Escape (narrativo) en bicicleta fue escrito por Diana Varela. Puntos y Comas comparte el texto íntegro. 

Por Diana Varela

Ciudad Juárez, 20 de julio (SinEmbargo).- Tras la afortunada muerte de Sebastián Oribe en Villaltenco, Coahuila, las verdades salen a flote, tal como el cadáver, después de la pesada y solitaria marcha fúnebre: “Un burbujeo efímero enmarcó la despedida. Julián recordó las palabras del padre Agostino, «tu padre no ha muerto», y reprimió el estremecimiento que le quiso brotar. -Si no ha muerto –pensó–, no tarda en ahogarse”. Este fragmento forma parte de Las bicicletas, opera prima del escritor regiomontano David Toscana, reconocido en múltiples ocasiones por El último lector (2005), El ejército iluminado (2006) y Olegaroy (2017, Premio Xavier Villaurrutia). La novela fue publicada en 1992 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Su trama se desarrolla después de que las minas del norte se agotan y el tren llega al poblado coahuilense solo para arrojar malas noticias y augurar, con ello, su desaparición inminente.

En Las bicicletas, el narrador nos habla con un efectivo humor negro sobre el despertar de los residentes de Villaltenco, una vez que una serie de factores altera el diario acontecer: el sacerdote ha roto uno de sus votos; una joven ansía por salir de su lugar de origen después de ver la gran Ciudad de México en unas cuantas fotografías; un misterioso cantinero llega al pueblo. Sin embargo, y al igual que en muchas de sus obras, Toscana presenta aquí, por vez primera, una pieza clave de su escritura; una pista que se oculta detrás de secuencias que rozan lo absurdo y que culminan en eventos catastróficos, es decir, la denuncia de crímenes cometidos contra mujeres e infantes: “Con tina piedra pómez, talló su engallinada piel hasta llagársela en el vientre y los muslos. La noche le resultó corta para deshacerse del sudor, los pelos y las caricias del viejo”.

Tanto la violación de Emma como la de Macaria, protagonistas femeninas, ocurren como sucesos inevitables en el ciclo de vida de la mujer en Villaltenco, rito de paso para la realización de sus deseos. Su vida se trunca y queda a la expectativa del destino del poblado y del mandato de un violador que se asume como tal debido a su poder monetario. Estos eventos constituyen un vistazo a la corrupción humana que distingue a las obras de Toscana, en las que los curas, gobernantes y los propios ciudadanos son parte de un sistema dominado por sus instintos, por el alcohol y la incompetencia. Mientras que las acciones que ofenden la moral se castigan con prisión, las que agreden a las personas son vistas como oportunidades de compensación privada: “No te angusties hija. Ya no está Demetrio para que puedas remediar el mal, pero yo seré tu instrumento de expiación”.

El humor que caracteriza la prosa de Toscana reflexiona sobre la ligereza con la que se asume o se toma la muerte y la agresión, lo fácil que resulta normalizar la violencia y la capacidad para adaptarse a un sistema corrupto. No obstante, el autor regio ofrece una salida a este mundo sumido en una cotidianeidad desgastante, aun cuando las soluciones resulten descabelladas y sus personajes se enfrenten, en ocasiones, a un final trágico. Sumirse en la locura y apartarse de los estándares morales constituye una vía de escape para la búsqueda de la tranquilidad y hasta de la felicidad en un proceso de liberación: “Cuando Toño Cavazos salió a la calle, Sanjuanita lo abordó con preguntas. -¿Lo viste? ¿Dónde está? ¿En la cantina? No, se quedó por allá –dijo señalando hacia el sureste–, encima de la primera loma. La mujer caminó hacia la dirección indicada lenta y desinteresadamente. Tan pronto se sintió fuera de las miradas, se echó a correr”.

Sanjuanita, la solterona, es el único personaje que al final logra dejar atrás su mundo para satisfacer sus deseos sexuales, mientras que las historias en Villaltenco se quedan inconclusas para que el lector arme su propio desenlace de los hechos. Finalmente, en Las bicicletas se observan la mayoría de los rasgos que caracterizan la voz de un autor, ahora consolidado: un ecosistema semiárido, la denuncia de crímenes negados u olvidados, un refrescante humor negro y personajes que tienden a la locura a pesar de ser los más cuerdos de la fábula: “Comenzó a llover con inusitada vehemencia y la gente se descaminó entre gritos y correrías, sin memoria para la dignidad, dejando al difunto sin otra compañía que la obligada y la pagada. […] El agua se había comenzado a asomar por los bordes y, cuando acomodaron el ataúd, imperaron las leyes de la física sobre el candor de la voluntad. «Los muertos flotan», dijo uno de los muchachos con la suficiencia de Arquímedes vuelto a nacer. -Vamos a llenarlo con piedras –dijo otro”.