La dimensión de los impactos ambientales, sociales y sobre los sistemas alimentarios locales y regionales que tiene la producción de papa para Sabritas-PepsiCo podría imaginarse si consideramos que esta empresa compra el 20 por ciento de la producción de este tubérculo en el país. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Mientras la producción de materias primas para PepsiCo contribuye a la destrucción de ecosistemas, de las prácticas agrícolas diversas de las comunidades, de los sistemas alimentarios regionales, produce una alta contaminación por el uso intensivo de agroquímicos, provoca la erosión de los suelos y concentra la tierra en intermediarios, a la par de estos procesos destructivos, PepsiCo realiza una campaña para maquillarse de verde publicitando en los medios que está impulsando un sistema alimentario sostenible anunciando que implementará prácticas de agricultura regenerativa en el sureste mexicano beneficiando a 900 pequeños productores de Tabasco y Chiapas. Migajas para maquillarse de verde mientras sus grandes ganancias las sostiene en sistemas con graves impactos ambientales, sociales y de salud.

El presidente de PepsiCo Alimentos México, es decir, quien dirige la producción de, entre otros, todos los productos Sabritas y Sonrics, escribió: “Pienso en un círculo virtuoso en el que PepsiCo, nuestros productores y sus comunidades nos beneficiaremos de forma integral: fortaleceremos a este campo que nos ha dado tanto en nuestros más de 110 años de historia en el país y al mismo tiempo podremos nutrir el futuro de millones de mexicanos y mexicanas de forma sostenible”.

Basta acercarse a ver la otra realidad de las prácticas de PepsiCo en, por ejemplo, la producción de papas. La empresa reporta que ha producido sus papas en Tapalpa, Jalisco; Los Mochis, Sinaloa; Ensenada, Baja California; Caborca, Sonora; Nuevo Casas Grandes, Chihuahua; Parras, Coahuila; Galeana, Nuevo León; y Perote, Veracruz.

Veamos el caso de Tapalpa. Gracias a las reformas introducidas por el salinismo en 1992, las tierras ejidales se comenzaron a rentar y fue así como llegaron a Tapalpa, Jalisco, a rentar las tierras de los ejidatarios. Tapalpa se convirtió en abastecedor de la semilla de papa para el resto de los productores del país que abastecen a Sabritas. La producción se realiza bajo el esquema de producción por contrato, lo que no exime a la empresa y las autoridades de monitorear las condiciones en que se producen estas materias primas. Como lo establecen las directrices de las prácticas corporativas internacionales, como las de la OCDE, las corporaciones son responsables de garantizar prácticas éticas de sus proveedores.

Esta práctica iniciada por el salinismo le dio paso al gran capital para entrar a las comunidades en todo el país. La tierra se renta sin establecer ninguna garantía sobre el estado en que se entregará. Es decir, se recibe una tierra fértil y se entrega profundamente erosionada y desgastada, infértil. Así llegaron los cultivos de papas en tierras que fueron rentadas a los ejidatarios y tras las papas vinieron los cultivos de berries con un impacto ambiental aún mayor, para abastecer a las grandes corporaciones Berrimex y Desert Glory, que producen para exportar.

En el caso de Tapalpa, la entrada de la papa llevó a la destrucción de cientos de hectáreas de bosques, deforestación y cambios de uso de suelo, al uso intensivo de agroquímicos (herbicidas, plaguicidas, fungicidas, nematicidas y otros agroquímicos para combatir al gusano dorado). Un experto de la región describe este cóctel como una bomba química. Estas prácticas lograron desarticular los sistemas agrícolas comunitarios y provocó una profunda ruptura de las estructuras sociales. Está documentado cómo con el cambio del uso de la tierra, cambió la alimentación de la comunidad. La alimentación de las comunidades se basaba en la producción diversificada de alimentos como trigo, maíz, frijol, avena, cría de ganado, etcétera.

El cultivo de la papa se estableció con surcos que aprovechaban la pendiente de los terrenos. Con ello, las lluvias agudizaron la erosión de los suelos. Estos cultivos se encontraban metros arriba del poblado, por lo cual los agroquímicos fueron arrastrados a las fuentes de las que tomaba el agua la comunidad y los animales. El único agricultor que se negó a rentar su tierra para la papa y después para las berries, que se resistió durante años a un gran número de presiones, vio morir sus vacas por la contaminación. Se dice que el murió de tristeza dos meses después. Donde antes el agua era pura y suficiente, se volvió escasa y contaminada. Ahora las familias compran garrafones de agua porque saben que el agua tiene residuos de los agroquímicos.

