¿Sirve de algo la justicia, el periodismo honesto, la verdad y el amor en ese mundo de excesos, vicios y humillaciones? En Tenebra se revela con crudeza la podredumbre de un sistema fundado en dos máximas: el interés propio y el uso del prójimo.

En esta novela discurren en paralelo dos vidas y dos historias familiares sobre un solo escenario: la selva del poder. Un país carcomido por la corrupción, una sociedad sin valores y la crisis del hombre contemporáneo.

Ciudad de México, 21 de marzo (SinEmbargo).- Después de varios años al servicio del Senador Óscar Luna, Julio Rangel quiere mostrarle su valía. Las elecciones se aproximan y, con ellas, la oportunidad de seguir trepando la pirámide del poder y nada lo detendrá. Por su parte, Martín Ferrer ha estado por mucho tiempo obsesionado con el Senador.

Una vieja disputa familiar impulsa sus deseos de venganza y reivindicación. Las vidas de Julio y Martín se encuentran en una encrucijada que los confronta entre sí y consigo mismos. En esta novela discurren en paralelo dos vidas y dos historias familiares sobre un solo escenario: la selva del poder.

¿Sirve de algo la justicia, el periodismo honesto, la verdad y el amor en ese mundo de excesos, vicios y humillaciones? En Tenebra se revela con crudeza la podredumbre de un sistema fundado en dos máximas únicas: el interés propio y el uso del prójimo. Un país carcomido por la corrupción, una sociedad sin valores y la crisis del hombre contemporáneo.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Tenebra, libro realizado por el coeditor de Letras Libres, Daniel Krauze. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

***

Julio

—¿Y eso de qué me sirve, Julito?

Esa es la bronca de negociar cuando estás pedo. Crees que ser terco y ser firme es lo mismo. Hubiéramos cerrado el trato después del postre si Caballero no insistiera en chupar y hablar, hablar y chupar. Mientras, yo brindo con un caballito de agua. Siempre llego antes a las citas de trabajo y le paso una lana al mesero para que me sirva agua en vez de tequila. Solo me tomo una copa de vino si piden una botella que valga la cruda.

—Licenciado, lo único que le estamos pidiendo es su apoyo. No tiene que hacer campaña ni subirse al estrado. ¿Sí me entiende?
—Ustedes los políticos. —Caballero barre con la mirada a dos viejas a las que les dobla la edad—.Apoyo el que le doy a mi mamá cuando me habla de su casa hogar. Lo que me estás pidiendo es lana. Soborno.
—Nada de eso, licenciado. Es un trueque. Un trueque justo.

Caballero echa el cuerpo contra el respaldo y jala aire, inflando la barriga. Un botón de su camisa rosa está desabrochado y en el hueco entre la tela se asoma un parche de grasa y pelos tiesos. Sabe que le puede ofrecer dinero a presidentes municipales, incluso directamente a Ávila, y tal vez conseguiría los permisos que quiere. Pero no sin pelearse con mi jefe.Y eso no le conviene.

—Te voy a decir qué me emputa. ¿Quieres otro tequila?
—No, muchas gracias, licenciado. Así estoy bien.

Levanta la mano, le truena los dedos al mesero al ritmo de «oye, oye, oye, a ver, ven acá, tráeme otro Herradura reposado», y luego prende un cigarro. Le da una buena fumada, con el filtro entero en la boca, succionando. Al lado de nosotros, un hombre igual a Caballero, con el mismo cuerpo mantecoso, le lengüetea la oreja a una mujer con look de secretaria. El restaurante huele a carne, cebollas fritas y vinagre.

—He «apoyado» a Óscar desde que tú estabas dedeándote a tu noviecita de secundaria.Y no solo con lana. Hice y deshice para conseguirle un chingo de negocios en Quintana Roo. Que si para pasarle un billete a este ejidatario, lubricar a este otro. ¿Quién crees que le presentó a Kuri para que pusiéramos los hotelitos esos?
—Me parece que su ayuda ha sido bien remunerada. Tengo entendido que tiene, ¿cuántos?, ¿quince expendios en los aeropuertos del estado?

