“Las maletas de los que fueron y volvieron”. Foto: Cuartoscuro

Las maletas de los migrantes. Las maletas de los exilios. Las maletas de los que fueron y volvieron. O de aquellos que nunca pudieron regresar. Plenas de objetos en ese vacío: amenazados, borrados, desaparecidos, asesinados.

Una pregunta me acompaña desde hace años; cuando leo, cuando escribo, cuando camino, cuando doy clases. Desaparece y vuelve a aparecer después de un tiempo. Como si la vida estuviera siempre al borde de algún precipicio: ¿qué salvaríamos en un naufragio?

Quien lo ha perdido todo viaja con el vacío, con las ausencias. Viaja con su memoria. Llegan algunas fotos desde el fondo de los cajones abandonados. Música. Versos. Juegos. Imágenes de un jardín que ya no existe. Un río. Libros que se ahogan. Cenizas. Huesos. El equipaje no es jamás ligero, querido Machado. Los hijos de la mar cargamos piedras. Siempre. Como las que se ponen sobre las tumbas. Piedras como flores.

Nos acostumbramos a construir una memoria de la desolación, hecha de vestigios, de marcas en la piel. Ruina sobre ruina como la visión del Angelus Novus de Benjamin.

En una ciudad ferozmente dulce y caótica como Nápoles, se organiza una reunión para hablar de objetos: objetos como testimonio, objetos de los testigos.
Vuelvo a sentir entonces esa estúpida orfandad del que no supo preguntarse a tiempo qué salvaría en un naufragio, la orfandad del que no supo ver el naufragio. ¿Se ve venir alguna vez?

He viajado con los vacíos, con la memoria como equipaje privilegiado. Y con algunos juguetes -que se sumaron tiempo después, claro-, llegados desde la luminosa infancia de mi hija, encabezados por la tortuga Manuelita y el oso Dulce de Leche.

¿Qué es lo que queda de antes? ¿O qué quedó en un allá lejano que cada vez está más presente? Será que me estoy haciendo vieja…

La bicicleta roja, los jazmines que plantó mamá, la fila de muñecos que me deseaba buenas noches, los autitos rellenos con masilla, una bebé que no llegó, el guardapolvo blanco, los libros de la editorial Robin Hood, Mujercitas, una caña de pescar y un muelle en el Atlántico, los ríos que crecían con las tormentas.

Desde que decidí intentar recuperar esos objetos de la ausencia, los sueños empezaron a poblarse de sus huellas, y yo busco retenerlas. Aquí va el primero:

Teníamos apenas quince años cuando empezaron a parar los colectivos y a hacernos bajar, apuntándonos con las armas. “¡Documentos!”, gritaban. Los hombres de un lado, las mujeres del otro. Temblábamos. Y eso que aún no conocíamos las historias. 1975. Éramos todavía el pasado de un futuro aterrador. El de los treinta mil. El de las placas negras que acaricio en el Parque de la Memoria. “¡Documentos!”. Nos rozábamos las manos, o los brazos, para saber que no estábamos solas. Mamá me decía siempre antes de que saliera: ¿Llevás el DNI? El DNI en la mochila, el pelo recogido con vincha y hebilla, el guardapolvo a la altura de la rodilla, medias tres cuartos azules, mocasines, identificador con el nombre sobre el escudo de la escuela. Cuerpos disciplinados. Eso éramos. Lo único libre era el nombre del colegio: Escuela Nacional Normal Mixta Gral. José Gervasio Artigas. ¡Artigas! Aprendíamos el himno del general de hombres libres (El Padre nuestro Artigas / señor de nuestra tierra / que como un sol llevaba / la libertad en pos.) y el himno uruguayo, claro (Orientales, la patria o la tumba. Libertad o con gloria morir), mientras al otro lado del Río de la Plata la represión ya había comenzado. La patria o la tumba.

Un viejo autobús. Foto: Tomada de internet

“¡Documentos!” Ni nos mirábamos al bajar. Sólo el roce de las manos o los brazos. Éramos todavía el pasado de un futuro que ya estaba ahí. El huevo de la serpiente. Nos dejaban ir. Silencio total adentro del 365. El miedo nos ahogaba las palabras.

Una vez vimos cómo se llevaban a un hombre. ¿Te acordás? Debía ser obrero de alguna de las fábricas de la zona. De la Ford tal vez. Después nos enteramos que en la planta de Pacheco había funcionado un centro clandestino de detención. Era tan cerca de casa que me da escalofríos pensarlo. Podría haber sido paciente de mi papá, o el tío de alguna de mis compañeras de la primaria.

Esa tarde nos paramos en la banquina. Acabábamos de cruzar el río Reconquista. Yuyos, basura. El río bajo. El olor a podrido. Ya sabíamos lo que seguía. Buscamos el DNI. Catorce millones quinientos noventa y un mil ochocientos setenta y nueve. No había nadie que no se supiera el número de memoria. Hace más de cuarenta años que no tengo que decirlo, pero no se me olvida. Como nuestro primer número de teléfono: siete cuatro cuatro seis cero nueves seis. El número de la casa a la que nunca volvimos. Bajamos. A los hombres los pusieron de espaldas a nosotras, con las manos en alto contra la chapa pintada de azul del colectivo. “La Independencia”, decía. Era el nombre de la compañía. Lo juro. Puente Saavedra-José C. Paz-Luján. Los palparon de armas y a uno se lo llevaron.

Así, como si tal cosa, subimos al colectivo todos menos uno. Es la primera vez que lo cuento. Nací en 1960: no fui protagonista de nada. Apenas testigo inconsciente del modo en que se naturalizaba el espanto.

Objetos para la memoria. Foto: Tomada de internet

Las maletas de los migrantes. Las maletas de los exilios. Las maletas de los que fueron y volvieron. O de aquellos que nunca pudieron regresar.

Objetos, dijeron, artefactos, sueños, lugares.
Testimonios, dijeron.
No estoy muy segura de haber cumplido.
Me gustaría haber sido más obediente.
O más ambiciosa.
Pero en realidad sólo tengo palabras.
Creo que no soy otra cosa que irresistibles fragmentos de memoria, escribió el Toto Schmucler.
Ése es todo el equipaje del sobreviviente.