La torta es un texto de Vasti Ramírez López. SinEmbargo lo reproduce íntegro. 

Por Vasti Ramírez López

Ciudad de México, 20 de julio (SinEmbargo).– El pozo, de donde emanan los sueños, las más profundas fantasías y los deseos que apetecen a la más grande necesidad del ser es abierto por la mano divina, facultada para dar paso a lo profano y a lo santo. Delgada como la concupiscencia del hombre, de tono marrón como la arena del mar y resistente al grado que, sólo ella, es capaz de resistir la calidez del tesoro enigmático del pozo, la extremidad poderosa extrae, de lo profundo de la oscuridad, una ágata acaramelada que presume, arrogante, su belleza y deliciosidad.

De momento, la niebla brumosa persigue el camino divino de la piedra de mil sabores. La mano que la transporta desenvuelve, de entre mil hojas que protegen su identidad, al más vanidoso tesoro del ser humano, y un aroma, alucinante y seductor, invade al sistema respiratorio del homo sapiens sapiens. Con suavidad y delicadeza, como cuando la madre, amorosa, toma por primera vez al recién nacido entre sus brazos, así la mano divina coloca sobre nubes a la masa encandilada.

            Es como un nuevo estuche. El protector elegido para resguardar a la divina ágata es, en primer lugar, un elemento necesario para la consumación entre deseo y necesidad, y a la vez, el medio que abre paso entre lo efímero y lo eterno. Ahora, se aprecia más cercano el final, en el que por fin el inmortal podrá gozar del prodigioso sabor que sacia la necesidad más bestia del ser: el hambre.

El último paso es alistar a la joya para entregarla a su vil adquirente. Envuelta en una sábana color perla y suave como el lino, que conserva su calor, una de las puntas se asoma para presumir la perfección con la que fue cocinada. A continuación, una voz estrepitosa, como el ruido de numerosos truenos juntos o el sonido de muchas aguas, se oye retumbar en el vacío del silencio y logra atravesar hasta los oídos de quien espera, ansioso, la entrega del producto de los dioses. La melodía formada en el aire construye palabras materializadas en fonemas que, al unirse, forman la oración final de la eterna espera:

“Señor, aquí está su torta de tamal, son 15 pesos”.