No tiene quince sino veinte, pero quiero ver qué tan mamón es.

—Veinte —me responde con la frente en alto—. Pero ese no es el punto.Vengo buscando a tu jefe desde hace meses. Por fin consigo una pinche cita y ¿a quién me manda? A su achichincle. ¿Me merezco este trato?
—A su operador.
—Mira, Julito. —Caballero apaga el cigarro en el cenicero. El mesero le trae el tequila y se lo echa de un trago—. Si quieres decir que eres su gerente, su escudero o su nana, a mí me vale un kilo de verga. Eres su achichincle. Su gato. El que va con un recogedor detrás, levantando la caca. ¿Sí me explico?

No digo nada.

—Pero no te encabrites. Si te suelto netas es por tu bien.
—Usted me puede llamar como quiera. Eso no va a cambiar la oferta del senador.
—¿Y de a cómo va a ser? Escríbelo ahí en una servilleta.

El senador me pidió que no hablara de cantidades con Caballero, un tipo que tiene fama de indiscreto, como buen alcohólico.

—Julito, que no se te vaya a ir el gordo —me dijo en su oficina, cuando ya no había nadie.

Si me lo hubiera dicho a las doce del día o durante una comida, me la tomaría con calma. Cuando me pide que me quede después de las nueve para hablar conmigo es porque el asunto le importa.

—No se preocupe.Yo me encargo de que le entre.

El senador se quitó los calcetines para cortarse las uñas sobre el escritorio y yo le acerqué un basurero. Otros miembros del equipo ya me habían platicado que andaba nervioso por lo de Caballero. Para él, estar nervioso significa mencionar algo dos veces en una semana. Landa, al que se le afloja la lengua, la cartera y la bragueta hasta con un chocolate envinado, me pidió que tuviera cuidado con Caballero. «Es un cabrón bien poderoso, Negro», me dijo cuando me fui a despedir a su oficina.

¿Bien poderoso? Puta, acá ya es poderoso el que es amigo de un tío de un primo de un diputado. Hasta Landa se sentía poderoso siendo el secretario particular del senador.Todos son poderosos por contagio.

—Caballero se va a hacer pendejo, va a decir que es mucha lana, se va a encabronar de que no fui personalmente. —El senador acabó con un pie y se fue al otro. Clic, clic, clic—. Tú te mantienes firme. Lo dejas flojito. Ya después le echo una llamada pa’ soltarle la cifra.

No puedo decir cuánto queremos que nos dé, pero nada me impide confirmar o negar estimados.

—¿Usted qué tenía en mente, licenciado?

Estamos hablando de permisos para tres establecimientos, con giros que no le van a gustar a los habitantes de la zona. El de Playa del Carmen, en particular, es un problema. El local que le pertenece está a un paso de la Quinta. Caballero recarga el cachete sobre los nudillos, desparramando pellejo sobre el dorso de la mano. Está revisando su teléfono debajo de la mesa.

—¿Licenciado? —repito—. ¿Qué cifra le parecería aceptable?
Caballero aguanta un eructo.
—¿Ahora vamos a jugar adivinanzas?
—Si no le molesta.

Si se va para abajo será más fácil pactar la cantidad que el senador tiene en mente. Si se va para arriba, el senador se puede arrepentir de no haber pedido más lana. Sospecho que se irá ligeramente abajo. No le conviene dar la impresión de que tiene más dinero del que nosotros creemos que tiene.

—A ver —me dice. Los nudillos le dejaron una mancha blanca sobre la cara que poco a poco se va enrojeciendo. Una gota de sudor le cuelga de la barbilla, pero no cae sobre el mantel—. Conociendo a Óscar yo te diría que quiere, no sé, ¿cinco?

Cruzo los brazos. Caballero entiende que no le ha atinado. Se rasca la nuca con sus dedos de salchichón.

—Tiene que ser un número redondo. ¿Ocho?

No muevo un párpado. De esto depende todo. Un pendejo como él tiene que entender que no estamos jugando.

