El murmullo del fuego. Pintura Tomás Calvillo Unna

1
No nos educaron para oír.
Nos cosieron los labios.
Gritamos entre nosotros.
Aún en voz baja, el grito inútil sacude.
Las ramas del alto eucalipto se quiebran,
desgajadas caen a nuestros pies.
Fragmentadas al infinito
las horas se resisten en partir;
es el aleteo de las aves en su vuelo sin detenerse.
Languidece la luz
el abanico nocturno ostenta
el dominio de los sueños;
pronto la longitud de todo despertar
tocará la campana del éter.

2
Con esa aspiración de cielo e inmensidad
y el secreto precoz de la tierra:
sus dimensiones que se despliegan y obligan
a mudar de cuerpos
en la danza de la ignorancia y la fe:
cómo saltar entonces
cómo dar ese paso
donde ya no hay escalón visible.
Solo el hondo transitar
y el volumen vacío del cuenco,
el viento indomable al esculpirlo;
la espiral de letras
y las palabras que interpretan:
esa vibración que recorre los poros,
los caminos de la tierra;
las laderas y los árboles mismos
en su asombrado equilibrio.

3
Es la música la geometría del viento,
sostiene la visión que habitamos,
su oscilación envuelve la conciencia:
ese sonido innato de las cosas,
-sus cantos fúnebres y festivos –
proviene de los océanos,
sí, de los mares,
del cielo y los cielos,
cuando lo escuchamos;
dentro de nosotros
sabemos de esa distancia
que se acorta en la madrugada
cuya desnudez asiste
al encuentro íntimo:
la hoguera del verbo y su conjugación posible.

4
La terquedad del yo
que ignora su propio concierto;
la versátil presencia que resuena y nos entona
en la escala del Ser:
los antiguos le nombraron
bautizo de fuego.