las pestañas. Lo más incómodo es que sabemos que ellas saben más de lo que muestran y nos toman la medida con sus extraños criterios que difícilmente llegamos a conocer. Su curiosidad desengañada, que irradia aun cuando se esconde, es protegida por su hermetismo, si así lo desean. Y nosotros, ante ellas, no tenemos ninguna protección. Convencidas de su fuerza que no utilizan, guardándola como un sable en la vaina pero con la mano siempre en el puño, ven en nosotros a un posible esclavo o a un ser despreciable, injustificadamente orgulloso de su fuerza inútil. Esa loca soberbia es tan convincente que es efectiva aun cuando la despreciamos. A pesar de su seguridad, queda en el hombre un miedo ante una posibilidad desconocida, un sortilegio, una fuerza secreta del iblis.5

Esta mujer además tenía una fuerza particular que no era estrictamente suya, sino de la especie a la que pertenecía. Su porte y sus movimientos seguros, autoritarios (como cuando me indicó que me sentara), parecían atenuados, suavizados por algo que yo no sabía determinar, tal vez por el viejo hábito, por el tenue brillo de los ojos sombreados con surma6 en la abertura del velo, por el brazo que doblado cual cuello de cisne sostenía un extremo de la delgada tela, por el extraño encanto que emanaba de ella como una maravilla.

Hija del iblis, pensaba dentro de mí el campesino y maldecía el derviche, ambos sorprendidos.

La oscuridad se introducía en el cuarto, sólo blanqueaban su velo y su mano. Estábamos sentados casi en los extremos opuestos del cuarto, pero entre nosotros había una distancia insuficiente y una tensa expectación.

—He llamado a hafiz-Muhamed —dijo protegida por la penumbra. Estaba molesta. O a mí me pareció así.

—Me pidió que viniera en su lugar. Está enfermo.

—Da igual. Tú también eres amigo de nuestra casa.

—Lo soy.

Yo quería decir algo más, y más solemne: no sería digno de la palabra humana si no fuera su amigo, ni merecería la atención de nuestro benefactor, esta casa está escrita en nuestros corazones, etcétera, algo como en un poema, pero salió mutilado.

Entraron las jóvenes con velas y agasajos.

Yo estaba esperando.

Las velas entre nosotros se estaban consumiendo sobre la redonda mesita ubicada a un costado. Ella parecía más cercana, más peligrosa. Yo ignoraba lo que estaba tramando.

Pensaba que me habían llamado por su padre y hubiera venido aun si no esperara un milagro, una posibilidad oculta, un evento afortunado para tratar de salvar a mi hermano. Entre las conversaciones sobre la muerte y el paraíso acomodaría en algún lugar una palabra con la que pediría piedad para él, tal vez el viejo ayudaría, tal vez haría una obra de caridad en vísperas del gran viaje desconocido, tal vez con eso dejaría un legado. Tal vez. Porque antes de morir, recordamos que dos ángeles se sientan en nuestros hombros y anotan nuestras buenas y malas obras y de pronto nos importa mejorar nuestra cuenta, y es difícil que podamos morir de modo más útil que mostrando generosidad, que queda fresca, sin arranciarse, tras nosotros. Podría ayudarme a mí y también a sí mismo. A Ajni-efendi le importa más no quedar mal con su acaudalado suegro que detener a un pobre en la cárcel, si Aliaga decidiera que la liberación sencilla de éste, sin sacrificios ni penas, fuera el escalón en su camino hacia el paraíso. Nunca obtendría algo con tanta facilidad y no creo que lo rechazaría.

Pero de ella no sabía nada, ni de qué podría hablar conmigo ni para qué podría servirle. No lograba adivinar ningún vínculo entre nosotros dos.

Estábamos uno frente al otro, como dos guerreros con armas en sus espaldas, como dos rivales con intenciones ocultas, que serían mostradas al iniciar el ataque. Yo estaba a la espera para ver qué ocupar y qué arrebatar, la esperanza aún seguía viva dentro de mí, pero ya no era tan firme como antes, esta mujer era demasiado joven y bella para pensar en los ángeles que contaban nuestras obras. Para ella sólo existía este mundo.