—Sería una chingadera si me piden más de diez. —Estoy de acuerdo.
Caballero levanta la uniceja.
—Diez. Órale, pues. Lo que está haciendo tu jefe es ponerme una tarifa. Cogerme porque puede, pues.

En mi experiencia así son todas las cogidas. Le pregunto si debemos pedir la cuenta y Caballero vuelve a alzar la mano, «oye, oye, oye, tráeme la terminal, órale, como vas». Me toco el cuello. Yo también estoy sudando. Le pido un cigarro para festejar que muy pronto voy a estar en mi departamento, sin él. Me ofrece fuego. Siento su mirada mientras me acerco para prender el cigarro. Cuando nos separamos y él apaga la flama, veo que me sonríe.

—Me acuerdo cuando te conocí.
—Yo también me acuerdo, licenciado.
—En Cancún, hace como diez años. Una reunión en la que cantó el marica del Buki. Estábamos en el Ritz Carlton.
—El Grand Velas.

Caballero asiente, con ritmo. No para de sonreír. —No te veías así de pulido, cabrón. Ahí andabas, siguiendo al entonces gobernador por todos lados. Dabas la mano viendo a los ojos, muy serio, muy pro. Un mocosito de veintitantos de asesor de uno de los políticos más peludos del país. Debes haber pensado que eras la gran verga. Ay, sí, ay, sí, trabajo para Óscar Luna Braun —dice Caballero, rematando con tonito de puto—. Pero no veías lo que todos veíamos. Tu trajesucho de poliéster.Tus mocasines con borlas.Tu corte y tus modales de pobretón, que solo aparenta tener clase porque sabe agarrar la cuchara.

Caballero se retuerce en carcajadas, interrumpidas por un gargajo atorado en los pulmones, hasta que empieza a toser. Nos traen la cuenta. Me detiene antes de que saque la cartera y avienta su American Express Black sobre el mantel.

—¿Y ora crees que por tu saco Armani y tu cadenita de oro ya eres otra persona?
—Mi saco es Brioni, licenciado.
Caballero empuja la silla hacia atrás y se levanta. —Bien por ti. Ahora agarra tu saquito y vamos a cerrar esto como hombres.

Martín

Regresar a Cozumel a un velorio es lo único que le faltaba a mi semana. Llevaba un año sin venir y ahora estoy acá, vestido con el único traje negro que tengo, esperando que llegue mi familia y me salve de darle las condolencias a estas personas a las que no veía desde la adolescencia. Los pocos que reconozco me preguntan si sigo viviendo en la capital. Si sigo casado con Alicia. Si tengo hijos. El padrino de un amigo de la infancia, cuyo nombre no recuerdo, me pregunta si sigo estudiando Derecho, como si la idea que tiene de mí se hubiera quedado detenida en 1993, el año en que me fui a cursar la carrera.

Sí, Carmen, todavía vivo en la capital. Fíjate que me divorcié, Janito. No, nada grave. Llevábamos mucho tiempo juntos. Así es, Paola. Paula, perdón. Tengo una hija de seis años. Se llama Matilda. ¿Quieres ver una foto?

Se siente incómodo, casi indecente, hablar de una vida tan nueva como la de mi hija cuando con extender el brazo basta para tocar el ataúd de un hombre que murió a mi edad. Paula sabe, o presiente, esto. Me dice que la niña está bonita, su boca apenas capaz de formar una sonrisa, y después me pregunta qué me pasó en el pómulo.

Lo mismo me preguntó Alicia la última vez que pasé por Matilda hace unos días.

Me gustaría decir que llevo una buena relación con mi ex esposa, que acabamos en buenos términos y ahora somos uno de esos divorcios zen, donde cada quien vive su vida, acordamos lo mejor para nuestro retoño y nos deseamos prosperidad. Por desgracia, Alicia y yo somos el cliché de la discordia. A juzgar por su trato, cualquiera pensaría que nos divorciamos porque me acosté con su hermana y su mamá al mismo tiempo, sobre su cama, el día de su cumpleaños, y no porque un día decidió que ya no me quería.