La dimensión de los impactos ambientales, sociales y sobre los sistemas alimentarios locales y regionales que tiene la producción de papa para Sabritas-PepsiCo podría imaginarse si consideramos que esta empresa compra el 20 por ciento de la producción de este tubérculo en el país. ¿Cuántos otros Tatalpas existen? La papa en sí ha jugado un papel predominante en la alimentación de muy diversas culturas. Sin embargo, la papa utilizada para elaborar alimentos en las cocinas de las familias, en muy diversos platillos, tiene un valor nutricional importante; mientras que las papas ultraprocesadas, contenidas en una bolsa de Sabritas, no tiene ningún valor nutrimental, se convierte en un producto que contribuye al desarrollo de diversas enfermedades.

Existe un fenómeno en la producción de materias primas para los productos ultraprocesados, a lo que popularmente le llamamos comida chatarra y bebidas azucaradas. Estas materias primas, generalmente, son alimentos que tienen cualidades nutricionales, como las papas, el trigo, el maíz. Sin embargo, al pasar por el ultraprocesamiento pierden ese valor nutricional y se convierten en su contrario: un riesgo a la salud. Basta ver, por ejemplo, el impacto de las harinas refinadas y de las papas fritas en el organismo, su efecto metabólico en nuestro organismo que suele reaccionar al consumo de estos productos con procesos inflamatorios que desgastan nuestro sistema inmunológico.

A lo anterior, se puede añadir lo que dejan como residuos las papas que son utilizadas para elaborar platillos y las papas comercializadas en bolsas de Sabritas u otras marcas. Si la cáscara de las papas es retirada para elaborar platillos en cocinas, ésta puede ser utilizada para producir compostas y enriquecer el suelo, mientras que lo que dejan las papas Sabritas tras su consumo es contaminación plástica que permanecerá por siglos. Hay que recordar que PepsiCo es una de las corporaciones con mayor responsabilidad a escala global en este tipo de contaminación que ya ha creado islas plásticas en los océanos.

El maquillaje de PepsiCo se presenta junto al de diversas corporaciones de los ultraprocesados ante la evidencia del impacto de los sistemas agrícolas en que se sustentan. Estos sistemas agrícolas basados en grandes extensiones de monocultivos, con uso intensivo de agroquímicos, son responsables de aproximadamente una tercera parte de las emisiones de gases de efecto invernadero y, por lo tanto, es urgente reformarlos, como se reconoció en el acuerdo paralelo 4×100 al Acuerdo de París sobre cambio climático. La agroecología y, en específico, la agricultura regenerativa promueve una agricultura que recupera la fertilidad de la tierra, que mira y entiende los ciclos naturales para reforzarlos, que logra convertirse en captador de gases de efecto invernadero en vez de emisor. Es decir, el cambio en los sistemas alimentarios, lo saben las corporaciones, no es una elección, es una necesidad.

Las grandes corporaciones están capturando la Cumbre de Sistemas Alimentarios organizada por Naciones Unidas y que se realizará en septiembre. En esa Cumbre se había establecido la necesidad urgente de reformar estos sistemas, de impulsar la agroecología, de producir alimentos saludables y combatir las enfermedades no transmisibles a través de bajar el consumo de ultraprocesados, de dar voz a los pequeños y medianos productores que abastecen el 80 por ciento de los alimentos.

En paralelo a la Cumbre se estarán realizando eventos con las redes internacionales de pequeños y medianos productores que mantienen la diversidad de nuestros alimentos, que están comprometidos en desarrollar y mantener la agroecología y las culturas culinarias del mundo. Acompañados por organizaciones de consumidores, por los relatores y exrelatores de Naciones Unidas por el Derecho a la Alimentación y la Salud y por un gran grupo de organizaciones de defensa d ellos derechos humanos, indígenas y de género, así como por investigadores y académicos que han venido advirtiendo los daños ambientales, en salud y sociales de este sistema alimentarios dominado por un puñado de corporaciones globales.

Las corporaciones, ante la evidencia del daño ambiental y social que están generando, se maquillan de verde, como PepsiCo, pero el planeta ya no aguanta, la sociedad y la desigualdad tampoco.

El maquillaje ya no funciona, se convierte en una mueca macabra frente a la vida.