“Vivimos en un país que mata a sus mujeres. Frente al horror de la violencia que cosifica nuestros cuerpos, la primera acción es hacer comunidad, favorecer la empatía, el cuidado, la protección. En eso andamos”, opina la autora Sandra Lorenzano, y hace énfasis en las políticas públicas.

Te presentamos la entrevista con la también poeta y ensayista, quien acaba de publicar El día que no fue (Alfaguara). Platicamos acerca de las rupturas, los duelos, los miedos, el sentido ético de la literatura y la violencia de género.

Ciudad de México, 21 de febrero (SinEmbargo).- Vivimos en un país que mata a sus mujeres. En un país donde por lo menos 10 mujeres son asesinadas al día; en que 6 de cada 10 niñas y mujeres migrantes son violadas. En un país en que la violencia de género contamina cada resquicio de nuestra vida, expresa la escritora Sandra Lorenzano.

“Frente al horror de la violencia patriarcal que cosifica los cuerpos de las mujeres, la primera acción es reconstruir los tejidos comunitarios. Hacer comunidad para favorecer la empatía, el cuidado, la protección. En eso andamos”, agrega la autora y hace especial énfasis en las políticas públicas para frenar la violencia y ante todo, prevenirla.

Al preguntarle de los temas sociales que señala en su última novela, Sandra asegura que, como persona dedicada a las letras, siente una responsabilidad ética, un compromiso ante la realidad y ante sus lectores, aunque encarar la verdad resulte demasiado doloroso: “Si no es para ayudar a sentir y a pensar el mundo, la realidad, la propia interioridad, ¿para qué escribimos? Escribir es también meter el dedo (la palabra, la metáfora, la imagen) en la llaga”, opina.

Para Puntos y Comas, te presentamos la entrevista con la narradora, poeta y ensayista Sandra Lorenzano. A propósito de su novela El día que no fue (Alfaguara), platicamos acerca de las rupturas amorosas, los duelos, los miedos, el sentido ético de la literatura y la violencia de género. Este es un libro que nos ayuda a mirar nuestros miedos no para sucumbir, si no para sobrevivir.

Viviendo una relación feliz y estable con un hombre, la protagonista descubrió el verdadero y más completo amor en una mujer. Sin pensarlo dos veces, tomó el riesgo y se lanzó hacia un romance que duraría más de una década.

Pero la felicidad no le dejó ver que llegaría el día de la ruptura y que ésta traería soledad y un profundo miedo, y miedos más antiguos: exilios, desapariciones, violencias. Encerrada con sus pensamientos, rememora escenas del pasado. Los recuerdos duelen, las fotos son ahora pedazos de memoria que deberá recoger y guardar en algún rincón para poder seguir adelante.

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—En la novela, la protagonista pasa por mucha agonía debido a una separación. ¿Hay forma de hacer que una ruptura sea menos dolorosa? ¿Qué podemos aprender de los finales en las relaciones?

—Es difícil no vivir el desamor como un duelo. Es una pérdida que nos deja sumergidos en un vacío brutal. En el sinsentido. Mucho más cuando no te lo esperas, cuando te sorprende, como es el caso de la protagonista. ¿Entonces qué mundo estabas construyendo?, te preguntas. ¿Qué proyecto de vida? Y te entra la enorme tristeza de ver a la persona que aún amas como a una desconocida. La pregunta que suele hacerse la gente cuando vive una experiencia similar a la relatada en el libro es: ¿de quién he estado enamorada todo este tiempo?

No sé cómo se puede hacer de esa experiencia algo menos doloroso. Y si la ruptura además es violenta, peor aún: el miedo se mezcla con el dolor y te parece que vas a vivir en la oscuridad el resto de tu vida. La gente que te quiere te dice “Vas a ver qué bien vas a estar después”. Y tú sólo sientes, como decía Sor Juana, el “corazón deshecho entre tus manos”. Y preguntas ¿cuándo? ¿Cuándo voy a salir del horror?

Pero sales. Increíblemente, hay un día en que el cuerpo y el alma te duelen menos, y entonces te das cuenta de que no eres más una mujer rota (o un hombre roto), la abandonada, la traicionada, la dejada, sino que eres una sobreviviente. Y esa palabrita lo cambia todo. Cambia tu manera de pararte ante ti misma y ante el mundo.

—¿Cuál es la mejor forma de superar la soledad, el miedo, las inseguridades y las heridas del pasado? ¿Lo anterior afecta de igual manera tanto a hombres como mujeres o dirías que nosotras lo vivimos distinto?

—La verdad es que no sé cuál es la mejor forma de superar los miedos, las inseguridades, las heridas del pasado. Tampoco lo sabe la protagonista. En mi caso fue la escritura la que me ayudó a revivir. Y la certeza de que la persona que amabas no pudo destruirte. Que sigues en pie, que tienes gente alrededor que te cuida, a veces sin que siquiera te des cuenta, que te da un abrazo cuando lo necesitas, o te echa una llamadita para ver cómo estás. Sí, quizás sea eso lo más importante: dejarte cuidar.

Y descubrir que las heridas van a estar siempre ahí, pero que aprendemos a vivir con ellas. La novela habla de la técnica japonesa del “kintsugi” que reconstruye piezas de porcelana fracturadas, pero en lugar de buscar “tapar” o disimular las fracturas, las destaca poniéndoles polvo de oro. Me gustó mucho esa idea: nuestras heridas están, permanecen, entonces no intentemos disimularlas porque no lo vamos a lograr. Mejor saber que son parte de nosotras. Con ellas nos presentamos ante el mundo. “Ésta soy. Ésta que, como los antiguos guerreros, muestra sus heridas. Muestra su polvo de oro”.

—A lo lago de la trama, la protagonista no sólo recuerda a la mujer que amaba, también rememora las dictaduras militares en América Latina, la desaparición de los 43 normalistas y la migración. ¿Por qué decidiste incluir estos temas? ¿Buscaste mostrar una postura política personal a través del personaje principal?

—Me interesa el sentido ético de la literatura. Quienes nos dedicamos a esto, tenemos una responsabilidad ética ante la realidad y ante quienes nos leen (así se trate de una sola persona). Éste es el sentido más profundo del compromiso literario. Si no es para ayudar a sentir y a pensar (pensamos al sentir y sentimos al pensar) el mundo, la realidad, la interioridad, ¿para qué escribimos? Escribir es también meter el dedo (la palabra, la metáfora, la imagen) en la llaga.

Es por eso que mostrar aquello que los poderes intentan impedir que veamos, o que puede resultar demasiado doloroso mirar directamente, pero mostrarlo desde una perspectiva en que la estética es la clave, es para mí el sentido de lo literario. Lo ético + lo estético produce el sentido político de un texto literario. Es la gran diferencia con un ensayo o con un texto periodístico, por ejemplo. Por eso muchas veces la poesía es la única forma de hablar realmente del horror, por la capacidad de simbolización del lenguaje.

Por otra parte, El día que no fue habla del miedo, y esas historias que aparecen en la novela llevan el miedo más allá del vivido por la protagonista en la ruptura amorosa. Ese miedo resulta pequeño al lado del miedo vivido cotidianamente por las mujeres en nuestro país, mayor aún si eres migrante y pobre, o el miedo vivido bajo dictadura. Mirar esos miedos nos ayuda a construir también la certeza de la sobrevivencia de la que hablaba hace un momento.

—La violencia de género también es un tema central: mencionas el caso de Lesvy Berlín y Mara Castilla. ¿Qué nos puedes decir de esto con respecto a los recientes casos de la niña Fátima y la joven Ingrid Escamilla? ¿Por qué las mujeres continúan siendo asesinadas? ¿Consideras que el actual Gobierno se comprometerá a erradicar la violencia contra las mujeres?

—Vivimos en un país que mata a sus mujeres. En un país donde por lo menos 10 mujeres son asesinadas al día; en que 6 de cada 10 niñas y mujeres migrantes son violadas. En un país en que la violencia de género contamina cada resquicio de nuestra vida. Los casos de Ingrid y de Fátima reavivan el horror en la memoria y en el cuerpo de todas nosotras.

Ésta es la expresión máxima del sistema patriarcal, como lo ha explicado mejor que nadie la antropóloga Rita Laura Segato en su libro La guerra contra las mujeres (Madrid, 2016), y con cuyas ideas crearon las chicas del grupo chileno Las Tesis el baile con el que denuncian las mujeres de todo el mundo: “El violador eres tú”. Frente al horror de la violencia patriarcal que cosifica los cuerpos de las mujeres, la primera acción es reconstruir los tejidos comunitarios. Hacer comunidad para favorecer la empatía, el cuidado, la protección. En eso andamos.

Al mismo tiempo es imprescindible exigir políticas públicas que frenen la violencia, que protejan a las mujeres, que castiguen a los culpables. Y políticas de prevención; educativas, que vayan propiciando un cambio cultural.

¿Si el gobierno actual será capaz de actuar en este sentido? También yo me lo pregunto. ¿Será capaz de pensar en términos políticos de emergencia? ¿De tomar las medidas necesarias para el cambio, en el corto y en el largo plazo? ¿Podrá generar políticas que más allá de dividirnos nos unan en un proyecto compartido?  Yo diría que la “moralización” tendría que empezar por no polarizar: somos todas y todos parte de una sociedad compleja, diversa, lastimada, violentada. La simplificación fifís/chairos sólo estigmatiza, enfrenta, agudizando las terribles diferencias y desigualdades.

Nuestra sociedad es hoy como el cuerpo de nuestras mujeres: un espacio de luchas de poder que está cubierto de sangre. Es imprescindible construir comunidad. Como ves: no tengo respuestas, obviamente. Pero por el bien del país, deseo que quienes están a cargo de los puestos de poder sean sensibles a la situación (basta también de violencia verbal contra las mujeres y el feminismo desde los espacios de poder). Nosotras seguiremos nuestro camino de lucha.

—¿Nos puedes contar un poco acerca del proceso de creación de la novela? ¿Surge a manera de catarsis por una experiencia personal o de alguien cercana? ¿Qué mensaje quisiste compartir?

—Agregaría que a partir de una experiencia personal de ruptura, empecé a reunir experiencias similares de amigas cercanas, y así nació la historia. Al mismo tiempo, la sensación de miedo me llevó a pensar en otros miedos (el miedo que vivo cotidianamente como todas las mujeres de este país, el miedo que pasé en la dictadura, y hasta los miedos que he heredado como el que seguramente sintió mi abuela materna cuando era una bebé judía en la Rusia zarista) y fue a partir de esto que me sentí una sobreviviente. Y quizás ése sea uno de los mensajes más fuertes de la novela: si estamos aquí es porque somos sobrevivientes. Esto es a la vez es una responsabilidad y algo que hay que celebrar.

—Finalmente, ¿algo que quieras agregar para los futuros lectores de tu obra?

—Que ojalá encuentren lo que buscan al leer las páginas de esta breve novela (se lee en un rato, realmente). O a la inversa: que ojalá lo que encuentren en estas páginas les haga sentir que era justamente lo que estaban buscando. Un libro que importa es aquel que le habla a una parte de ti que quizás no eras consciente que tenías. O que le pone palabras a algo que siempre habías querido decir. Quisiera que este libro fuera como un abrazo tibio para aquellas y aquellos que se acerquen a leerlo.

También debo decirte que me sorprende el modo en que los lectores jóvenes se acercan a mi obra. Sé que la gente de más o menos mi generación son mis interlocutores desde hace muchos años y su lectura me ha enriquecido y me sigue enriqueciendo muchísimo. Pero me sorprende la mirada fresca y generosa de las y los jóvenes, que siempre se enganchan mucho con mis propuestas. Eso me hace enormemente feliz.

He aprendido mucho de ellas y ellos. Y cada vez más: la fuerza de las chavas en el movimiento feminista, el cambio en la relación con los hombres; la movilización en temas vinculados al cambio climático, al extractivismo, al fortalecimiento de redes comunitarias, con muchas menos trabas, muchos menos prejuicios y mucha más creatividad y compromiso que los mayores, me hace decirles agradecida, como una canción de Fito Páez, “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Sandra nació en Buenos Aires y vive en México desde 1976. Doctora en Letras por la UNAM, ha formado parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente se desempeña como Coordinadora del Proyecto “Cultura y migración” (UNAM-UNESCO-Universidad Autónoma de Madrid). Forma parte de la Red Internacional de Literatura y Derechos Humanos, del International Women´s Forum, de University of California-Mexicanistas y del Consejo Editorial de Debate Feminista, entre otras asociaciones.

Entre sus obras están los poemarios Vestigios y Herencia, y las novelas Saudades, Fuga en mí menor y La estirpe del silencio. Sus libros han sido traducidos al italiano y al inglés.