La desilusión de Alicia cuando me abre la puerta es siempre fresca. Fuimos novios tantos años que intuyo lo que piensa. ¿Cómo te pude escoger para padre de mi única hija? ¿Por qué cada semana te ves peor? ¿Por qué encontré pareja apenas firmé el divorcio y tú sigues viviendo solo, en el mismo polvoriento y mal pintado departamento?

Llegué al Pedregal a las siete de la noche y me estacioné frente a la casa que Christian le compró cuando se comprometieron. Hay sucursales bancarias más acogedoras. De portón de metal y muros color crema, coronados por una hilera de púas, la casa podría estar en cualquier suburbio del planeta. Su falta de identidad embona con Christian, un tipo que recuerda la alineación entera de los Cowboys de Dallas, pero no sabe el nombre de un solo integrante del gabinete presidencial.

La mansión encarna los verdaderos motivos por los que Alicia me dejó. Siempre quiso estar en un lugar así, casada con un hombre amable, adinerado y soso como Christian; alguien capaz de proveer una vida plana, donde la única duda es qué se regalarán para su aniversario.

Toqué la puerta y me disculpé por la demora, alegando que el tráfico de la Del Valle al Pedregal fue un caos.Alicia se cruzó de brazos, no me invitó a pasar, gritó «¡Matilda!» y me rogó, como si me lo hubiese pedido cien veces antes, que la niña no se durmiera después de las nueve y media, que se acostara en su cama, cenara algo saludable y no se la viviera pegada a mi iPad.

Le pregunté si por iPad se refería a mi teléfono, probablemente uno de los prototipos originales del aparato. —No es broma, Martín. Platica con ella, ponla a dibujar o léele un cuento, tú que eres dizque culto. —Pensé que la cultura era el fuerte de su madre, tan ilustre historiadora del arte.

—El próximo miércoles tengo entrevista en el Tamayo, así que aprovecha. Nomás te quedan unas semanitas para burlarte de que estoy desempleada.
—¿Desempleada o mantenida?
—Con lo que me depositas no podría pagar ni el lunch de Matilda.
—Para eso tienes a tu vendedor de seguros, lucrando como sultán con la miseria ajena.
—A diferencia de ti, que estás salvando a México un cliente a la vez. —Alicia recarga el rostro sobre su hombro, en actitud de compasión socarrona—. ¿Ya tienes un cliente?

Me duele admitirlo, pero esas discusiones con Alicia son el momento más emocionante de mi semana. Hasta sentí el pulso de mi verga endureciéndose al final del toma y daca. Aunque sé cómo se ve, sabe y huele la piel detrás de esos pants grises, esa camiseta holgada y esa chamarra de mezclilla, no me la quise coger, en parte porque recuerdo nuestros últimos acostones, más tristes que un sepelio (y, en muchos sentidos, similares). Mi erección fue la respuesta al único estímulo semanal que recibo. Sospecho que si fuera a un restaurante decente o viera una buena película, mi cuerpo reaccionaría con el mismo confuso entusiasmo.

—¿Qué te pasó en el cachete?

Me palpé el pómulo y el ardor me llevó al partido del domingo, en la liga llanera en la que juego, donde todos los fines de semana me veo envuelto en riñas y melés. No puedo evitarlo. Juego mal y jugar mal me irrita: a una falta respondo con una patada, a un jalón de camiseta con un escupitajo, a un insulto con un puñetazo. Cualquier organismo medianamente civilizado ya me hubiera corrido hace años. Por suerte, las ligas llaneras de la Ciudad de México son territorios bárbaros, donde está permitido amedrentar, empujar al juez de línea y mear la puerta de la oficina en la que se atrincheran los organizadores. Pobres: pocas personas reciben mayor cantidad de mierda por trabajos más inanes.

—¿Te sigues peleando en el futbol?
—Me pegué saliendo de la regadera.
No sé por qué cuando inventamos accidentes le echamos la culpa al baño.

—Qué mal mentiroso eres, qué bárbaro.
Matilda apareció arrastrando su mochilita azul cielo con su típica lentitud caracolesca, incómoda de tener que ir otra vez con su papá a ese departamento…