Este año Glantz celebra 90 años de edad y aunque tenía diversas presentaciones editoriales en algunas ferias del Libro en Latinoamérica, la pandemia trajo otros planes. Con El rastro, la autora mexicana ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2003 otorgado por la FIL Guadalajara, además de resultar finalista del Premio Herralde de Novela en 2002.

Por Enrique Mendoza Hernández

Ciudad de México, 20 de mayo (Zeta).- La muerte, el amor y la vida “como una herida absurda”, es lo que Margo Glantz narra en El rastro, novela publicada originalmente en 2002, reeditada en 2019 por Editorial Laguna en Colombia y por Editorial Almadía de México.

Con El rastro, Glantz ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2003 otorgado por la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, además de resultar finalista del Premio Herralde de Novela en 2002, certamen que en ese año ganó Enrique Vila-Matas, recordó en entrevista con ZETA la autora mexicana:

“Me siento muy bien que lo vuelvan a publicar porque pienso que es un libro importante, por lo menos para mí; entonces, está muy bien que se lea en diversos lugares. En México estaba inédito, lo leyó alguna gente, pero ahora con Almadía se está leyendo más. En Colombia se leyó muy bien, he tenido muy buenas reacciones, lo cual me parece muy importante. El rastro es muy importante para mí, lo escribí con una gran devoción. Originalmente se publicó en Anagrama en España, fue finalista del concurso de Anagrama de 2002, competí con Enrique Vila-Matas”.

EN UN VELORIO

En El rastro, Margo Glantz cuenta la historia de Nora García, quien asiste al velorio de su ex marido Juan, quien murió de un infarto. A manera de monólogo, mientras transcurren las honras fúnebres, Nora empieza a reflexionar o narrar sobre la vida y la muerte, la música o la literatura.

“El origen de El rastro es el entierro, luego viene toda la elaboración de ese entierro, el velorio y la relación con la música. Decidí que los protagonistas iban a ser músicos porque me interesaba mucho trabajar el tema de las variaciones, en música es muy común y corriente, tengo numerosísimos discos de autores que hacían variaciones: Bach, Mozart, Beethoven, Schumann; todos ellos trabajaban variación como un elemento importantísimo de la música, que en la literatura es menos frecuente y más visto con un poco de sospecha”, dijo la autora.

—Aunque en el epílogo alude Usted a un tango, ¿de dónde viene la idea “la vida es una herida absurda”, que se repite constantemente en El rastro?

—El rastro es un libro de variaciones donde trabajo el problema de la variación como un elemento fundamental de la narrativa, aludiendo a la música como un ejemplo. La música en general, no solo la música clásica, sino la música popular. “La vida es una herida absurda” viene del tango “La última curda”, cantado por Roberto Goyeneche. Creo que hay una referencia muy explícita con la novela, es decir, el amor, la muerte, la idea del amor como una herida absurda y la vida como una herida absurda, está planteada desde el nivel más alto y el nivel más popular en la novela que trabaja sobre diferentes realidades.

Me parece tan importante la música popular, el tango, es decir, todo lo que tiene que ver con el sentimiento y a su vez con el corazón, otro de los elementos fundamentales del libro, no sólo la música, sino el corazón; el corazón y la música se relacionan por el ritmo, sin ritmo musical no hay música, y sin ritmo corporal no hay vida.

ENTRE AUTORES CLÁSICOS

Además de la música clásica, “El rastro” es también un recorrido por la literatura universal. En la entrevista con ZETA, Margo, hija de Jacobo Glantz y Elizabeth Shapiro, nacida el 28 de enero de 1930 en Ciudad de México, contó cómo fue su acercamiento a los autores que deambulan por El rastro, entre ellos Dostoievski y Pedro Calderón de la Barca.

“Yo vivía de la literatura, leía muchísimo desde los nueve años gracias a mis padres: leía ‘Los tres mosqueteros’ de Dumas, leía a Julio Verne, leía a Dostoievski a los 15 años, pero desde los 12, 13, 14, 15, ya leía muchísimo; luego a los 15 años entré a una organización sionista que tenía una biblioteca circulante muy buena, empecé a leer a Thomas Mann, a Kafka, Hermann Broch, Wassermann. Muchos norteamericanos como John Dos Passos, Theodore Dreiser, Steinbeck, Poe, Hawthorne”, recordó.

“Mi papá nos regalaba mitología griega simplificada para niños, y desde muy niña sabía quiénes eran Perseo, Teseo, Casandra; además, mi padre tenía a Shakespeare, a Calderón de la Barca, a Cervantes, estaban ahí, los leí muy joven, no entendía mucho, pero los leí: la literatura fue y es lo más importante para mí”.

—¿Cómo descubre a Dostoievski y Calderón de la Barca, ambos presentes en El rastro?

—Desde los 9 años leía muchísimo. Mi padre tenía una biblioteca y yo siempre estaba leyendo, fui una niña tímida que leí vorazmente toda mi vida desde muy niña, y sigo leyendo vorazmente, además, fui profesora de literatura. A Calderón de la Barca mi padre lo tenía en un libro de la editorial Aguilar, como tenía a Shakespeare; leí, por ejemplo, ‘El rey Lear’ sin entenderlo en absoluto, como a los 11 años, pero también leí a García Lorca. Mi padre también lo tenía en esas ediciones, en fin, me asomaba yo a esos libros y los leía sin entenderlos, pero luego fueron autores fundamentales tanto en mis lecturas preferidas como en mis lecturas de clase.

