Te dolió que no lloré en su velorio, que no dije nada, que me fui antes y que no llevé flores. Perdóname, pero no pude soportar la mueca ridícula en el rostro del difunto y la penosa decisión de exhibir el cadáver después del daño imposible de disimular, a pesar del maquillaje, a raíz del accidente.

Por Fernanda Mora Triay

Ciudad de México, 21 de marzo (SinEmbargo).- El día en que supe que te habías ido y destrocé el departamento, también, algo nuestro se nos rompió allí. Así como en la guerra, la muerte desarticuló nuestras vidas. Te dolió que no lloré en el velorio de Alejandro, sí; que no dije nada cuando todos dijeron cosas y cosas y cosas que se supone que la gente dice cuando sobrevienen las calamidades.

Te molestó que me fui antes y que no llevé flores. Perdóname, pero no pude soportar la mueca ridícula en el rostro del difunto y la penosa decisión de exhibir el cadáver después del daño imposible de disimular —a pesar del maquillaje y del pañuelo colocado “discretamente” para cubrir su oreja o su no oreja, como quieras llamarle— a raíz del accidente.

No me sorprendió que no leyeras mis mensajes, ni que dejaras, de tajo, de responderlos. Tampoco que nadie me supiera decir muy bien en qué estabas, porque muchas veces te refugias en otras cosas y decides esconder la cabeza entre los brazos de otra gente, muy lejos, a años luz. No necesito concederte la delicia de decirme que no. También yo sé jugar a las desapariciones.

***

Dos gotas saladas le delineaban el rostro, enmarcando sus ojos dentro de un cuadro de plata. El último golpe de su mano en la Tierra, como cuerpo completo, en cuerpo y alma, retumbó hueco e intransigente sobre las sábanas blancas de una camilla de hospital público. El tránsito de la vida a la muerte se define con la perpendicularidad de este movimiento que traza, en un gesto de abandono, un puño cerrado.

Hay algo en el dolor que nos devuelve al anonimato de los primeros hombres. Sin embargo, la humanidad entera se abraza hasta que se concreta la última excreción del organismo vivo, en esta última defecación. Polvo somos y sobre polvo defecaremos.

Esta brevísima consciencia sobre la vulnerabilidad del cuerpo, de la carencia absoluta de aquello que han nombrado dignidad humana, entre las heces fecales, se hace un aparato insulso.

Santo Tomás de Aquino y la unidad sustancial de alma y cuerpo se retuercen en la tierra árida. El tacto de un cadáver restaura entera nuestra animalidad perdida. Una pureza escatológica transforma el aire de la habitación.

Un enfermero retira los tubos de la garganta del cadáver. Con ambas manos enguantadas, remueve la mierda de entre las piernas del sujeto inerte. Retira las sábanas. Recubre el cuerpo con un santo sudario, 15 por ciento algodón, 85 por ciento poliéster, y se da la vuelta. Un cuerpo inane recorre los pasillos del Hospital General Xoco.

Alejandro habrá de descansar sobre una plancha metálica, dentro de un congelador. Un cadáver no está solo sobre la plancha helada de una morgue en la Ciudad de México: están los otros cadáveres.