Quedan, pues, los niños. No los pasemos por alto y tampoco demos por resueltos sus problemas. A ellos la realidad les ha cambiado mucho más que al resto. Sigamos pensando en ellos. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

De tanto pensar en ellos, a veces dejamos de pensar en ellos. Los niños son uno de los grupos que más han visto alterada su cotidianidad por causa de la pandemia. Y eso significa, en muy buena medida, que pertenecerán también al conjunto de los grandes perdedores.

No se entienda mal, poco me preocupa el asunto educativo. Es cierto que la educación a distancia y en casa no funciona como la presencial, por más ganas que le echemos los padres de familia. Siempre hay inconvenientes que se acumulan al intentar sustituir el aula con una serie de actividades a distancia. Y eso, cuando se cuenta con la fortuna de poder acceder a ese tipo de educación. Me refiero, sobre todo, a los niños que son alumnos de primaria y secundaria. Antes, la educación es un poco más informal; después, quizá sí se puedan hacer las adaptaciones necesarias para garantizar ciertos procesos de aprendizaje. Así que la calidad educativa, que no descansa sólo en lo académico sino, quizá sobre todo, en las relaciones que se establecen con los otros, bajará sin duda. Que no me preocupe (al menos para el caso de mis hijos) es porque sucederá lo mismo con los estudiantes de todo el mundo. La generación de la pandemia, entendida como aquélla que era estudiante este 2020, tendrá esa cicatriz que terminará maquillándose cuando salgamos adelante. Además, hay un montón de aprendizajes nuevos a los que sí están accediendo y que serán importantes para la comprensión del mundo.

Lo que me preocupa, entonces, es el encierro. Los niños tienen derecho a jugar, a salir, a asolearse, a correr… Y ahora ven reducidas sus opciones debido al confinamiento. Hemos visto escenas de infantes mandándose pases de futbol en un balcón de apenas un par de metros. Otros, recluidos tristemente en la pantalla en turno, para que sus padres puedan seguir trabajando. El impacto se multiplica en todos aquellos a quienes no vemos. Los que viven el estrés de la problemática económica dentro de sus casas o de la violencia que el encierro detonó en toda su potencia. También la de los niños sin hermanos que ya no encuentran cómo entretenerse o los que miran por la ventana con una nostalgia que no es propia de sus edades. Y la lista de ejemplos se puede seguir alargando.

Es cierto que la imaginación de los pequeños da para mucho. Sin embargo, podría no ser suficiente el hecho de entretenerse con algunos juegos surgidos de la fantasía. La necesidad de actividad física no puede ser del todo satisfecha. Tampoco la de la compañía de sus iguales, sus amigos de la cuadra, del parque, del edificio, de dondequiera. Y falta la familia. No la que vive en casa sino a la que se visitaba cada tanto. Sabemos que, en muy buena medida, nuestras relaciones son sólidas por el contacto que tenemos con el otro. Un contacto que, tristemente, muchos niños están perdiendo.

Es cierto, no son los héroes que salvarán el día ni los que descubrirán la tan ansiada vacuna. Al menos no durante estas semanas. Son, empero, parte de las grandes víctimas. Y me he referido sólo a los términos de la normalidad (esa ilusión) porque también son partícipes de tragedias pero, como siempre, en ese particular no caben generalizaciones.

Queda entonces añadir el problema al resto: al de salud, al económico, al financiero. Quedan, pues, los niños. No los pasemos por alto y tampoco demos por resueltos sus problemas. A ellos la realidad les ha cambiado mucho más que al resto. Sigamos pensando en ellos.