El Presidente AMLO dijo que la sentencia lo conmovió. Foto: EFE

Ya se dictó sentencia contra Joaquín “el Chapo” Guzmán. Es contundente: permanecerá encarcelado el resto de su vida. Por si fuera poco, por si algún accidente o apelación pudiera alterarla, hay más años que se suman a esa condena que, aunque suene ridículo, son útiles al pensar en todo el daño que hizo.

Al parecer, el narcotraficante estará recluido en una de las peores cárceles del mundo. No lo es porque exista una violencia aterradora entre los presos, porque tenga que sobrevivir a una lucha campal entre las diferentes pandillas o porque las condiciones de salubridad y hacinamiento sean ínfimas. Lo es por lo contrario. Tendrá una celda para él solo en donde estará 23 horas al día, sin la posibilidad de comunicarse con nadie. Este encierro suena a desesperanza, sobre todo. Porque, si bien la cárcel es dura desde casi cualquier perspectiva, en ésta lo que se pierde de inmediato es la esperanza o la idea de futuro. No sólo por la condena de por vida, que ya bastaría para que un preso se convenciere de que nunca pasará nada nuevo en su discurrir cotidiano. Lo es, sobre todo, porque incluso perderá la oportunidad de alcanzar esos pequeños placeres consistentes en hablar con los otros, jugar a la baraja, hacer bromas, hasta pelearse con alguien. La reclusión en solitario es suficiente como para que la cordura se escape, toda vez que no puede hacerlo ya la imaginación. Si algún refugio tendrá dentro de esa condena, será el pasado pero éste sirve muy poco para las fantasías.

El Presidente López Obrador dijo que se sentía conmovido por la sentencia, haciendo ver que su empatía para con el criminal existía. Lo criticaron muchos y con razón: en caso de que su sentimiento fuera real, debió conservarlo para sí mismo. Pese a ello, en estos días he escuchado a varias personas más compartiendo esa extraña forma de la empatía: la que se tiene con un criminal.

Me queda claro que la compasión es producto de la empatía, de esa capacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro. Entonces, nos conmueve la sentencia al Chapo justo porque nos pensamos en su circunstancia. A cualquiera de nosotros nos aterraría la idea de pasar así el resto de nuestras vidas. No me parece, entonces, tan grave que algunos se muestren empáticos. Tampoco algunos comentarios que he leído en redes sociales que apuntan al gusto que les daría que el Chapo se volviera a escapar y, esta vez, de las autoridades estadounidenses.

Me parece que la explicación bien puede habitar el terreno de la ficción. Durante décadas (pero, sobre todo, durante los últimos años), el Chapo ha sido protagonista de una saga de aventuras en la que sus escapes y el poder que detentaba lo volvían un personaje un tanto idealizado. Más aún: sin contrastes. Pudimos ver las fotos del túnel por el que se escapó pero no lo asociábamos, necesariamente, con todo el dolor que fue capaz de provocar. Si hasta tenía algo de mítico. Y es bien sabido que los espectadores y lectores suelen generar empatía con los protagonistas de las historias que les cuentan.

Ahora bien, tras ese primer impulso hacia la empatía, debería existir la condena. Ya no del personaje idealizado ni del aparente protagonista de una historia mitificada. El Chapo es un criminal responsable de asesinatos, violaciones, agresiones en todos los niveles y demás. Su caída y su reciente condena deberían alegrarnos. De hecho, vista en comparación con todo el sufrimiento que, de una u otra forma, ha provocado, su condena parece, incluso, ínfima. Baste con pensar en cada una de las víctimas de su paso por el crimen como los verdaderos protagonistas. Entonces, la empatía correrá para el otro lado, para el de quienes en verdad la merecen.

No nos extrañemos, entonces, de un sentimiento compasivo hacia un criminal. Extrañémonos, si acaso, cuando no podamos cambiar su rumbo, orientándolo hacia las verdaderas víctimas. Y, eso sí, sería mejor que, de no suceder esto, nos guardemos de manifestarlo en público.