Creo que todos los autores que uno lee acaban formando parte de la digestión espiritual de cada quién y acaban siendo parte importante de lo que es uno, y sin que se pueda ya deslindar cual es la parte que les corresponde a ellos y cuál a nosotros. Creo que los asimilamos como asimilamos la comida, que acabamos reproduciendo de otra manera cosas que nos interesaron de ellos, porque nos emocionaron, diría yo, más bien.

Foto: Abraham Aréchiga, Gaceta UDG

—“A morir muriendo vamos”, célebre verso de Calderón de la Barca, es otra de las ideas presentes en “El rastro”.

—El rastro trata de varios estratos donde lo popular y lo más culto se tocan, trabajo los autores que para mí han sido muy importantes, he trabajado muchísimo a Calderón de la Barca, tengo un libro inédito sobre él. Antes de que le pusiera yo ‘El rastro’ le iba a yo a poner ‘A morir muriendo vamos’, porque es un verso de Calderón que me interesa muchísimo, me parece maravilloso, Calderón constantemente está manejando esa idea, que en realidad es un lugar común, ‘a morir muriendo vamos’, pero no es un lugar común ponerlo en verso porque el verso es muy bello, como ‘la muerte nos anda hablando’ de Rulfo, son frases que traducen lo que todos sentimos, pero de una manera extraordinaria”.

—En El rastro tampoco puede faltar El idiota de Dostoievski en la idea de la reflexión alrededor de un difunto…

El idiota es un libro que me ha marcado toda la vida y me parece importantísimo como un paralelismo a lo que estoy diciendo, me ayuda a expresar sentimientos que despertó extraordinariamente bien y que me siguen apasionando, que sigo leyendo constantemente”.

EL MONÓLOGO DE EL RASTRO

—En El rastro destaca la narración en primera persona en voz de Nora García, mientras transcurren las honras fúnebres de Juan, su ex marido músico.

—Nora García es un personaje que va a un entierro, que está en un velorio, que se siente al mismo tiempo parte y absolutamente extraña a lo que está pasando, aunque durante un tiempo vivió en esa casa, conoció perfectamente las habitaciones, el jardín; sin embargo cuando regresa después de muchos años todo le parece extraño, la gente que asiste al velorio le parece siniestra, entonces hay un pensamiento o relación con lo que está viviendo, y al mismo tiempo hay una especie como de necesidad de alejamiento, de no sentir ningún dolor ante la muerte de un ser querido y verlo con ojos absolutamente como de una gente que va a un velorio de cualquier persona y ve con curiosidad, y entonces escribe sobre ellos, es lo que hice”.

—¿Por qué el monólogo es la mejor manera para reflexionar sobre la vida, el amor y la muerte en El rastro?

—Uno tiene un tema, una obsesión, una anécdota, y tiene que encontrar una forma especial de hacerla literatura, escribirla; es decir, la muerte, el amor, etcétera, ¿quién no ha tenido relación con el amor y la muerte? Todos. Ahora, ¿cómo hacer que esa relación tenga una estructura diferente en cada libro? Creo que es lo que se plantea cada escritor, entonces, traté de hacerlo de esa manera. Fue surgiendo poco a poco, fue un libro que se fue escribiendo con varios intentos de escritura, hasta que logré esa forma específica que dio resultado en El rastro.

—¿De dónde provienen los nombres de Juan y Nora?

—Las cosas van saliendo poco a poco, no sé exactamente la genealogía de los nombres. He leído mucho, por ejemplo, cómo trabajó Rulfo los nombres de ‘Pedro Páramo’ en sus cuadernos y es impresionante cómo fueron cambiando los nombres y cómo acuñados de cierta manera, no se sabe bien por qué acabaron teniendo la densidad que tienen, que no hubieran tenido si se hubieran llamado de la manera que al principio pensaba llamarlos; entonces, creo que eso es una especie de trabajo mitad consciente y mitad inconsciente que todos los escritores hacemos y necesitamos para plasmar algo, empezando con los nombres. Entonces, los nombres no vienen de nadie, me fueron surgiendo.

ENTRE ZOOM Y LA PANDEMIA

Este año Margo Glantz celebra 90 años, aunque tenía diversas presentaciones editoriales en algunas ferias del Libro en Latinoamérica, la pandemia trajo otros planes.

“Es difícil festejar tanta edad, pero me parece que el hecho de que tenga 90 años y sea yo lo suficientemente lúcida y que todavía tengo yo memoria, les impresiona mucho, me parece natural que sea yo así, pero a la gente le parece poco natural”, refirió a este semanario.

Cuando se le inquirió cómo está viviendo la pandemia desde su casa en Ciudad de México, manifestó:

“He vivido la pandemia en medio de Zooms, ahora estoy haciendo un curso para la Universidad que organiza Difusión Cultural en coordinación con Literatura, van a ser cinco charlas que van a pasar por YouTube a las 5:30 los miércoles, donde estoy trabajando lecturas que estoy releyendo para quizás escribir un libro sobre la pandemia que he tratado de empezar coleccionando ideas y noticias, para ver si puedo escribir un libro cuando termine la pandemia y pueda yo reflexionar bien sobre ella”.

Antes de invitar a sintonizar los miércoles 20 y 27 de mayo, así como 3 y 10 de junio el canal de YouTube de la Universidad Nacional Autónoma de México (Cultura en Directo UNAM), donde participa en el ciclo “Grandes maestros desde casa. Literatura de contagio”, la autora concluyó desde el enclaustramiento:

“Estoy leyendo más, pero a veces me cuesta trabajo concentrarme con este encierro, que debería ser más fácil, pero es tan difícil porque uno tiende a dispersarse y yo de por sí soy dispersa”.

ESTE CONTENIDO ES PUBLICADO POR SINEMBARGO CON AUTORIZACIÓN EXPRESA DE ZETA. VER ORIGINAL AQUÍ. PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN.