La autora mexicana documentó el caso de Julio César Mondragón, asesinado el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. El resultado es su libro Procesos de la noche, que narra la historia de una familia en busca de esclarecer las circunstancias de la muerte del joven normalista de Ayotzinapa.

Te presentamos la tercera entrega de “La voz de las escritoras”: Cuatro voces, cuatro apuestas literarias. La calidad de sus obras, además de sus propuestas estéticas, han llamado la atención de los críticos, que han celebrado sus libros.

Ciudad de México, 14 de marzo (SinEmbargo).-Cuatro autoras noveles. Cuatro voces. Cuatro apuestas literarias. Escriben cuento, novela, crónica y ensayo, pero también dramaturgia y poesía. La calidad de sus obras, además de sus propuestas estéticas, han llamado la atención de los críticos, reseñistas y otros escritores, que han celebrado sus libros.

Coinciden en que el canon literario ha invisibilizado a las mujeres. También en que el calificativo “mujeres escritoras” es inoperante: les incomoda que se haga una distinción innecesaria, que demerita su labor. En su caso, en su vida profesional, ninguna ha padecido episodios de discriminación de género por su labor literaria. Y lo viven como un privilegio, si se considera que en México 6 de cada 10 mujeres han sido discriminadas en el país.

¿Cómo viven este momento? ¿Cuáles son sus obsesiones? ¿Cómo fue el proceso de escritura de cada uno de sus libros? Nos acercamos a ellas a preguntárselos. Esta es su voz. Escuchémoslas.

LA POETA CRONISTA

Diana del Ángel (Ciudad de México, 1982) peregrinó durante 19 meses por el tortuoso laberinto del sistema judicial mexicano, con el fin de documentar el caso de Julio César Mondragón, quien fue asesinado y desollado el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. El resultado de ese peregrinar sin nombre (Gottfried Benn dixit) es su libro Procesos de la noche (Almadía, 2017), que narra la historia de una familia y su abogada en busca de esclarecer las circunstancias de la muerte del joven normalista de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

Este libro –como escriben los editores– “es un relato de lucha que nos recuerda el apremiante papel de la memoria en la búsqueda de la justicia. Y esto no sólo a través del esclarecimiento de los hechos, sino al restituir a las víctimas la humanidad que la violencia les arrebata”.

Por esa razón, Diana intercala sus crónicas sobre el proceso judicial con capítulos que aparecen bajo el título “Rostro”, con los que, a través de los testimonios de familiares y amigos, conocemos al hijo, amigo, esposo y padre.

“Esos capítulos están colocados de atrás para adelante, con el fin de llevar una contranarrativa de lo que –en ese momento– se estaba diciendo en medios. Me gusta pensar que este libro, a pesar de que está lleno de dolor y tristeza, transita hacia la vida”, explica Diana.

Su viaje hacia esos laberintos judiciales se inició el 2 de noviembre de 2014, cuando Sayuri Herrera, abogada de la familia Mondragón, invitó a Dania a acudir a una ofrenda en honor a Julio César.

En ese ambiente íntimo, en el que se contaron muchas anécdotas sobre Julio César, los familiares –al enterarse de que Diana era poeta– le dijeron: “¿Por qué no le escribes un poema?”. Diana respondió que sí, a bote pronto.

Y en vez de escribir un poema, Diana escribió crónicas, lo que le permitió llevar un registro preciso de los hechos.

Foto: Erick Baena Crespo

No obstante, en su poemario Barranca, por el que obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Dolores Castro 2013, mismo que terminó antes de que se involucrara en el caso de Julio César Mondragón, escribió unos versos que suenan premonitorios, casi alegóricos:

Yo no sé decir mi cuerpo:
se me quebró una noche
y sus nombres se perdieron.

La poesía antecedió a la crónica, como si la prefigurara. “Esos versos los escribí antes y tienen que ver con la experiencia de violencia en un cuerpo femenino. Lo cierto es que mientras escribía las crónicas me hice consciente de la importancia que tenía la relación cuerpo-violencia en mi escritura”, cuenta Diana. Y esa preocupación aflora en las páginas del libro, como lo constata el capítulo “Una semilla de justicia”, en el cual narra uno de los episodios más tristes de todo el volumen: la reinhumación de Julio César:

«Sé, aunque me repita que ese ya no es Julio sino simple materia orgánica sin sensibilidad, que esa imagen me dolerá por no sé cuánto tiempo y este olor se me quedará grabado en las mañanas de febrero».

Me reúno con Diana una calurosa tarde de febrero, cuatro años después, en los pasillos de la Biblioteca de México, ubicada en La Ciudadela. Quiero preguntarle si esta mañana de febrero le ha provocado evocar aquel día, pero no lo hago. Le pregunto: “¿Quién es tu poeta favorita?”. Y ella me responde: “¡Uy, qué difícil! Son muchas, pero ahorita estoy leyendo a Wislawa Szymborska”. Leo algunos poemas sueltos de Szymborska y encuentro unos versos que me consuelan, que me sacan de las páginas que escribió Diana, en las que se pasea la barbarie:

Nada ocurre dos veces
y nunca ocurrirá.
Nacimos sin experiencia,
moriremos sin rutina.

De ahí que Elena Poniatowska, en el prólogo de Procesos de la noche, escribiera: «El paisaje de fondo de estas páginas que jamás debieron escribirse nos golpea, porque en un país ‘normal’ esta joven ensayista estaría dedicada al estudio de la poesía de César Vallejo, Jaime Sabines y Carlos Pellicer, (…) en lugar de descender al abismo para documentar nada menos que un desollamiento, que en cualquier país del mundo –si es que se practica– es sinónimo de locura, de barbarie, de salvajismo y monstruosidad».

Además de ensayista, Diana del Ángel es poeta y defensora de los derechos humanos. En noviembre de 2016 obtuvo la Primera Residencia de Creación Literaria otorgada por Fondo Ventura y la editorial Almadía, para concluir Procesos de la noche.

En entrevista con Puntos y Comas, Diana habla sobre el libro que nunca debió escribir, que es profundamente doloroso, pero –al mismo tiempo– urgente, necesario y actual.

Foto: Erick Baena Crespo

—¿Cómo surgió Procesos de la noche?

—Tiene que ver con el azar. Muchas cosas de la vida ocurren por azar y otro tanto por voluntad. Cuando ocurrieron los terribles hechos de Ayotzinapa, la urgencia se centró en el reclamo por la aparición de los 43 compañeros, lo cual sigue siendo una demanda central. No obstante, eso opacó un poco el caso de los tres compañeros ejecutados: Julio César Ramírez Nava, Daniel Solís Gallardo y Julio César Mondragón Fuentes, pues –en el terrible contexto que vivimos–, en un caso así, tener un cuerpo es garantía. Incluso, entre las víctimas, es común escuchar: “Al menos, ustedes, tienen un cuerpo a cual llorarle”. En el caso de Julio César Mondragón, debido a que su familia es originaria del Estado de México, no estaban cerca de la movilización y organización que se hizo en torno a la normal de Ayotzinapa.

La familia buscó asesoría con una maestra normalista cercana a la comunidad en la que viven, en San Miguel Tecomatlán. Y ella los refirió con otros compañeros activistas, a quienes yo conocía desde hace años, porque desde la preparatoria fui activista y participé en proyectos comunitarios en otras ciudades del país. Así llegan con Sayuri Herrera, entonces coordinadora del area jurídica del Centro de Derechos Humanos San Francisco de Vitoria [actual fiscal especializada en feminicidios en la Cdmx]. Ella es mi amiga desde la preparatoria y nos hemos acompañado como activistas: ella desde el derecho; yo, en letras.

Sayuri me pidió que la acompañara ese primer día, el 2 de noviembre de 2014, fecha de la primer crónica. Este primer encuentro tuvo que ver con el azar. Y en un segundo momento decidí comprometerme con la historia de Julio, así que, por esa razón, los acompañaba a las diligencias. También, alrededor de la familia, se conformó un pequeño colectivo de personas que estaban donando su trabajo: por ejemplo, había un compañero especialista en comunicación con enfoque de derechos humanos, que nos apoyaba con los comunicados. En esta lógica, doné mi trabajo: mi escritura, así que, por eso, llevé un registro de todo lo que ocurría.

—No estabas familiarizada con la crónica. En ese sentido, ¿cómo fue escribir en otro género, en otro registro, distinto a la poesía?

—Fue algo intuitivo, creo. Lo cierto es que en la licenciatura y la maestría trabajé los textos de José Joaquín Fernández de Lizaldi, que son textos periodísticos, pero que combinan recursos narrativos y de ficción. Creo que aprendí mucho al leer y analizar a Lizaldi. Leí el libro Entre las cenizas (Red de Periodistas de a Pie, 2012), que coordinaron Daniela Rea y Marcela Turati, y algunos libros de Svetlana Alexiévich.

Foto: Erick Baena Crespo

—¿Cómo elegiste la estructura del libro?

—En un principio, cuando terminé la primera versión, con las 22 crónicas listas, en borrador, me puse a revisarlas. Y entonces me di cuenta que, debido al seguimiento del proceso jurídico, era un libro pesado. Me dije: “Tengo que encontrar un punto de equilibrio entre el lenguaje forense con otro registro, más íntimo”. Así fue como decidí integrar esos testimonios, que ya tenía, pues las entrevistas las hice entre abril y mayo de 2015. Afrodita Mondragón, mamá de Julio, decía que su nieta, Melissa, le recordaba mucho a su hijo. En ella, en la niña, está la vida que continúa. Las celulas de Julio en la vida de su hija. Eso me motivó a escribir esos capítulos.

—¿Cómo fue enfrentarte al horror?

—Escribí este libro casi al mismo tiempo que escribía mi tesis doctoral. Gracias a eso, tuve el tiempo y los recursos para desplazarme y seguir el proceso de cerca. Escribí una tesis sobre tres poetas, con lo que volvía a la normalidad. El día de la exhumación y la reinhumación fueron los más duros. Volver a los textos poéticos fue confirmar que la poesía es la vida.

—¿Qué tan difícil fue decidir sobre la escritura del episodio en el que retratas la reinhumación del cuerpo de Julio?

—Fue muy difícil. Uno de los riesgos periodísticos de hoy en día es caer en la pornografía de la violencia, como dice Lydiette Carrión. El caso de Julio es susceptible de atraer el morbo. Desde luego no estoy a favor de la difusión del cadáver de Julio ni de Ingrid Escamilla, pues tiene que ver con la intención: mandar un mensaje de terror. Tengo claro que al momento de escribir, de manera puntual, la necropsia estoy poniendo una imagen dura a los ojos del lector. Mi intención fue mostrar algo que nadie, mucho menos las autoridades, quería ver: la tortura a la que fue sometido Julio. Para mí era importante mostrar eso.

Foto: Especial

—Después de escribir el libro, de tratar de encontrar la verdad, ¿qué esperarías que pase con el caso?

—En el caso de Julio los peritos no pudieron determinar cuándo había ocurrido la herida en el rostro y en el cuello. En todas las autopsias hacen cortes que interfieren en una segunda necropsia. Hay mucha información que se pierde conforme pasa el tiempo. Y eso no es casualidad: es una estrategia del Estado. Quienes perdieron pruebas, o no respetaron el debido proceso, lo hicieron con la intención de proteger a los culpables. Las familias, no obstante, tienen esperanza y están trabajando de cerca con la Comisión encargada del caso.

—Usas algunos poemas, relativos a la muerte, como epígrafe de algunos capítulos. ¿Por qué, en un libro de crónicas, fue importante, para ti, colocar esos versos?

—Cuando trabajo, cuando escribo, lo que hago es meterme de lleno, sin distracciones. Es algo intenso. Cuando escribía estas crónicas, escuchaba música sobre luchas revolucionarias y leía poesía. En el poema de Pablo Neruda encontré consonancias con el caso de Julio. Neruda le escribió un poema a Miguel Hernández, cuando a este último lo apresan y muere en el contexto de la Guerra Civil. Compartí, mientras escribía, el sentimiento de impotencia de Neruda. En varios momentos así, cuando sentía que necesitaba tomar fuerza de algún lado, leía poesía. También tiene la intención de iluminar el libro en medio del horror.

—En el libro escribes: “Al salir de allí yo me pregunto dónde estaba Dios el 26 y 27 de septiembre”. ¿Te sigues preguntando dónde está Dios?

—Esa pregunta surgió porque, a este tipo de procesos, los acompañan sacerdotes o padres, sobre todo aquellos que son cercanos a la teología de la liberación. A pesar de que no soy católica practicante, es una pregunta que siempre está presente.