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María Rivera

20/07/2022 - 12:02 am

Los otros efectos

“La irresponsabilidad de Claudia Sheinbaum durante la pandemia ha sido totalmente escandalosa, pero no parece importarle gran cosa. Se ha contagiado dos veces, como si contagiarse fuera inevitable”.

“Ni duda cabe que hemos entrado a una etapa oscura y medieval, en la cual las personas asumen ya que los errores humanos son fatalidades divinas o del azar o de la selección natural”. Foto: Crisanta Espinosa Aguilar, Cuartoscuro

Qué tristeza, querido lector, los tiempos que vivimos. Acosados por un virus que nunca controlamos, pero que hemos decidido asumir como si no fuera un problema ya. La verdad es que la gente sigue sin cuidarse adecuadamente y claro, los contagios están en su pico más alto. Abro mis redes sociales, y no hay día en que no aparezca una nueva persona contagiada o recuperándose y repitiendo exactamente las mismas conductas que los llevaron a contagiarse, como si la COVID fuera ya una fatalidad a la que deben someterse sin tregua. Hemos normalizado una catástrofe, porque no pudimos evitarla, y por ello fingimos que no es tal y procedemos de maneras equivocadas, negando la realidad, asumiendo creencias sin ningún sustento científico.

Personas que están convencidas de que solo tendrán un cuadro gripal, benigno y pasajero, al contagiarse de COVID, se indignan si alguien les señala que es una fantasía porque el SARS-CoV-2 no es, obviamente, gripe. No les importa, o no están correctamente informados de los efectos a la larga, silenciosos incluso, o los inducidos y agravados por las reinfecciones. Claro, estos efectos les importan a quienes los padecen solos y sin ayuda médica, sumidos en la desesperación y la desesperanza. No son pocos, según los grupos que se han fundado en Facebook para apoyarse.

Pero a los sanos, los aún sanos, los que en la rueda de la fortuna les ha tocado que la enfermedad los afecte de manera menos severa, no les importa contagiar a otros que no tendrán la misma suerte. Tampoco les importa, o parecen haber olvidado, y esto es realmente dramático, que ha fallecido más de medio millón de personas por el virus, ni que sigan muriendo personas vulnerables, todos los días, arrastrados por las olas de la pandemia. Estas pérdidas a nadie parece ya importarle, salvo a los deudos, como si morir por covid fuera su destino manifiesto.

La verdad es que no es así, las personas vulnerables no deberían estarse contagiando por la irresponsabilidad del resto, pero mientras las personas no entiendan, de manera profunda, que el cuidado de su salud no es estrictamente individual porque repercute directamente en la salud de los demás cuando se trata de una epidemia, el virus seguirá expandiéndose, y las personas más débiles, muriendo. Ya sean niños que no han recibido una vacuna o ancianos con la salud mermada o adultos con comorbilidades, la atrocidad es la misma.

Qué coraje, la verdad, enterarse de muertes perfectamente evitables si las personas usaran un buen cubrebocas bien ajustado. No es tan difícil, querido lector. Pero la gente siente que su libertad y comodidad está vulnerada, si lo usan. Miles de pretextos esgrimen: que se ahogan, que es incómodo, que qué flojera, que aprieta mucho, que ellos sí se cuidan y por ello no lo necesitan ¡!, que la familia es segura, que es de mala educación exigirlo, que es una grosería ponérselo, que se verán ridículos, que por qué ponérselo dentro la propia casa, que cómo comer y echar el chisme, entonces. Otros, comparten esa especie ridícula de que es un bozal. Sí, un bozal, como si no se pudiese hablar perfectamente bien a través de él.

Da tanta tristeza, sí, que a las personas ya no les importe cuidarse y cuidar a otros. Pero si uno piensa en lo que las autoridades hacen, pues uno entiende que no tiene remedio el asunto. Si el mismo Gobierno de la CdMx puede, en plena ola de contagios, organizar conciertos y actividades masivas, sin importarle en lo más mínimo los contagios, enviando el mensaje de que la ola es intrascendente, no extraña que las personas actúen en concordancia. La irresponsabilidad de Claudia Sheinbaum durante la pandemia ha sido totalmente escandalosa, pero no parece importarle gran cosa. Se ha contagiado dos veces, como si contagiarse fuera inevitable: es la evidencia misma de que no sabe cuidarse, que no le importa y, obviamente, tampoco le importa cuidar a los demás. Los habitantes de la Ciudad de México hemos padecido los estragos de una gobernante soberbia e incapaz, totalmente insensible a la gran tragedia que sus políticas de salud han causado durante la pandemia. Realmente es increíble, y solo producto del delirio de la política mexicana, que alguien pueda pensar en ella como una buena candidata para dirigir el país, cuando ha demostrado una y otra vez, que no le importa la vida y la salud de sus gobernados.

Mientras tanto, pues sí, el coronavirus sigue mutando, las olas siguen llegando, las familias siguen enlutándose con personas vacunadas pero vulnerables o personas a las que el virus los afectó severamente. Personas que hubieran podido no fallecer si la persona que los contagió hubiese usado un cubrebocas eficiente ¿cuánto vale una vida, querido lector? ¿vale menos que el uso de un cubrebocas? Para muchas personas, lamentablemente vale mucho menos que la incomodidad de usarlo. El problema es que ni siquiera pueden pensarlo, asumir su responsabilidad, porque están convencidos que no son ellos sino “la pandemia”: su egoísmo rampante arrastra vidas, por eso les achacan a las personas la culpa de su propia muerte, o al destino, o al azar.

Ni duda cabe que hemos entrado a una etapa oscura y medieval, en la cual las personas asumen ya que los errores humanos son fatalidades divinas o del azar o de la selección natural. No importa cuántas vías lácteas o galaxias lejanas podamos ver con potentes telescopios, más allá de todos nuestros sueños, a millones de años luz; no importa si, incluso, podemos ver el pasado, el origen del universo con las más deslumbrantes estrellas; los seres humanos somos incapaces, como especie, de protegernos unos a los otros, valorar y cuidar una sola vida, como un grano de arena. La dejamos caer, se nos escurre entre los dedos, vamos esparciendo a nuestro paso, despreocupados, enfermedad y muerte.

A veces, querido lector, pienso que no, no nos merecemos tanta belleza. Solo nos queda desear que descansen en paz todos aquellos que están muriendo por la insensibilidad de otros, pensarlos como esas estrellas, a millones de años luz que, sin importar la distancia, nos alumbran en la noche más oscura y nos consuelan con su deslumbrante belleza.

María Rivera
María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.
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